La Semana de Román Revueltas Retes

El fin de la paciencia del ciudadano responsable

Lo primerísimo que te viene a la mente, cuando tienes que apoquinar los descomedidos gravámenes que doña Hacienda te asesta, es que esos dineros van a parar directamente a los bolsillos de gentuza como los Duarte y otros saqueadores de su calaña. ¿Qué posible buena voluntad se puede esperar de nosotros, los sufridos contribuyentes de este país, cuando los fondos públicos no se destinan al bien común sino a los muy particularísimos intereses de una pestífera casta de corruptos? ¿No resulta tremendamente desmoralizante —aparte de pernicioso para la cohesión social— la mera existencia de esos ladrones amparados por el aparato del Estado siendo que su encomienda primordial sería administrar honradamente los fondos públicos? El descontento de tantísimos mexicanos, ¿no se explica precisamente por tan aberrante e inaceptable realidad?

La relación entre un Gobierno y sus gobernados es una especie de contrato en el que se estipula, a través de leyes que disponen derechos y obligaciones, una responsabilidad compartida: a cada una de las partes le corresponden cumplimientos bien precisos. El ciudadano, en efecto, paga impuestos, pero al hacerlo se vuelve merecedor de una contraprestación de naturaleza absolutamente vinculante: una vez que acata la exigencia legal, adquiere, él mismo, la facultad de exigir. En México, desafortunadamente, las demandas del ciudadano responsable no son satisfechas por unas autoridades que, por el contrario, ejercen una criminal dejadez, tal y como lo muestran, en el apartado de la seguridad pública, los escandalosos índices de inseguridad.

Héctor Aguilar Camín, en alguna de sus recientes columnas, escribía sobre la asombrosa normalidad de nuestra anormalidad, es decir, sobre esa suerte de tácita aceptación colectiva de un estado de cosas fundamentalmente monstruoso, una cotidianidad hecha de sucesos espeluznantes: secuestros, decapitaciones, torturas, cadáveres que cuelgan de los puentes, desaparecidos y mujeres asesinadas. Vivimos muy descontentos, es cierto, pero no nos encontramos tan horrorizados como para salir a las calles –no una vez, sino varias—a manifestarnos masivamente para demandar que el Estado cumpla con la más cardinal de sus obligaciones, a saber, la protección de los habitantes de la nación.

De la misma manera, la desviación de los recursos del erario, en un país que no se distingue precisamente por unos niveles efectivos de recaudación (hablábamos de impunidad, y podríamos añadir, al cuadro de los grandes problemas nacionales, la existencia de una economía informal en la que participan millones de conciudadanos con la circunstancia agravante, encima, de que no se ha implantado un impuesto universal al consumo por razones políticas o, mejor dicho, electorales o, todavía más puntualmente, electoreras), la irresponsable y delictuosa utilización de la hacienda pública —repito— es también otra anormalidad descomunal: estamos hablando, pura y simplemente, de que los gobernantes nos roban nuestro dinero. ¿No es, este escenario, fundamentalmente extravagante y antinatural?

Pues bien, es justamente en este entorno de incumplimientos, negligencias y prevaricaciones que van a tener lugar las próximas elecciones presidenciales. Y, cada uno de los candidatos volverá a lo mismo de siempre, o sea, a prometer que, ahora sí, el Gobierno va a cumplir cabalmente con las responsabilidades que le hemos transferido en nuestra condición de pagadores de impuestos: no más socavones, no más saqueos, no más deuda, no más corruptelas, no más impunidad, no más inseguridad, en fin, la lista de posibles reparaciones es tan profusa que las promesas, paralelamente, alcanzarán la dimensión de una maravillosa utopía.

Naturalmente, los mexicanos ya no nos creemos que tan generosos ofrecimientos se vayan a volver deslumbrantes realidades: los únicos, tal vez, que se dejan engatusar por el canto de las sirenas son los seguidores de Obrador precisamente porque el hombre avisa de que va a transformar el mundo de pies a cabeza, aparte de no reconocerle la más mínima bondad al actual sistema. Los demás aspirantes representan, para el resto de nosotros, la disyuntiva de lo posible en un momento en que lo deseable parece totalmente inalcanzable. No debiéramos ser tan realistas, desde luego, pero la alternativa populista, en lo que tiene de quimérica y postreramente destructiva, es todavía peor. Con todo, la anormalidad de nuestra vida pública tendría que comenzar a parecernos, ya desde ahora, una colosal aberración en sí misma. Y, a partir de ahí, llevarnos a exigir, no el mejor de los universos posibles sino, un México menos corrupto y, sobre todo, más seguro.

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