La Semana de Román Revueltas Retes

¿Un mundo de individuos feroces e insolidarios?

Acabo de mirar en la red una diatriba del señor Fernández Noroña, conspicuo representante de un sector en el escenario político del país, dirigida contra Denisse Dresser en la que el inefable ex diputado, más allá de sus bajezas y venenosas impugnaciones, cuestiona un sistema donde tiene lugar la “explotación del hombre por el hombre”.

Llevamos ya varios lustros de no cuestionar globalmente el modelo económico que siguen las naciones: predomina el satanizado neoliberalismo, señoras y señores, validado por esas diez fórmulas expuestas en el Consenso de Washington que, si las analizas una a una, no parecen en manera alguna tan maléficas y funestas como las quieren hacer aparecer sus opositores, por más que la mera enunciación de algunas recetas —como la liberación del comercio (sustentada en la eliminación de las restricciones a las importaciones, la supresión casi total de las barreras arancelarias y el abandono de las políticas proteccionistas), la liberalización de las trabas a la inversión extranjera directa, la privatización de las empresas estatales y la abolición de regulaciones— provoque el  feroz antagonismo de unos izquierdistas que, con perdón, todavía existen.

Para mayores señas, acabo de mirar en la red una diatriba del señor Fernández Noroña, conspicuo representante de todo un sector en el escenario político de esta nación, dirigida contra Denisse Dresser en la que el inefable ex diputado, más allá de sus bajezas y venenosas impugnaciones, cuestiona un sistema donde tiene lugar la “explotación del hombre por el hombre”. Uno pensaría que ese anticuado discurso ya no tiene lugar en estos tiempos pero, miren ustedes, se inserta de manera perfectamente natural en el repertorio de frases acusatorias destinadas a los “ricos y los poderosos” y otros “enemigos del pueblo” que, justamente, tanto encandilan (todavía) a las masas. Y, después de todo, ahí sigue Cuba y ahí está, como una recién llegada “al socialismo del siglo XXI” (y, en mi opinión, una auténtica aberración histórica), esa Venezuela de la cual, con el permiso de los más teatrales y trágicos de los inconformes, sí se puede decir que se esté “cayendo a pedazos”.

Pero, entonces, ¿no es cuestionable y criticable el actual sistema económico? ¿Le ha servido, a América Latina, ese tal “consenso”, esa agenda presuntamente promovida en la capital imperial —y avalada por los grandes organismos financieros, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial—para desatascar las economías de un subcontinente que se encontraba postrado por las crisis de los años 80? Y, yendo más lejos, ¿no ha acaso aumentado la desigualdad en prácticamente todas las naciones del mundo y no se sigue concentrando, cada vez más, la riqueza en un número decreciente de personas?

La posible crítica del modelo se sustentaría, además, en el hecho de que el acaecimiento de la última gran recesión de 2008 —por más que las crisis y los derrumbes sean parte consustancial de los ciclos económicos (y esto es algo que hay que saber)— haya dejado un auténtico reguero de damnificados en países como España, Portugal y, en mucho menor medida, Irlanda. Y, en general, el crecimiento de las naciones desarrolladas ha sido verdaderamente anémico en los últimos años, por no hablar del aumento de las tasas de desempleo. Aquí mismo, no logramos todavía despegar de manera contundente, aunque las cifras macroeconómicas sean bastante saludables. Pero, si como resultado de la crisis y de la necesidad de equilibrar las finanzas públicas para evitar futuros descalabros se plantea la reducción, cuando no la desaparición pura y simple, del Estado social, entonces estamos hablando de otra cosa, a saber, del fin de una época y del advenimiento de un sistema más egoísta y menos humano. Y ahí sí que deberíamos preocuparnos porque, primeramente, la precariedad es el caldo de cultivo de los extremismos y, por el otro lado, el discurso político se endurece también. Hay que escucharlos, a los candidatos del Partido Republicano, en Estados Unidos, soltando denuestos contra sus compatriotas pobres y proponiendo el desmantelamiento del sistema de salud instaurado por Barack Obama. A pesar de todo, el Estado social, encarnado tanto en los sistemas socialdemócratas de las naciones europeas avanzadas como en países tales que Canadá o Australia, ha promovido un colosal bienestar en sus poblaciones. En cuanto al individualismo propugnado por una derecha estadounidense cada vez más cerril e intolerante, cabe plantear otra pregunta: ¿de verdad queremos una sociedad de fieras ambiciosas e insolidarias a las que sólo les interese apartar a los otros para enriquecerse?

El gran reto será encontrar un equilibrio entre el trasnochado discurso de una izquierda rentista del resentimiento y una derecha que apenas logra disfrazar su descarnado egoísmo.

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