Articulista Invitada

Jimena, víctima de Tijuana

Su historia ocurrió en 2010; tenía 18 años cuando fue levantada y, luego de ser sometida, fue encerrada en un cuarto del que logró escapar, aunque tuvo que huir de nuevo por la presión de las autoridades que pretendían adjudicarse el rescate.

En estos momentos de indignación y duelo, es importante contar las historias de aquellos que desaparecieron y tuvieron la fortuna de volver. ¿Dónde están los miles de niños, niñas y mujeres desaparecidos? Muchos están en manos de tratantes, viven en condiciones inhumanas y son vendidos como mercancía. La historia de Jimena ocurre en Tijuana, pero es una historia que se repite en todo el país.

En agosto de 2010, Jimena tenía 18 años y comenzaba a independizarse. Por eso, aquel día fue sola al centro de la ciudad. Una cuadra delante de la Catedral, entró a una tienda para comprar telas y confeccionar la ropa de bautizo de su sobrino. Un hombre la seguía y le decía piropos en inglés, pero ella lo ignoraba. Al salir de la tienda, aquel hombre la tomó por detrás de los hombros. Entonces, pasó una camioneta y él la empujó adentro.

La amarraron y le pusieron una bolsa en la cabeza para que no supiera adónde la llevaban. Otra chica ya estaba ahí. Jimena gritó y trató de defenderse, pero los sujetos la golpearon hasta someterla. Después de 15 minutos, la camioneta se detuvo y otra joven fue levantada. No volvieron a pararse.

Cuando le quitaron la bolsa de la cabeza, Jimena se encontró en una habitación donde doce muchachas desnudas temblaban despavoridas. Una mujer adulta le pidió a Jimena y a las otras dos chicas de la camioneta que se quitaran la ropa para hacerles “una prueba”. “La prueba era para saber si éramos vírgenes”, narra Jimena. Aquellas que lo eran fueron separadas y llevadas al cuarto de a lado. “Ahorita van a comer, luego las vamos a preparar para marcarlas”, les dijo la mujer adulta.

Se quedaron desnudas y solas en la habitación. Pasaron horas escuchando cómo, detrás de la puerta, las muchachas vírgenes eran marcadas. Escucharon llantos, gritos, golpes. Fueron horas caóticas. Jimena y sus compañeras de habitación también lloraban, gritaban e incluso vomitaban. Tenían tanto miedo. Una de las jóvenes se orinó por accidente y los hombres entraron a reprenderla. Como no se tranquilizaba, la violaron.

Les dieron a tomar una pastilla para dormirlas. Poco después de que Jimena despertó, los hombres regresaron para decirles que iban a cerrar con candado la puerta. “Vamos a estar ocupados con las muchachas”, explicaron tenebrosamente, “no intenten escapar o pedir ayuda, sabemos todo de ustedes”. Dijeron que conocían a sus familias, que si intentaban algo, lo pagarían.

De nuevo solas, comenzaron a preguntarse entre ellas: a qué se dedica tu papá, qué edad tienes, dónde vives… Dos eran de Sinaloa, una de Guerrero y las demás de Tijuana. Todas, excepto Jimena, eran menores de edad, había incluso una niña de doce años. No tenían rasgos físicos en común, salvo que eran muy jóvenes. Jimena llegó a la aterradora conclusión de que habían sido escogidas y levantadas aleatoriamente.

Oró hasta que dejaron de escucharse ruidos provenientes del otro cuarto. Cuando estaba a punto de volver a dormir, tocaron la puerta. No se atrevieron a contestar. Volvieron a tocar. “No se puede abrir”, susurró una de las compañeras de Jimena. Entonces, abrieron del otro lado de la puerta. Era una de las niñas que habían marcado, estaba golpeada y ensangrentada. Les dijo: “La puerta está abierta. Yo me voy a ir”. Jimena pensó que podía quedarse y ser prostituida o intentar escapar aunque le costara la vida. “Prefiero intentarlo que vivir sabiendo que tuve esta oportunidad y no la tomé”, pensó.

