La Semana de Román Revueltas Retes

La prensa que quiere Madero

Pensé que el quejoso era uno de esos izquierdosos tan propensos al victimismo que, si los periodistas no se adhieren incondicionalmente a sus principios ideológicos, denuncian de inmediato complicidades, componendas y servidumbres como si viviéramos todavía en los tiempos de Luis Echeverría o López Portillo.

Encendí la radio, al subirme al coche por la mañana, y el entrevistado de turno en un informativo soltaba las habituales jeremiadas sobre unos medios que, en este país, tendrían una suerte de “consigna”, una “agenda” establecida para arremeter contra los representantes de ciertos sectores políticos.

Llevado por mis incurables prejuicios, pensé que el quejoso era uno de esos izquierdosos tan propensos al victimismo que, si la prensa no se adhiere incondicionalmente a sus principios ideológicos (o, inclusive, si no suscribe sus meras ocurrencias), denuncian de inmediato complicidades, componendas y servidumbres como si viviéramos todavía en los tiempos de Luis Echeverría o López Portillo.

Unas épocas, por cierto, en las cuales esos personajes que ahora representan a la izquierda autóctona militaban alegremente en las filas del antiguo partido oficial. Y, no decían ni pío cuando el “sistema”, ahí sí, amenazaba a periodistas, perseguía a los opositores y cerraba medios de comunicación. Pero, miren ustedes, el entrevistado en cuestión no era uno de aquellos priistas de antaño sino el mismísimo Gustavo Madero, representante plenipotenciario de la derecha oficial y ganador de las elecciones internas que su partido celebró el pasado fin de semana.

Por lo que parece, no hay manera de que la prensa mexicana, que hoy día es mayormente independiente, obtenga el debido reconocimiento. Pero, tampoco somos capaces de admitir siquiera la incuestionable realidad de que en México disfrutamos de una total libertad de expresión: Vicente Fox, más allá de todas sus posible falencias como estadista, jamás intentó siquiera censurar a un medio de prensa y lo mismo puede decirse de Ernesto Zedillo, de Felipe Calderón (soportó estoicamente la calumnia, lanzada arteramente por un periodista que se sintió agraviado al no recibir el trato personal que creía merecer, de que era alcohólico siendo que jamás lo vimos tropezar en ningún acto público y que siempre guardó la mayor compostura en todas las circunstancias) y, ahora mismo, de Enrique Peña. El propio Salinas de Gortari —tan denostado— se acomodó a la existencia de medios críticos como el semanario Proceso o el cotidiano La Jornada. Es decir, llevamos ya un cuarto de siglo con una prensa tan fustigadora como irreverente, tan inquisitiva como investigadora y tan autónoma como impune: en las páginas de los diarios y en los informativos no sólo figuran reportajes reveladores (y, que tienen consecuencias directas como la historia, publicada por el diario Reforma, de que Ricardo Cavallo, el antiguo director del Registro Nacional de Vehículos, había sido un militar argentino responsable de torturas y abusos durante la dictadura) sino que pueden ser también lanzados infundios y falsedades sin mayores consecuencias para el periodista difamador. Es preferible, supongo, el exceso de libertad a la ausencia de justicia. Dicho en otras palabras, el total rechazo a que sea “reprimido” el acto de desinformar nos lleva a que no sean castigadas las infracciones.

Llama la atención, de cualquier manera, que al señor Madero le parezca tendenciosa una prensa que, por lo visto, no sólo hubiera atravesado los doce años de presidencialismo panista sin caer en las garras del oficialismo informativo sino que hubiera contribuido al retorno del PRI. En este sentido, el denunciado maridaje de Televisa y el partido tricolor se manifestaría cada vez más palmariamente: no ha pasado el tiempo, señoras y señores, y el orden antiguo ha sido restaurado. Pero, ¿qué hay que hacer? ¿Establecer una especie de gran comisión supervisora para asegurar una “información ética y veraz”, o algo así, tal y como proponían los activistas de #YoSoy132?

En todo caso, resultan siempre inquietantes estos señalamientos —aparte de injustos en un país como el nuestro— cuando son hechos por los hombres públicos. Porque, no entrañan solamente una suerte de estrategia de acoso y derribo de logros institucionales debidos a las luchas ciudadanas ocurridas a lo largo de décadas enteras sino que nos avisan de futuras acciones: si ahora existe una prensa que se mueve de manera interesada, entonces habrá que regularla y acotarla cuando llegue el momento propicio. Algo, lo repito, que jamás hicieron, en la presidencia de la República, los dos correligionarios del actual jefe del PAN. Esperemos que los lloriqueos de Madero se queden ahí. O, ya que es asunto de una prensa seguidora de consignas, que funde un periódico donde nada más le aplaudan. A los conservadores mexicanos les hace falta un medio así, por cierto: la izquierda ya tiene el suyo, desde hace muchos años. Hay que equilibrar las cosas.

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