La Semana de Román Revueltas Retes

El sueño imposible del salario justo

En México, algo así como un 6 por ciento de la población vive en pobreza extrema. Y 42 de cada 100 habitantes conllevan el infortunio de lo que se llama “pobreza moderada”.

El mundo está lleno de gente pobre. Uno de cada cinco habitantes de este planeta no tiene siquiera agua potable en su casa, ni servicios sanitarios ni comida para vivir sanamente. En México, algo así como un 6 por ciento de la población vive en pobreza extrema. Y 42 de cada 100 habitantes conllevan el infortunio de lo que se llama “pobreza moderada”. En nuestro país, los salarios son descomunalmente bajos siendo que en algunas áreas del territorio nacional los bienes y los servicios cuestan lo mismo que en las naciones desarrolladas. O, mejor dicho, existe un mercado de productos que sólo pueden ser adquiridos por una minoría o por ese segmento de la población que, a pesar de todo, sí ha logrado constituir una saludable clase media.

El drama de la nación mexicana es la desigualdad. Y esta realidad de un país que se mueve a diferentes velocidades es también una de las mayores amenazas para nuestro futuro: la productividad global de la economía es impactada por el atraso de regiones enteras, la seguridad pública se deteriora por la falta de una auténtica cohesión social y las finanzas del Estado se canalizan meramente para tratar de mitigar las durezas que sobrellevan los más pobres sin cambiar de fondo el entramado de un sistema que sigue sin dar resultados. Los diferentes gobiernos de la República han gastado colosales cantidades de recursos pero la miseria de millones de mexicanos sigue ahí, como una realidad que se resiste tercamente al constante dispendio de los dineros públicos.

El problema es muy complicado: si en una región no hay buenas vías de comunicación, recursos naturales y gente preparada para desempeñarse hábilmente en un trabajo, entonces ningún inversor tomará la decisión de instalar ahí una empresa. En este sentido, es mayúsculo el reto de mejorar las condiciones de vida en las miles de comunidades aisladas que subsisten gracias a una agricultura rudimentaria e improductiva. Pero, ¿por dónde comienzas? ¿Qué tipo de economía puedes crear allí? ¿Qué mercado hay para sus habitantes? ¿Qué educación van a recibir que les permita competir en un mundo globalizado que exige cada vez más destrezas y pericias? ¿A quién le interesa comprar los pocos productos que puedan producir? Y, sobre todo, ¿cómo se pueden destinar fondos públicos para fomentar el crecimiento si los rendimientos van a ser mínimos de todas maneras? No hay dinero del erario que alcance.

Y esto, suponiéndole a las acciones del Estado la buena fe que uno estaría en derecho de esperar. Porque, las más de las veces, los recursos se pierden en un mar de corruptelas, ineptitudes e imbecilidades, por no hablar del uso interesado de los programas con fines meramente electorales. No se puede, sin embargo, desestimar de un plumazo el asistencialismo del sistema mexicano: millones de compatriotas no cuentan con otra ayuda que ésa, la que les otorga el sector social del Gobierno.

El tema del salario mínimo, que está en la agenda ahora por la propuesta del jefe del Gobierno del Distrito Federal de aumentarlo en la capital de la República, es igualmente complejo: no se puede determinar un sueldo por decreto, el mercado es el que decide los costes y los precios, la demanda establece las ganancias y la competencia entre los diferentes agentes económicos termina por recompensar a los más productivos. Para mayores señas, la inmensa mayoría de las manufacturas que adquirimos, tanto en los comercios establecidos como en los espacios de la economía informal, provienen de China; los orientales ya fabrican, según parecen, efigies de la virgen de Guadalupe y sombreros de charro. ¿Cómo es que en México ya no podemos siquiera producir figuritas de plástico, adornos, imágenes, telas estampadas o artículos de cuero? ¿Y cómo es que esos productos los vende el comerciante de un tianguis en Texcoco o en Zamora?

La idea de Miguel Ángel Mancera resulta de todas maneras muy interesante en un país que no ha logrado fortalecer su mercado interno ni impulsar el consumo precisamente porque muchos de sus habitantes no tienen dinero en sus bolsillos. Necesita explicarnos con más detalle su programa para que, por una vez, resulte algo esperanzador para nosotros.

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