La Semana de Román Revueltas Retes

El retroceso de nuestras sociedades

La consagración de Donald Trump como candidato presidencial no es más que otro signo de estos tiempos. Obviemos la majadera arrogancia del personaje; su rasgo más inquietante no es la zafiedad sino esa total ausencia de contención que exhibe sin tapujos, como si la perspectiva de llevar las riendas de la nación más poderosa del planeta no le obligara a un mínimo de compostura. Es más, el tipo pareciera solazarse en su impulsividad, desplegando despreocupadamente el errático comportamiento de quienes jamás se han sentido obligados a rendir cuentas.

Hasta aquí, un mero esbozo del aspirante a la Casa Blanca. Es cierto que cualquier mequetrefe se puede creer con los tamaños para cultivar las más desatadas ambiciones. Pero, señoras y señores, lo que resulta absolutamente asombroso es que este incalificable mamarracho tenga millones de seguidores en un país que se enorgullece de sus valores democráticos. Hay, sin embargo, una explicación: el mundo se ha ido poblando de individuos impresentables en una suerte de depreciación de la vida pública caracterizada, justamente, por el empobrecimiento de las propuestas, la creciente presencia de la vulgaridad y la inmoderación como un modelo de comportamiento a seguir.

Si los comentaristas señalan que Boris Johnson, el antiguo alcalde de Londres y uno de los promotores del brexit, es un payaso, entonces podemos ya acreditar que algo está ocurriendo en el ámbito político de muchas naciones. Hasta hace poco, un Berlusconi era una exótica anormalidad. Hoy, un “payaso” británico es ministro de Exteriores, una populista de rústicos modos crece electoralmente y amenaza con sacar también a Francia de la Unión Europea, un izquierdoso barriobajero reclama su tajada del poder en España y, desde luego, los matones de siempre siguen soltando sus habituales baladronadas: al club de gobernantes en funciones como Vladímir Putin —ese machote de barrio sólidamente apoltronado en el trono del Kremlin—, Nicolás Maduro, Viktor Orbáno Recep Tayyip Erdogan (la deriva totalitaria del régimen turco está alcanzando niveles absolutamente estremecedores, luego de la intentona de golpe de Estado), pretenden unirse Marine Le Pen, Geert Wilders, Pablo Iglesias, Norbert Hofer y varios impresentables más que, con un apoyo de los votantes nada inapreciable, podrían inclinar la balanza donde se sostienen precariamente los valores esenciales de la democracia liberal.

Aunque, de momento, el fenómeno de Donald Trump sea el más sorprendente, el hecho de que una agrupación como el Frente Nacional se haya convertido en el primer partido político de Francia también hace sonar las señales de alarma. Y no hay que olvidar que la extrema derecha estuvo a una nariz de conquistar la presidencia de Austria. Nuevamente, debemos dirigir nuestras miradas hacia todos esos ciudadanos que, en países dotados de una muy sólida estabilidad institucional, podrían, de pronto, elegir a personajes incuestionablemente nefastos.

La simple posibilidad de que Trump se instale en la Casa Blanca es pavorosa en sí misma. Y, la circunstancia de que haya logrado la candidatura del Grand Old Party (GOP) —compartiendo esa distinción con figuras de la talla de Abraham Lincoln o Dwight Eisenhower— es igualmente inconcebible. Resulta, sin embargo, que esto ya ocurrió, que ya es una realidad, un hecho consumado, una aberración ejecutada. ¿Se entiende, algo así? La respuesta es muy deprimente: el imperio de The Donald es la prueba más palmaria de que estamos viviendo, globalmente, un retroceso, una suerte de involución en nuestras sociedades.

Creíamos haber alcanzado cierto equilibrio en un sistema sustentado en la razón, el Estado de derecho, la laicidad y, sobre todo, la democracia. Pero, miren ustedes, se aparecen ahora en el horizonte los emisarios de la intolerancia y, de un plumazo —aderezando su discurso de flagrantes mentiras y apelando a nuestros más oscuros sentimientos—, desmontan el entramado del proceso civilizatorio y nos retrotraen a los tiempos siniestros de la exclusión, el odio racial, el nacionalismo cerril y el revanchismo.

Trump y los de su ralea no representan esperanza alguna: por el contrario, son sembradores de discordia, falsos redentores, farsantes y tramposos, además de incompetentes. Sin embargo, pareciera que ha llegado su momento y que van a poder arrastrarnos en su fatal descenso a los infiernos. Muy mala cosa.

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