La Semana de Román Revueltas Retes

El sacrificio de los cristianos, hoy

¿Qué tiempos son éstos? ¿Cómo es que el mundo se ha sumido, de pronto y sin saber cómo, en esta espiral de barbarie? ¿Estamos viendo, en efecto, un ‘choque de civilizaciones’, cada vez más sangriento y más declarado, en el que la parte agresora despliega una crueldad absolutamente antigua, una barbarie bíblica...?

Iglesias quemadas en Níger; niños cristianos vendidos como esclavos, crucificados o enterrados vivos en Siria; una escuela católica, en Pakistán, asaltada por una turba de estudiantes musulmanes provistos de palos y barras de hierro; en Siria, dos jóvenes crucificados —uno de ellos delante de su padre, a quien luego asesinaron— por no haber renegado de su religión cristiana; en peligro de muerte, cientos de cristianos asirios capturados por el Estado Islámico, en la provincia nororiental de Jazira, en Siria; 300 mil cristianos “preparados para el martirio”, en las palabras de monseñor BasharMatiWarda, arzobispo de Erbil, Iraq; centenares de niños, mujeres y hombres masacrados, en Camerún, por los militantes del grupo terrorista nigeriano BokoHaram; en Somalia, una decena de cristianos arrojados al mar y exterminados a balazos por los terroristas del movimiento yihadista islámico Al-Shabad; en Kenya, jóvenes estudiantes cristianos asesinados al perpetrar, esa misma organización, un abominable ataque (147 muertos) a la Universidad de Garissa en el que matan, antes de ejecutar a los católicos, a los muchachos, ya varios profesores, de manera indiscriminada…

¿Qué tiempos son éstos? ¿Cómo es que el mundo se ha sumido, de pronto y sin saber cómo, en esta espiral de barbarie? Más allá de las críticas que recibiera Samuel P. Huntington por atreverse a formular, desde el título mismo de su ensayo, la realidad de un encontronazo frontal entre dos culturas, ¿estamos viendo, en efecto, un ‘choque de civilizaciones’, cada vez más sangriento y más declarado, en el que la parte agresora despliega una crueldad absolutamente antigua, una barbarie bíblica promovida por un dios tan implacable como ajeno, justamente, a la doctrina cristina del perdón, la compasión y el amor?

Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Vaticana, acaba de lanzar un llamado a las conciencias de todos los hombres en su homilía del Viernes Santo, presidida por el Papa Francisco. Ha pronunciado, el fraile capuchino, palabras desgarradoras y tremendas: “Cuántos prisioneros que se encuentran en las mismas condiciones de Jesús en el pretorio de Pilato: solos, esposados, torturados, a merced de militares ásperos y llenos de odio, que se abandonan a todo tipo de crueldad física y psicológica, divirtiéndose al ver sufrir”. Y ha denunciado también la extraña e inexplicable inacción de una comunidad occidental para la cual, por lo visto, la condición de cristianos que tienen esos sirios, irquíes, nigerianos o cameruneses no merece acciones más rutundas ni contundentes: “Ha habido alguno que ha tenido la valentía de denunciar, en la prensa laica, la inquietante indiferencia de las instituciones mundiales y de la opinión pública frente a todo esto, recordando a qué ha llevado tal indiferencia en el pasado. Corremos el riesgo de ser todos, instituciones y personas del mundo occidental, el Pilato que se lava las manos”.

Vaya aviso tan tremendo. Pero las naciones de Occidente sí habían reaccionado, así fuere de manera parcial, luego de los atentados del 11 de septiembre: George Bush, mezcclando arteramente la gimnasia con la magnesia, decidió atacar un país que no tenía nada que ver con los actos terroristas. Pretextando que había armas de “destrucción masiva” en Iraq, algo que no pudo nunca comprobar, lanzó la guerra más costosa, inútil y arbitraria que haya podido emprender la Unión Americana, acrecentando colosalmente el déficit de las cuentas públicas de su país, dilapidando tontamente colosales sumas de dinero y, al final, desestabilizando por completo una región que, bajo el férreo mando de Sadam Hussein, no sólo había mantenido unos remarcables niveles de bienestar económico sino que no exhibía los aterradores niveles de violencia y descomposición que estamos viendo en estos momentos. Lo mismo puede decirse, desafortunadamente, de Libia. Gadafi, un tipo tan impresentable como Sadam, gobernaba un país con un índice de desarrollo humano comparable, si no superior, al de México. Hoy, la antigua colonia italiana es poco menos que un estado fallido.

A los cristianos, miren ustedes, los protegían unos dictadores. Y, en este sentido, la torpeza de las potencias occidentales ha sido absolutamente colosal. Ésa es la triste realidad, fray Raniero…

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