La Semana de Román Revueltas Retes

¿Qué tan “putos” podemos ser?

Los humanos, fuera de los estadios, solemos también bromear sobre las debilidades de nuestros congéneres y sobran los chistes crueles que suelta el infaltable bromista de la fiesta o el pariente chancero en la sobremesa.

Jugaba en la Argentina, según me contaron alguna vez, un futbolista manco. Tras un encontronazo que tuvo con un adversario, alguien gritó, desde la tribuna: “¡Arráncale el otro brazo!”.

Tales son las lindezas que se intercambian en el balompié. Los humanos, fuera de los estadios, solemos también bromear sobre las debilidades de nuestros congéneres y sobran los chistes crueles —algunos de irremediable ingeniosidad y otros estúpidamente despiadados (la frontera entre lo cómico y lo meramente zafio es tan real como difícil de precisar)— que suelta el infaltable bromista de la fiesta o el pariente chancero en la sobremesa.

Supongo que la utilización de este humor de escandalosa incorrección política nos sirve para conjurar lo amenazante, aparte de aterrador, que nos resulta el inexplicable infortunio de los otros individuos de la especie. Sería una manera de insensibilizarnos ante la realidad del dolor ajeno y de reducirlo frívolamente a un chistorete que se tramita con cómoda despreocupación (eso sí, en los ámbitos de lo estrictamente privado).

Pero, además, nos solazamos no sólo en la denostación de quien está disminuido físicamente sino que hacemos escarnio del que no es como nosotros a parte entera y así, en nuestra mira de arrogantes sujetos localistas, están los ciegos, los cojos, los tontos, los maricones, los extranjeros, los negros, los famosos “gallegos” (¿han puesto el pie en Galicia alguna vez, amables lectores? Es un país tan hermoso, próspero y ordenado —tanto que, a lo mejor, algún día van a querer independizarse del Reino de España— que te crees que estás en Suecia o en alguna otra comarca deslumbrantemente desarrollada pero, por alguna extraña razón, los mexicanos nos hemos arrogado la facultad de pintarlo al gallego como un personaje rústico y simplón), los gringos (hay mucho de revanchismo, nutrido de resentimiento, en este tema), los indios (me refiero a los autóctonos de un país, México, cuya sociedad, con perdón, es desaforadamente racista), los chinos y todos esos grupos o minorías que, en el lenguaje al que te obliga la oleada de corrección política y agobiante puritanismo que estamos viviendo en estos días, hay que calificar con cautos eufemismos (ya no se puede decir “ciego”, a pesar de que en la madre patria existe un ente llamado Organización de Ciegos de España, sino que hay que emplear el término “invidente”, presuntamente más elegante).

Y, bueno, dentro de las categorías, parcialmente consignadas en estas líneas, de sujetos a los que se pudiera maltratar verbalmente, figura el “puto”, faltaría más. No suelo usar palabrotas en mis artículos —no me gusta— pero el asunto está en la mesa luego de que doña FIFA, una organización que se adhiere a las grandes causas sociales al tiempo que se embolsa las ingentes sumas que cosecha en la caja registradora, nos llamara la atención, a nosotros los aficionados mexicanos, por proferir colectivamente el insulto cada vez que el guardameta del equipo adversario despeja el balón en un partido.

¿De qué estamos hablando? ¿De una afrenta a una minoría sexual? ¿De una simple vulgaridad? ¿De una infracción perpetrada inocentemente por el populacho? ¿De una manifestación de cerril intolerancia? ¿De una alegre tradición futbolística?

La Federación Mexicana de Futbol local ha intentado quitarle hierro al asunto: esto, lo de lanzar abiertamente insolencias en los estadios, es una saludable costumbre nuestra y parte indisoluble de nuestra colorida identidad. Los señores federativos no han intentado cuestionar siquiera el derecho nacional a la impertinencia. Temen, por lo visto, agenciarse la animadversión de los aficionados.

Todo estaba bien mientras la imprecación se profiriera en los estadios del territorio libre y soberano de Estados Unidos (Mexicanos). Hoy, que salimos fuera y nos codeamos con los demás, nuestra ordinariez nos pasa factura.

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