Columna Invitada

Migrantes en tránsito y en la incertidumbre

La característica de la era moderna es el movimiento migratorio, está imparable y se presenta en todo el mundo. La movilidad humana ha alcanzado un punto sin precedente, las causas son varias: la inseguridad, la pobreza, los conflictos armados, la débil influencia de las redes familiares y sociales, la desintegración familiar, el narcotráfico, la caída de los cultivos como el café por cocaína y heroína y la costumbre histórica. En Europa el problema es mayúsculo por los conflictos bélicos como el de Siria. El tema migratorio se agudiza por las amenazas del presidente Trump, de expulsar a tres millones de indocumentados y porque nuestro país es terreno peligroso en el tránsito de flujos de migrantes centroamericanos hacia Estados Unidos, el fenómeno ha cobrado importancia en las últimas décadas, ya que muchos migrantes centroamericanos se quedan en México como residentes temporales o permanentes. La frontera sur de nuestro país está muy descuidada. Los migrantes sufren amenazas de extorsión, asalto, violación, secuestro e incluso homicidio. Esta situación se ha acentuado y agravado por el aumento de la violencia en México, así como por el endurecimiento cada vez mayor del control fronterizo en Estados Unidos, ya que disminuyó la necesidad de mano de obra desde la caída del sector de la construcción, como resultado de la crisis económica del 2008 y de la débil recuperación.

Es una paradoja los norteamericanos necesitan la fuerza laboral, pero no quieren a los trabajadores. El creciente número de migrantes en tránsito afectados por las agresiones y las violaciones a sus derechos, se volvió una preocupación fundamental de organizaciones humanistas que protegen sus derechos y les proporcionan las necesidades básicas en casas de descanso. Incluso surgió el fenómeno de las Patronas, mujeres de bajos recursos que alimentan a los migrantes que se transportan en el tren llamado La Bestia. El tema histórico del sueño americano está en el inconsciente colectivo, José de oficio jardinero pidió prestado, los dos mil dólares que le cobró el “pollero” para pasarlo, trabajó en Chicago, vivió con otros indocumentados, eran tantos que se agudizaron las desavenencias entre ellos, el clima, las enfermedades, y no acudir al médico por el miedo a que lo deportaran, los costos de la comida, en fin, hasta que se regresó con una lección dolorosa; lo que recibió en pago solo sirvió para pagarle al pollero. Quiso vivirlo, no aprendió con la experiencia de otros, hoy ya con las maletas desempacadas y trabajando ya compró una casita. Hoy en día no es posible pensar en un mundo de fronteras abiertas, el Presidente Trump en su ignorancia de las necesidades de su país y las relaciones internacionales amenaza con construir otro muro. El American dream desapareció hace muchos años. Pero no hay que preocuparnos, tenemos que ocuparnos, nuestro país es rico en recursos naturales y humanos, en lugar de apoyar a los migrantes, se necesitan proyectos, fuentes de trbajo para que se queden en sus lugares de origen. Con el deseo y el amor a las raíces se puede ser autosustentable, hay ejemplos, las comunidades agrícolas en Israel y sus Kibutz que han construido paraísos en el desierto y los Menonitas que llegaron a Chihuahua hace 94 años. El que deja su país sufre varias consecuencias: el desarraigo de su cultura, la pérdida de identidad, su idioma, la pérdida de sus costumbres, la ruptura de los lazos familiares y como dice la canción “no soy de aquí, ni soy de allá. Dijo el Padre Solalinde en la Feria del Libro” antes el hombre tenía cuerpo y alma, hoy necesita un pasaporte”