La Semana de Román Revueltas Retes

Quienes pagamos impuestos, ¿cuándo vamos a protestar?

Una y otra vez, debemos emperrarnos en desconocer que la justicia, en este caso de Ayotzinapa, ha actuado con ejemplar eficacia si bien se le pueda achacar, al sistema en general, un desempeño globalmente omiso que nos ha llevado a la situación de extrema violencia e inseguridad que padecemos en tantas regiones del país.

Al mirar las imágenes de Merkel, Hollande y Rajoy, reunidos en Seynes-les-Alpes para rendir homenaje a las víctimas de la tragedia desencadenada por el trastornado copiloto de Germanwings, pensé en la gente que, en estos pagos, se ofusca de que sea un tema noticioso porque, a estas alturas todavía, todo debe referirse a la salvajada de Ayoztinapa.

Una y otra vez, debemos emperrarnos machaconamente en desconocer que la justicia mexicana, en este caso, ha actuado con una ejemplar eficacia si bien se le pueda achacar, al sistema en general, un desempeño globalmente omiso que nos ha llevado, justamente, a la situación de extrema violencia e inseguridad que padecemos en tantas regiones del país.

Si el suceso hubiera ocurrido aquí, se escucharían también las voces de quienes, en su interesada promoción de las teorías conspiratorias, señalarían que se trata de una estrategia “distractora” para no solamente minimizar el aniversario de la masacre de Iguala —se han cumplido ya seis meses de que ocurriera— sino, entre otros posibles temas en los que sería necesario desviar la atención de los muy manipulables ciudadanos, restar preeminencia al despido de Carmen Aristegui o colar subrepticiamente en nuestro Congreso bicameral alguna iniciativa de ley totalmente lesiva para los intereses del pueblo. Para mayores señas, la gente se queja ahora de que nos van a quitar el agua a todos (no se han enterado de que en el municipio de Aguascalientes el suministro de agua potable se concesionó a particulares por 30 años, hasta 2026, y que las altas tarifas nos fuerzan a los usuarios a no desperdiciar a lo tonto el preciado líquido, como sí se hace en tantas otras entidades) aunque, con la mira puesta en las elecciones de junio, nuestros prohombres del Poder Legislativo hayan decidido restarnos los impulsos revanchistas y, temiendo las consecuencias del voto de castigo, hayan aplazado temporalmente la promulgación de la ley.

En fin, si comenzamos a acumular en un calendario los atropellos presuntamente perpetrados por el poder político, ya muy pronto no van a quedar fechas libres y Ciudad de México, la sufrida capital nacional de la protesta, se convertirá en una segunda La Paz donde, según un nota de El País Semanal, tiene lugar una movilización cada día para reclamar, entre otros derechos tan merecidos como exigibles, que se repita un examen porque los estudiantes llegaron tarde o que se abaraten sustancialmente los costos de los servicios públicos. Tan únicos, tan especiales y tan originales que nos sentíamos los mexicanos y, miren ustedes, no estamos solos en el tema de exigir airadamente toda suerte de complacencias, por más espurias que puedan ser. No sólo eso: nos sacan ventaja los bolivianos.

Que sea la CNTE el grupo que encabeza infaltablemente las protestas “sociales” nos habla del asombroso oportunismo de una organización que, por asegurarse indefinidamente el derecho a seguir recibiendo emolumentos sin trabajar, tiene la facultad de dejar a los niños sin clases o la prerrogativa de que sus miembros no sean examinados ni evaluados (acabamos de ver, justamente, las consecuencias de no controlar debidamente a un profesional, y esto en un país serio como Alemania), explota descaradamente causas ajenas, las magnifica abusivamente, las transforma en una moneda de cambio y las utiliza de manera artera para promover la agitación social.

Pero, de paso, cualquier iniciativa modernizadora, como la del agua, es también combatida con gran ferocidad y denunciada como una ofensiva contra las garantías de unos ciudadanos a los cuales, por lo que parece, no se les puede exigir el más mínimo incremento en sus cumplimientos y responsabilidades.

Los únicos silenciosos somos quienes pagamos impuestos, aunque apretemos la mandíbula al saber de los dispendios de nuestros congresistas o nos indigne que el dinero de nuestros bolsillos sirva para que cobren maestros que no trabajan. ¿Quién nos representa? O, ya como los demás, en plan debidamente rijoso, ¿cuándo vamos a salir a la calle, también nosotros, a protestar?

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