La Semana de Román Revueltas Retes

“Yo no permitir tus elecciones”

Suponiendo que la posible infracción del titular del INE había sido el acostumbrado chistorete racista o algún comentario burlón dirigido a alguno de los destinatarios de siempre en este país, escribí, anteayer, que Córdova era uno de nosotros, uno más que, en privado, exhibimos sin mayores complejos nuestra tosca incivilidad.

En un primer momento, me abstuve de siquiera intentar la navegación en la redes sociales para encontrar la grabación ilegal de la conversación telefónica de Lorenzo Córdova. Después de todo, si la privacidad de los individuos soberanos te parece un derecho fundamental —por más públicas que pueden ser sus personas— lo menos que puedes hacer, cuando se pisotea de manera tan aviesa esa garantía, es ignorar deliberadamente el tramposo registro y no volverte así un cómplice de los espías. Digo, lo primero que esperan es que, movido por una malsana aunque muy natural curiosidad, busques afanosamente los materiales. Muy bien, pero, ¿por qué darle gusto a esa gente? Resulta, sin embargo, que un acaecimiento de esta naturaleza tiene un incuestionable valor periodístico. Y, quienes nos dedicamos a soltar opiniones en la prensa, debemos, antes que nada, estar debidamente enterados de las cosas. Lo digo porque, suponiendo que la posible infracción del consejero presidente del Instituto Nacional Electoral había sido el acostumbrado chistorete racista o algún comentario burlón dirigido a alguno de los destinatarios de siempre en este país, escribí, anteayer, que el señor Córdova era meramente uno de nosotros, uno más de esos millones de mexicanos que, en privado, exhibimos sin mayores complejos nuestra tosca incivilidad, por no hablar de ese lenguaje salpicado de palabrotas que utilizamos todos los días. Y, encima, no somos los únicos ciudadanos, en este planeta, aquejados de consustancial incorrección: los franceses se solazan en sus histoiresbelges, chistes en los que se mofan de la supuesta estupidez de sus vecinos; en la propia Bélgica, los valones solían burlarse de la presunta rusticidad de los flamencos; en Canadá se acostumbran las bromas a expensas de los naturales de la provincia de Terranova (las Newfiejokes); y, en fin, en todos lados circulan chistes sobre los judíos (fabricados, muchas veces, por los judíos mismos), los negros, los indios y cualesquiera otros grupos étnicos o culturales cuya diferencia sirva, con el humor como pretexto, para establecer esa diferenciación denigratoria que tanto gusta a la mayoría de los pueblos.

Pero, señoras y señores, ni siquiera es el caso. Me sembró cierta inquietud, en este sentido, el artículo de mi querido Luis González de Alba, publicado también anteayer en este periódico, donde, textualmente, afirma que “Lorenzo Córdova en ningún momento hace escarnio del español hablado por ‘jefe del gran pueblo chichimeca’, según se presenta”. Luego, mirando un informativo en la tele donde se trasmitió la grabación, pude corroborar lo que Luis daba a entender: en efecto, señoras y señores, Córdova no se burla ofensivamente ni denigra de forma gratuita al tal jefe sino que manifiesta, antes que nada, su total extrañeza de que el señor se exprese en un lenguaje que, a primera vista, parece totalmente caricaturesco, como sacado de una comedia donde un cómico representa, pues sí, el papel del indito cerril y torpón. Que el funcionario del INE aderece sus comentarios de las expresiones coloquiales que todos nosotros utilizamos se entiende a partir del hecho de que está teniendo una conversación privada con una persona de su confianza. Y son las propias palabras de Córdova, que reproduzco a continuación, las que dan cuenta de lo sorprendido que está, más allá, lo repito, de que hable como solemos los mexicanos en nuestras pláticas personales: … “Y te voy a decir cómo hablaba ese cabrón. Hubo uno que decía: ‘Yo jefe gran nación chichimeca, vengo Guanajuato, yo decir a ti, o diputados para nosotros o yo no permitir tus elecciones’. Cuando te estoy diciendo… Se ve que este güey yo no sé si sea cierto que hable así, cabrón, o vio mucho Llanero Solitario, con eso de Toro, cabrón. No mames, sólo le faltó decir: ‘Yo gran jefe Toro Sentado, líder gran nación chichimeca’. No mames, cab, está de pánico, cabrón. O acabamos muy divertidos o acabamos en el siquiatra de aquí, cabrón”.

¿De qué estamos hablando? De la sorpresa que expresa un funcionario al dialogar con alguien que utiliza un lenguaje pasmosamente rudimentario y que, de paso y equivocándose de interlocutor porque el consejero presidente del INE no tiene atribución alguna, él, para nombrar a los diputados, se permite la consabida amenaza de “yo no permitir tus elecciones”.

En efecto, está de pánico. Es de terror el manejo del español, la lengua oficial de la nación mexicana, en un líder comunitario y es también bastante espeluznante que pretenda impedir que voten sus conciudadanos si no se satisfacen sus descolocadas pretensiones. Lo otro, con perdón, son meros pecadillos coloquiales. Pongamos las cosas en su lugar y dejémonos de jeremiadas. Eso sí, el racismo de los mexicanos a ver quién lo compone. Pero no es invención de Córdova.

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