La zona norte es el lugar de tolerancia de Tijuana. Sobre la calle Coahuila, a cualquier hora del día, hay decenas de mujeres que ofrecen servicios sexuales. Muchas son menores de edad. Según ex tratantes que cumplen sentencia, en la zona norte hay más de 3 mil víctimas de trata y casi todos los clientes son turistas. La policía de la ciudad vigila este sitio, pero no protegen a los seres humanos, sino que cuidan los negocios de los tratantes. Muchos policías municipales son parte de la cadena de la esclavitud, pues vigilan a las víctimas y reportan a los proxenetas cualquier actitud “sospechosa”. La zona norte probablemente hubiese sido el destino de Jimena de no haber escapado.

Jimena siguió a la niña. Se vistió con ropa que no era suya, subió unas escaleras a tropezones y vio que otras dos chicas venían detrás. Al final de las escaleras, abrieron una trampilla y salieron al jardín trasero de una casa, “un jardín sin flores”, detalló Jimena.

Para entonces, la niña ya brincaba la barda de la casa. Jimena no se sentía bien por el efecto de la pastilla, casi no podía escuchar y su cuerpo estaba adormecido. Al brincar la barda, se rasgó la pierna. Pese al dolor, corrió detrás de la niña.

Corrió hasta desmayarse, lo último que vio antes de desvanecerse fue cómo se ponía el sol. Cuando se recobró, las otras muchachas ya no estaban. Se echó a correr otra vez y llegó al parque Teniente Guerrero y, por fin, se ubicó. Paró un taxi y fue a casa de su prometido. Allí se colapsó.

La despertó un soldado. Mientras le atendían la pierna que todavía sangraba, los soldados le pidieron que los llevara a donde la habían tenido atrapada. Jimena, con sus pocas fuerzas, les explicó que no sabía. De todos modos, la subieron a una camioneta y la hicieron recorrer la zona por si reconocía algo.

La visitaron dos psicólogas y la llevaron a declarar. Jimena estaba fuera de sí después de repetir su declaración cinco veces sin que se concretara el procedimiento legal. La mañana siguiente Jimena y su familia desayunaron con una de las psicólogas, la cual le pidió hablar a solas. “Esto es lo que vas a declarar: que el Ejército te rescató en la calle”, le indicó. Jimena se sintió confundida, eso no era cierto.

Dos horas después, la trasladaron al Ministerio Público, allí un abogado le dijo que debía decir que la policía de Baja California la había rescatado. Esto la confundió más. ¿De verdad era tan importante quedarse con el crédito de su rescate? Cuando llegaron sus padres, Jimena les dijo que le incomodaba que pidieran que mintiera.

En la noche, el padre de Jimena recibió una llamada del Ministerio Público en la que le dijeron que si su hija no declaraba ese mismo día, no podrían protegerlos. Ante esto, esa misma noche, su padre envió a Jimena a Guanajuato con sus abuelos. Días posteriores, algunos noticieros la acusaron de ser una mala ciudadana por no dar su denuncia. Esto la indignó y entristeció: no era posible que denigraran a una víctima en vez de protegerla.

Mucho ha cambiado en Baja California, se ha consignado a 89 personas por trata de personas y se ha rescatado a 188 víctimas desde 2011. Asimismo Red Binacional de Corazones trabaja en Tijuana para restaurar a las sobrevivientes. En este estado, como en otros, hay autoridades comprometidas con la dignidad y la libertad humana, como lo es el gobernador Francisco Vega, quien recibió el más grande reconocimiento por cumplir con los tres ejes rectores del Protocolo de Palermo (Prevención, Protección y Persecución).

Sin embargo, mientras existan autoridades únicamente motivadas por intereses personales, víctimas como Jimena se verán impedidas para obtener justicia. Esto tiene que cambiar. Como sociedad civil, no podemos permitir que autoridades insensibles y coludidas con los criminales permanezcan en el poder. Debemos exigir fervientemente la aparición de los ausentes, así como proteger y ayudar a los sobrevivientes y a sus familiares.

En estos tiempos de indignación y duelo, es necesario trabajar por la esperanza. Hoy, Jimena es una profesionista con proyectos e interesada en los derechos humanos. Así como ella, cada uno de los mexicanos debemos ponernos de pie y luchar para convertir todo el dolor en fuerza invencible. Querido lector, si conoces a una víctima de trata, denuncia al 018005533000 o en unidoshacemosladiferencia.com. Podrías salvar una vida.

 @rosiorozco