La Semana de Román Revueltas Retes

¿Quién es rico en México?

Nos pesa también la acendrada práctica de una clase política que se volvió desaforadamente deshonesta desde el momento mismo en que se consolidó el régimen de la Revolución, a diferencia de la austeridad que solían practicar los personajes más conspicuos de la casta dirigente del siglo XIX.

La riqueza es una aspiración universal pero en este país está fatalmente penalizada por la sospecha. Nos impregna, además, una cultura católica que —a diferencia de ese protestantismo profesado por nuestros vecinos del norte que legitima de manera declarada la búsqueda de bienes materiales y que consagra la prosperidad terrenal— culpabiliza oscuramente el lucro mientras que en Roma, y en tantas otras cortes obispales, exhibe esplendores principescos.

Nos pesa también la acendrada práctica de una clase política que se volvió desaforadamente deshonesta desde el momento mismo en que se consolidó el régimen de la Revolución Mexicana —para mayores señas, el término “carrancear” se originó en las prácticas de un presidente Carranza dedicado tanto a saquear desaforadamente el tesoro público como a despojar a empresarios y banqueros— a diferencia de la austeridad que solían practicar los personajes más conspicuos de la casta dirigente del siglo XIX.

Y, otra cosa: en una sociedad que nunca ha adoptado realmente los usos del liberalismo económico, las fortunas particulares no resultan, por lo general, de las iniciativas y los talentos de los individuos emprendedores sino del maridaje celebrado entre el poder político y los actores económicos: ¿quién transporta el combustible de la “empresa de todos los mexicanos”? ¿Quién vende medicinas a los instituciones de seguridad social? ¿Quién recibe, meramente, las licencias para operar hoteles “de paso”? ¿Quién gana los concursos para construir las obras del Gobierno? ¿Quién puede operar el transporte público en una ciudad?

En un sistema diseñado deliberadamente para obstruir la creación espontánea de riqueza —la simple intención de abrir un negocito en la esquina de tu casa se ve impedida por absurdos y fastidiosos reglamentos que hay que solventar a punta de sobornos— ganan unos y otros, los políticos y los empresarios afines: los primeros, por otorgar permisos a cambio de dinero y, los segundos, por deshacerse de la competencia al adquirir un derecho exclusivo para hacer negocios. Los demás se quedan fuera.

Pero, este modelo tiene un costo: la desigualdad y, al final del camino, la pertinaz persistencia de la pobreza. No puede existir, en México, un capitalismo más democrático porque las ganancias están reservadas a los favorecidos por el sistema y las puertas se cierran a los emprendedores que pretenden ir por su cuenta. Así las cosas, no es tampoco de extrañar que persistan las más abusivas prácticas monopólicas: hoy mismo, es imposible comprar ciertas marcas de cerveza en tales o cuales cadenas de tiendas “de conveniencia”. Vas al cine y es un refresco nada más. En muchos restaurantes ni siquiera puedes consumir verdadera agua mineral sino otra bebida cuyo uso, por lo que parece, es ya obligatorio.

A esto, sumemos la perniciosa herencia del corporativismo: las fortunas de los líderes sindicales, auténticos señores feudales, son absolutamente opacas y doña Hacienda, tan exitosa en su tarea de fiscalizarnos a los contribuyentes comunes, no tiene atribuciones para siquiera husmear en las cuentas de unas organizaciones laborales que tampoco dan comprobación alguna a sus agremiados. Ah, y si, por ahí, algún trabajador demasiado curioso pretende enterarse de las cosas, entonces el propio sindicato se encargará de echarlo a la calle.

Nuestro sistema se sustenta en exclusiones y complicidades. Daron Acemoglu y James A. Robinson no lo pueden haber expresado mejor en Por qué fracasan los países (Ed. Crítica, Paidós), un ensayo indispensable: “Para un emprendedor mexicano, los obstáculos de entrada serán cruciales en todas las etapas de su carrera profesional. Estos obstáculos incluyen licencias caras [de] obtener, burocracia con la que lidiar, políticos y titulares de otros cargos que obstaculizan el camino y la dificultad de conseguir financiación en un sector financiero a menudo confabulado con los titulares de los cargos con los que el emprendedor está tratando de competir. Estos obstáculos pueden ser insuperables, y mantener al emprendedor fuera de las áreas lucrativas, o ser su mejor amigo, y mantener a distancia a la competencia. Evidentemente, la diferencia entre ambos casos radica en a quién conoce uno y en quién puede influir y, sí, también a quién puede sobornar”.

En esta sociedad de puertas cerradas, no es de extrañar que la riqueza despierte un creciente resentimiento.

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