La Semana de Román Revueltas Retes

¿Nada es lo que es en este país?

Joaquín Guzmán Loera dispondría de tal cantidad de dinero y su red de complicidades estaría tan extendida que prácticamente todas las instituciones y todos los funcionarios, desde el Presidente de la República hasta el más oscuro de los alcaldes, estarían a su servicio.

Como si no tuviéramos ya suficiente en una sociedad marcada por una ancestral desconfianza y como si los niveles de credulidad (hablo de que los ciudadanos de este país no sólo descreemos por principio en las cifras, comunicados, informaciones, encuestas y datos que nos son provistos en el ámbito público sino que, paradójicamente, nos tragamos cualquier historia, así de esperpéntica e improbable que sea, por poco que implique un esquema conspiratorio) no hubieran alcanzado ya cotas de auténtica superstición, la fuga de El Chapo viene ahora a apuntalar —aún más, si es que esto fuera posible— el pernicioso escepticismo de los mexicanos.

Un sustancial porcentaje de los taxistas con los que he intercambiado impresiones, por no hablar de los amigos y conocidos que expresaban sus puntos de vista en cualquier sobremesa, sostenían ya que a Joaquín Guzmán Loera no lo habían realmente detenido las fuerzas de seguridad del Estado mexicano sino que todo había sido un montaje. El tipo dispondría de tal cantidad de dinero y su red de complicidades estaría tan extendida que prácticamente todas las instituciones y todos los funcionarios, desde el Presidente de la República hasta el más oscuro de los alcaldes, estarían a su servicio. Muy bien, pero, entonces ¿cómo explicar lo de ahora? ¿Para qué hubiera debido el Gobierno escenificar, en un primer momento, el numerito de la aprehensión y, tras de anotarse ese tanto a su favor, dispararse luego a los pies y afrontar la humillante experiencia de la derrota, soportar la despiadada ridiculización que se propaga en las redes sociales y aparecer como un régimen tan inepto como corrupto?

Pero, desafiando toda lógica y desdeñando las evidencias, mucha gente olvida selectivamente las truculentas teorías que propugnaba hasta la semana pasada y, sin reconocer siquiera que debería admitir, por lo menos, que el criminal sí fue aprehendido, mantiene en estos momentos la presunción de que el propio gobierno lo ha dejado ir. Y, no hablaríamos aquí, como en el caso de Iguala, de que algunos agentes y funcionarios sobornados por las organizaciones criminales hubieran actuado por cuenta propia, sino de otra cosa, a saber, de una decisión tomada en las altas esferas. En el suceso de Ayotzinapa hemos visto surgir así la acusación de que “fue el Estado” —como si la masacre de 43 estudiantes resultara de una extrañísima oficial de exterminio (cuyos fines debemos todavía desentrañar aunque para los quejosos parecen estar muy claros)— y, en lo que se refiere a la fuga de El Chapo, estaríamos hablando también de una maniobra, tan extravagante como aquella, en la que la puesta en libertad del delincuente más notorio del planeta debiera servir ciertos propósitos (que, de la misma manera, también nos resultan totalmente peregrinos).

Ahora bien, ¿por qué dejar salir al jefe del cártel de Sinaloa? La pregunta debe ser respondida para exhibir los enrevesados razonamientos que sustentan las hipótesis fantasiosas: en primer lugar, El Chapo estaba a punto de ser extraditado a los Estados Unidos (y esto, a pesar de que el anterior Fiscal de la nación dijo, en su momento, que pasarían 300 o 400 años antes de que la extradición ocurriera) y entonces nuestras autoridades, temerosas de que soltara toda la sopa en cuanto se encontrara en manos de los interrogadores estadunidenses —es decir, que revelara no sólo los detalles de todas sus tejemanejes sino la identidad de sus encubridores en el Gobierno federal, en las estructuras estatales y en las fuerzas policíacas— le hubieran abierto las puertas, sopesando que su libertad sería un mal menor en comparación al escándalo que desatarían sus confesiones (en este sentido, supongo, ya no lo aprehenderán de nuevo: tendrán que matarlo en cuanto lo encuentren). Una segunda teoría sostiene que lo han liberado (es más, ni siquiera hubiera utilizado el túnel, que es meramente una escenografía para desviar la atención pública: salió por la puerta principal) para que se encargue, él mismo, de combatir a los sanguinarios miembros del cártel de Jalisco Nueva Generación, cuya creciente fuerza representa una ominosa amenaza para el Estado mexicano.

No estamos hablando de historias inventadas por algún novelista, señoras y señores. Éstas, y otras todavía más esperpénticas, son las creencias de toda esa gente que, marcada indeleblemente por la práctica institucional de la mentira que padecimos durante tantos decenios, se resiste todavía a reconocer que las cosas, muchas veces, sí son lo que son. ¿Hasta cuándo?

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