La Semana de Román Revueltas Retes

Los infantes de la Marina sí hacen su trabajo

HACÍA FALTA CONSUMAR primeramente la faena de la reaprehensión. Y hay que decir que la maniobra no era tan evidente, ni mucho menos. De hecho, mucha gente nunca se creyó siquiera que 'El Chapo' hubiera sido detenido en un primer momento

El más bochornoso suceso para el actual Gobierno de México ha sido prácticamente recompuesto. Todos hemos visto las imágenes, difundidas de muy calculada manera, de un Chapo humillado, trajinado con rudeza por los soldados del Ejército antes de subirlo al helicóptero que lo llevaría de vuelta al penal del que se fugó hace seis meses (parece un tanto extraña esta disposición pero hay que entenderla, más allá de lo que pueda haber ocurrido en el pasado, como una suerte de validación de nuestro sistema penitenciario). Nada gloriosa, la figura del gran capo caído en desgracia, y nada resplandeciente, tampoco, la fuga por las pestilentes cloacas de Los Mochis. Pero, tal termina siendo el destino habitual de los delincuentes de tiempo completo aunque en algún momento parezca que van a salirse con la suya (de ahí, también, la oscura atracción que ejerce la carrera criminal en esos jóvenes que, incitados por machaconas publicidades al consumo de bienes que están totalmente fuera de su alcance, piensan que se pueden dedicar al oscuro negocio y vivir tan elusivo glamour).

Hacía falta, sin embargo, consumar primeramente la faena de la reaprehensión. Y hay que decir que la maniobra no era tan evidente, ni mucho menos. De hecho, mucha gente nunca se creyó siquiera que El Chapo hubiera sido detenido en un primer momento (vivimos tiempos en los cuales el escepticismo, paradójicamente, alcanza niveles de auténtica ingenuidad: miles de personas dudarán todavía de que el sujeto que apareció en las pantallas anteayer sea en verdad el criminal más buscado del planeta) y circulan ahora mismo las más delirantes teorías, entre las cuales destaca la de que el propio Gobierno hubiera facilitado su última evasión.

Se impone, con todo, la realidad de la captura. Y se certifica, de paso, la voluntad, en las esferas oficiales, de reparar una pifia absolutamente descomunal. Surge aquí una constatación: la calamidad de la fuga ocurrida el junio de 2015 no resulta de una política pública sino de los procederes de individuos particulares llevados por oscuros intereses. Es importante asentar esta evidencia porque muchos ciudadanos desconfían por principio de cualquier comunicado, aviso o informe que les pueda ser ofrecido por las autoridades; en consecuencia, asociando la fallas visibles del "sistema" a una suerte de estrategia conspiratoria, dejan de reconocer que el aparato del Estado mexicano no es maligno por naturaleza sino que ha sido infiltrado por sujetos inmorales y deshonestos sobre los cuales es muy difícil tener un control efectivo.

Ésta es tal vez la mayor grieta en la estructura de lo público pero viene configurando, a la vez, una de las características más determinantes de nuestra realidad en tanto quepromueve una cultura de incredulidad colectiva. Los mexicanos profesamos alegremente la muy particular doctrina de la suspicacia y sucesos insólitos como las grandes escapadas de Joaquín Guzmán Loera no hacen más que reforzar esta postura nacional: lo repito, muchas personas no van a reconocer siquiera que el tipo que miramos el otro día en las pantallas de la televisión es el criminal más buscado del planeta. Pero el hecho mismo de que haya sido detenido, contra todas las posibles interpretaciones y teorías conspiratorias (siempre y cuando seamos capaces de admitir que esas imágenes no fueron fabricadas o que el detenido no hubiera sido suplantado, digamos, por una suerte de comediante a sueldo), significa que la maquinaria del Estado mexicano se puso en marcha, que tuvo una capacidad de reacción efectiva y, finalmente, que el episodio infamante de la fuga había resultado de una circunstancia totalmente imprevista en los altos círculos gubernamentales.

En este país, desafortunadamente, las reglas no pueden ser dictadas de manera vinculante para todos porque muchos de los agentes encargados del mantenimiento de la legalidad son los primerísimos en desacatar las normas y las regulaciones administrativas. Ahora bien, la captura de El Chapo nos muestra que un sector del aparato —las fuerzas de la Marina, además del Ejército y los encargados de las tareas de inteligencia— es totalmente funcional y operativo. Es una muy buena noticia, a pesar de todos los pesares. Y, el Gobierno, por lo pronto, se quitó de encima el más ignominioso estigma del sexenio.


revueltas@mac.com