La Semana de Román Revueltas Retes

El pecado de la prensa catastrofista

No se puede minimizar lo determinante que ha sido el proceso civilizatorio para cambiar, de tajo, la vida de los humanos y permitirles que sean más felices o, por lo menos, que su desgracia personal no se deba a que la barbarie y la brutalidad de sus congéneres no sean mitigadas por la fuerza de la ley.

El sufrimiento y el horror están siempre ahí, como parte inseparable de la existencia, aunque muchos de nosotros podamos escapar temporalmente a las embestidas del azar. La repartición del dolor no es enteramente fortuita sino que resulta, las más de las veces, de factores bien identificables y fáciles de determinar. Para mayores señas, no es lo mismo nacer, digamos, en Finlandia, donde el Estado te facilita una vivienda al cumplir la mayoría de edad, que en Sierra Leona, escenario éste de espantosas violencias por no hablar del azote de la miseria. En este sentido, no se puede minimizar lo determinante que ha sido el proceso civilizatorio para cambiar, de tajo, la vida de los humanos y permitirles que sean más felices o, por lo menos, que su desgracia personal no se deba a que la barbarie y la brutalidad de sus congéneres no sean mitigadas por la fuerza de la ley.

Karl Popper, el extraordinario pensador austriaco —incansable defensor de los valores de la sociedad abierta—, reconoció abiertamente, en una conferencia pronunciada en 1988, en Múnich (publicada, junto con otros 15 textos, en el libro La Responsabilidad de Vivir, editorial Paidós,2012) la realidad de que hemos logrado vivir en un mundo mejor: “Nuestras democracias occidentales […] constituyen un éxito sin precedente: un éxito que procede de mucho trabajo, mucho esfuerzo, mucha buena voluntad y, sobre todo, de muchas ideas creativas en diversos terrenos. El resultado es: más seres humanos felices viven una vida más libre, más hermosa, mejor y más larga que antes”. Y añade una observación que, en estos tiempos mexicanos, viene siendo sorprendentemente oportuna: “Sé que muy pocos seres humanos comparten esta opinión. Sé que también hay caras oscuras de la vida en nuestro mundo: criminales, crueldades, drogas. Cometemos muchos errores; y aunque muchos de nosotros aprendemos de nuestras equivocaciones, algunos permanecen, desgraciadamente, anclados en ellas. Así es el mundo. Nos asigna tareas. Podemos estar satisfechos y ser felices en él. Pero, ¡hay que manifestar esto también! No lo oigo casi nunca. En lugar de esto se oyen cada día quejas y murmullos colectivos acerca del mundo supuestamente tan malo en el que estamos condenados a vivir. Considero la propagación de esta mentira como el mayor crimen de nuestra época, pues conmina a la juventud e intenta privarla de su derecho a la esperanza y el optimismo”.

Es cierto que las cosas han cambiado desde que Popper emitiera estos juicios —afrontamos, justamente, los embates de las organizaciones criminales y en el mundo están teniendo lugar escalofriantes atrocidades debidas, sobre todo, a los nacionalismos y los credos religiosos— pero sus palabras siguen teniendo una gran vigencia en un entorno, como el nuestro, donde parecemos solazarnos en la crítica descarnada e injusta, el pesimismo, la exageración y en una postura de permanente denostación, deliberadamente ajenos a la incontestable evidencia de que este país se ha transformado —para bien, señoras y señores— en las últimas décadas.

Hay algo más, en los dos últimos párrafos de esta conferencia del autor de La Sociedad Abierta y sus enemigos, que resulta altamente revelador —aunque nos estemos metiendo ahí en territorios un tanto escabrosos— y es lo que tiene que ver con el papel de la prensa. Popper, sin más, no sólo denuncia que el periodismo de su época contribuye a crear una visión exageradamente negativa de las cosas sino que convoca a los medios de comunicación a que participen en una apreciación diferente, y más justa, de la realidad: “Afortunadamente, la verdad puede comprobarse fácilmente: la verdad de que vivimos en Occidente, en el mejor de los mundos que nunca antes ha existido. No podemos reprimir esta verdad por más tiempo. Los medios de comunicación, que desde este punto de vista son los mayores pecadores, tienen que convencerse de que causan graves daños. Se les ha de convencer para que cooperen. Tenemos que llevar a los medios de comunicación a que vean y digan la verdad. Y también tenemos que llevarlos a que vean sus propios peligros y a que, como todas las instituciones saludables, desarrollen la autocrítica y se pongan en guardia a sí mismos. Se trata de una nueva tarea para ellos. Son grandes los daños que provocan en el presente. Sin su cooperación es prácticamente imposible permanecer optimista”.

No habla aquí un bobo festivo ni mucho menos un emisario de un régimen represor sino, por el contrario, un hombre serio profundamente preocupado por la libertad. Y son palabras dirigidas a quienes, siendo parte de un imperio público incapaz de mirarse en el espejo, nos sentimos cada vez menos sujetos a la rendición de cuentas. Desde luego, su recomendación no es tampoco bien vista en este momento y en este lugar. Mucho me temo, en efecto, que será imposible permanecer optimistas.

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