La Semana de Román Revueltas Retes

La interesada desconfianza de los mexicanos

En este país, la factura de la sangre la cobran los canallas, los sicarios infames y los despiadados pistoleros. No he visto, todavía, que las legiones de desencantados salgan a la calle a exigirle al gobierno que acabe con ellos.

El presente mexicano está teñido de desencanto, resentimiento, desconfianza, negatividad, escepticismo y sospecha. Pero, ¿es cierto que estamos tan mal? ¿La apreciación de que “México se está cayendo a pedazos”, tan socorrida en las redes sociales, resulta de un análisis objetivo?

Otras preguntas, dirigidas a los emisarios del catastrofismo: ¿el “sistema” —esa suerte de entelequia configurada por las instituciones republicanas, los actores económicos y las organizaciones políticas— merecería tantos denuestos? ¿Se pueden cuestionar los principios mismos de la democracia liberal porque nuestra “transición” ha sido incompleta? ¿El desprestigio de la clase política se debe extender a todos y cada uno de los (otros) ámbitos de lo público? ¿Vamos a cuestionar, de tajo, la legitimidad de cualquier ente gubernamental? ¿Somos incapaces ya, así de encrespados como nos encontramos, de reconocer diferencias y de advertir matices? ¿No podemos —por lo mismo— admitir ningún dato positivo ni celebrar ningún desempeño? ¿No hay ya lugar para el más mínimo gesto de civilidad?

Pero, entonces, ¿dónde estaría la puerta de salida? ¿Nos salvará un caudillo redentor? ¿Es posible, en todo caso, imaginar una sociedad mínimamente armónica cuando el extremismo y la intolerancia han creado diferencias irreconciliables entre nosotros? Y, en un entorno en el que toda postura se sustenta en la oposición al adversario de turno, ¿qué espacio queda para la convivencia? ¿No vamos entonces a construir un mundo basado en los acuerdos y, como hemos visto en el caso del Pacto por México, cada coincidencia entre las partes habrá de ser luego calificada como un acto de entreguismo, por no hablar de traición? ¿Hay que desmantelar totalmente el antedicho “sistema” para comenzar de cero? ¿Vamos a tirar por la borda el trabajo de todos esos mexicanos que han luchado denodadamente por mejorar las cosas en este país? Y, si hay que hacer la revolución ¿dónde están los revolucionarios y qué tan mejores serían, ellos mismos, como para, de pronto, edificar un futuro totalmente diferente?

Y, en espera de que se encienda ese fuego purificador ¿ha habido una época, en tiempos pasados, en la que hayamos estado mejor? ¿Eran preferibles los métodos autoritarios del antiguo régimen? ¿Acaso sentimos la nostalgia de no estar ya gobernados por el presidente todopoderoso que, de un plumazo, estatizaba los bancos o descabezaba la redacción de un diario independiente o nos arrastraba a todos a una pavorosa crisis económica? ¿No nos reconforta, así sea mínimamente, que un organismo público como el Coneval contradiga abiertamente las alegres (o, bueno, no tan alegres) cifras del Gobierno sobre la pobreza? ¿No es mucho mejor que seamos los ciudadanos, ahora, quienes supervisemos y organicemos las elecciones en lugar de que lo haga, como antaño, la Secretaría de Gobernación? ¿Es deseable que la política cambiaria y la impresión de papel moneda se decidan en los Los Pinos en vez de que se encargue de ello un organismo autónomo como el Banco Central?

Es difícil saber cuál es el costo del desencanto a nivel global y si hay una relación directa entre un pesimismo tan cerrado y el comportamiento de los mexicanos. En todo caso, la desconfianza generalizada en las instituciones sí contribuye, muy seguramente, a crear una sociedad con bajos niveles de ciudadanía y, en este sentido, la epidemia de negatividad que nos azota viene perpetuando ese maléfico círculo vicioso en que las peores profecías se ven cumplidas, si no en el terreno de la realidad, por lo menos en el ámbito de la percepción. Justamente, ése es el problema y, a guisa de mero ejemplo, ahí tenemos el caso de un gobernador de Veracruz al que los sectores más irreflexivos de la opinión pública acusan, sin prueba alguna, de haber encargado el asesinato de un periodista. Al mismo tiempo, la realidad de los periodistas muertos es innegable. Pero, ¿quién los mató?

En el sexenio pasado, la gran frase condenatoria era “los muertos de Calderón”. Pues, señoras y señores, él no fue quien los liquidó ni quien dio la orden de que las fuerzas de seguridad del Estado mexicano se pusieran a matar personas deliberadamente y de manera indiscriminada. Se le puede acusar, al anterior presidente de la República, de haber puesto en marcha una estrategia de combate al crimen organizado sin contar con un aparato de Justicia confiable y eficiente. Hasta ahí. Pero el hombre no es un asesino. Y no, en Iguala tampoco “fue el Estado”. En este país, la factura de la sangre la cobran los canallas, los sicarios infames y los despiadados pistoleros. No he visto, todavía, que las legiones de desencantados salgan a la calle a exigirle al Gobierno que acabe con ellos. Por el contrario, ha habido manifestaciones, en muchos ámbitos, a favor de El Chapo. En fin…

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