Articulista Invitado

¿Mover a México?

La baja de los precios del petróleo abrirá aún más la brecha entre los ricos y los desposeídos, ocasionando inestabilidad social.

Algo extraño está pasando en México a dos años del optimismo y el espíritu triunfalista con que se iniciara el gobierno del presidente Peña Nieto. El júbilo se entendía por la firma del Pacto por México y la aprobación de las llamadas reformas estructurales apoyadas por el PRI, PAN y el PRD. Cada fuerza política disfrutó el pago de bonos y sus quince minutos de gloria: uno en las telecomunicaciones, otro en el fisco y el otro en la energética. Aunque todavía no se aprueban ni se cumplen cabalmente, el Gobierno sigue convencido de que las reformas detonarán el crecimiento de México. La energética envió al mundo desarrollado el mensaje esperado. México entraba abiertamente al proceso de modernización y aceptaba las reglas del orden político y económico impuesto por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). Los planes de inversión extranjera en el sector energético confirmaron el optimismo. Nada, ni el aumento de la inseguridad y los Ayotzinapas ni la ordeña de 4,127 tomas clandestinas de los ductos de petróleo disminuyeron el entusiasmo.

La mercadotecnia política del Gobierno logró crear la imagen de una economía moderna y en movimiento a pesar de los 60 millones de pobres y de los 30 millones de mexicanos que no tienen para comer. La falta de inversión nacional fue sustituida por la extranjera y la demanda de una creciente burocracia se resolvió con la contratación de 2,2 mil millones diarios de deuda pública en los dos últimos años. Deuda que ahora asciende a más de 6 billones 948 mil 276 millones de pesos.

Nada de esto ha sido ajeno a nuestro premiado secretario de Hacienda y a su equipo de jóvenes economistas. Sorprende por ello que después de asegurar hace poco que la baja de los precios del petróleo no afectaría la economía del país, reconozca ahora la grave situación financiera que se vive en México y decidiera reducir el gasto público. El ajuste ronda los 125 mil millones de pesos. Afecta la construcción de los proyectos emblemáticos del Gobierno especialmente el tren rápido México-Querétaro, el tren transpeninsular, la construcción del aeropuerto de la Ciudad de México, los planes de desarrollo de las dos empresas más importantes del país: Pemex y CFE, ahora sujetas a reformas estructurales; y, aunque  lo nieguen, también al sector agropecuario, la obra pública, los salarios, la estabilidad y los riesgos.

Era inaceptable no compartir el entusiasmo del presidente Peña Nieto; cómo no creerle al reconocido y más laureado secretario del ramo de las finanzas del mundo. Sin embargo, la realidad no se puede ocultar. Los precios de los hidrocarburos, especialmente de la gasolina y del gas, lejos de disminuir han aumentado en más de un 30%. Los abusos, la corrupción y la impunidad ejemplificados en la Casa Blanca y Malinalco alimentan la incredulidad y la desconfianza. ¿Creerán los mexicanos que la distribución de las computadoras “las tabletas” donadas a los estudiantes de quinto y sexto año de primaria son parte de las reformas estructurales? Por favor. Por supuesto que no. Esto no es nuevo. Es y ha sido un error grave del Gobierno subestimar a los mexicanos y buscar la interlocución de sus propuestas, reformas y programas de Gobierno casi exclusivamente entre un selecto núcleo de ciudadanos, de las clases medias altas y las dominantes.

El secretario de Economía consideraba difícil gobernar a un México dividido en dos países: ricos y pobres. ¿Cómo llegamos a esta situación? ¿Quizá al desorden ocasionado por el cambio de rumbo? Para el Gobierno la percepción se volvió norma y la simulación realidad. Su doble lenguaje  oculta la verdad, impone lo verosímil. La realidad duele. Llevamos treinta años esperando que el Gobierno cumpla los cálculos de crecimiento cada año. Nos aseguran un incremento razonable superior al 3% como ejemplo del éxito del nuevo modelo económico neoliberal del país y la derrota de las viejas estructuras políticas. En tres décadas  no han sido capaces de superar el 2%. Algo similar veremos en el 2015 y en el 2016 y en hasta el fin del sexenio, según Carstens. La baja de los precios del petróleo abrirá aún más la brecha entre los ricos y los desposeídos, ocasionando inestabilidad social.

Consuela saber que los ajustes se hicieron para proteger la economía familiar y sean “acciones preventivas y prudentes para mantener la estabilidad” y se ejecutan bajo criterios de “responsabilidad, austeridad, prudencia transparencia y rendición de cuentas”. Magníficos conceptos expresados sin emoción y divorciados de la realidad. Aunque, de haberse tomado en cuenta desde el principio, hubieran evitado los trágicos ajustes.

Una situación semejante vivimos durante el gobierno del presidente López Portillo. Entonces rascamos la abundancia del nacionalismo revolucionario y teníamos que aprender a vivir con ella. Ahora la reforma neoliberal, dicen, abre el camino para convertirnos en país desarrollado y competir en las grandes ligas con las reglas del primer mundo. Sueñan  un México convertido en activo e influyente actor global.

Pero, lástima, ¡oh fatalidad! un factor externo, exógeno para los economistas del gobierno, nos lo impide. No hay salida. Volvemos a los tiempos de grandes sacrificios. Los mismos que han vivido los mexicanos que nacieron hace 30 años. ¿No cree usted?