Articulista Invitada

Hoja en blanco

La mamá de Julieta conocía a los tratantes, pero como le enviaban dinero, no los denunció y permitió que explotaran a su hija de 17 años.

Cuando tenía 17 años, Julieta comenzó a trabajar. Su madre, alcohólica, la obligó. Empleada en un bar conoció a otra joven, quien notó que Julieta era bonita e inocente, así que la hizo su amiga para convencerla de buscar un trabajo en el que le pagaran más.

Esta supuesta amiga era en realidad una “enganchadora” que buscaba jóvenes atractivas para entregarlas a un grupo de explotadores. Así, Julieta fue atrapada en una red de trata de personas.

Su madre sabía de su situación e incluso conocía a sus tratantes, pero como éstos le enviaban dinero de vez en cuando, no los denunció y permitió por seis años que explotaran a Julieta.

Hace unas semanas, Julieta consiguió escapar y esconderse en la casa de una tía. Su tía nos contactó.

Esta es la odisea en la que la labor de la Policía Federal fue fundamental para que Julieta alcanzara por fin la libertad:

Contestar una llamada o un mensaje puede cambiar e incluso salvar la vida de alguien. Hace unas semanas, recibimos un mensaje de Alicia, la tía de Julieta, en la que nos decía que su sobrina había escapado dos semanas antes de una red de trata de personas y que buscaban un refugio.

Alicia había visto en un episodio del programa de televisión Lo que callamos las mujeres, la dirección de nuestra página web y desde ella nos escribió un correo electrónico.

Ana, una de nuestras colaboradoras, habló con Alicia y Julieta para conocer su caso y explicarles lo importante que era denunciar a los victimarios de Julieta para que no quedara impune todo el daño que le habían hecho y también para evitar que estos sujetos siguieran explotando a otras mujeres.

Sin embargo, Julieta no estaba convencida de denunciar a sus victimarios. Aquel día, una de nuestras abogadas estaba con Ana y también habló con Julieta. “Yo sé que tienes miedo” le dijo, “sabemos cómo operan. Sabemos que te amenazaron, que te dijeron que si hablabas y los denunciabas, iban a encontrarte y a hacerte daño, a ti y a tu familia”.

Nuestra abogada le contó cómo hemos trabajado con otras víctimas en el pasado y le explicó que podíamos garantizar su seguridad. “Permítenos ayudarte, no estás sola”, escuchó Julieta desde el otro lado de la línea, pero contestó que no.

Una semana después, Julieta le envió un mensaje a Ana por WhatsApp; “sí quiero la ayuda”, escribió. En redes sociales se había enterado de que una amiga suya había sido asesinada por los mismos tratantes. “Tengo mucho miedo”, le dijo Julieta a Ana.

Ana la contactó conmigo, pero la llamada se cortó. No pudimos restablecer comunicación el resto del día por más que lo intentamos.

En la noche, Julieta le escribió a Ana para decirle que estaba bien, que se había quedado sin batería. Después se sinceró: alguien la estaba vigilando afuera de su casa, querían llevársela de nuevo.

Y en efecto, atraparon a Julieta. Con astucia, escondió el teléfono en su ropa interior. Sabía que si le encontraban el teléfono, la asesinarían como a Viri, la joven que con un celular le había ayudado a escapar junto con otras seis chicas.

Por eso, Julieta encendía el teléfono solo cuando se quedaba sola, es decir, cuando se bañaba. Aprovechaba esos momentos para escribirle a Ana.

Tras seis años en sus manos, Julieta conocía bien los movimientos de sus explotadores, sabía cuándo se descuidarían y relajarían la vigilancia. “Voy a escaparme el siguiente lunes”, le escribió a Ana. Los tratantes llevarían a las “nuevas mercancías” a otras poblaciones, por lo que “bajarían la guardia” y Julieta podría huir.

Mientras tanto, nosotros nos pusimos en contacto con la División de Investigación de la Policía Federal. De inmediato se pusieron en acción.

Con ayuda del número de celular desde el cual Julieta enviaba mensajes a Ana, buscaron sus coordenadas geográficas. Ana le dijo a Julieta que personas expertas en estos casos irían por ella a la central de autobuses el siguiente lunes.

Dos días antes, el sábado, Ana recibió otro mensaje de Julieta. El plan había cambiado. Los tratantes las habían golpeado y habían violado a las chicas nuevas. “Una no se mueve, parece muerta”, le escribió aterrada, “ya quiero irme”. Además, otra de las chicas que había logrado escapar, acababa de ser recapturada.

Finalmente, los victimarios las habían cambiado de casa, pues ya no viajarían el lunes, sino el domingo. Ahora el plan era que Julieta y una joven más salieran del bar esa misma noche. Ana informó a la Policía Federal y ésta se desplazó a la zona.

Sin embargo, no pudieron escapar. Habían reforzado la seguridad en el bar. La Policía Federal no pudo encontrar el bar en el que se encontraba Julieta, había demasiados en la zona. No desistieron. Estuvieron la noche del sábado y la mañana del domingo buscando a Julieta.

En la mañana del domingo, después de que salieran los tratantes con las chicas nuevas, Julieta escapó. “Busca a un hombre alto con camisa azul”, le indicó Ana. En una plaza cercana estaban ya algunos agentes federales. Entre ellos, para su sorpresa, estaba el hombre que Julieta buscaba. Éste la trajo a la Ciudad de México, donde conoció a Ana y realizó su denuncia.

La actuación de la Policía Federal fue formidable en este caso. Se mantuvieron siempre en contacto con Ana, quien les brindaba información, buscaron a Julieta sin descanso en la zona, la resguardaron y la trasladaron a la capital. Los agentes federales destacaron por su sensibilidad y compromiso.

Anteriormente las víctimas no tenían confianza en las fuerzas armadas, porque los padrotes se las entregaban como tarjeta de cortesía para que las víctimas comprendieran que nunca podrían escapar.

Llevará tiempo cambiar a todas las corporaciones, pero hemos escuchado de altos mando policiales y militares el compromiso y la comprensión que hoy tienen de esta forma de esclavitud.

La trata de personas deja cuantiosas ganancias monetarias, por eso, solo puede ser combatida por gente valiente que honra la dignidad humana. Julieta y su tía fueron valientes, la Policía Federal también, ¿pero quién más está dispuesto a serlo?

Mientras unos valientes arriesgan la vida, a otros les mueve la misma ambición que a los padrotes, por ejemplo, algunas fuentes señalan que el ex procurador Antonio Lozano Gracia pretende usar sus influencias para defender a los dueños de lugares de esclavitud.

¿Será verdad que los dueños de giros negros, como Solid Gold, con ayuda de este despacho de abogados pretenden retrasar lo más posible sus casos para que en septiembre legisladores intenten otra vez retrocesos en la ley general contra la trata?

Para que todas las personas valientes se unan a esta causa, hemos lanzado la campaña “Hoja en blanco”. En la H. Cámara de Diputados, en un evento de Aarón Lara, presidente de Concertación AC, y con el apoyo del diputado Carlos Angulo, se llevó a cabo la presentación de la campaña, diseñada por el reconocido publicista Clemente Cámara.

Es una campaña sencilla. Se trata de colocar una hoja en blanco en las ventanas de nuestras casas, oficinas y coches en apoyo a todas las y los sobrevivientes de trata de personas que hoy rehacen su vida y escriben una historia nueva.

La historia de Julieta comenzó con un correo a nuestra página web, fue una denuncia valiente que cambió una vida para bien, por lo que si conoces a una víctima de trata puedes denunciar al 01-800-55-33-000 o en www.unidoshacemosladiferencia.com. Asimismo, te invitamos a unirte a la campaña con el hashtag #HojaEnBlanco; unidos escribamos una nueva historia, #NoMásEsclavitud en México.

*Presidenta de la Comisión Unid@s vs Trata AC
http://twitter.com/rosiorozco