La Semana de Román Revueltas Retes

¿Por qué no hiciste mejor tu fiesta en la tumba de tus antepasados?

En ese ámbito dedicado a la memoria de individuos ejemplares y virtuosos a una señora, de nombre Claudia Cervantes y de profesión “actriz, escritora, productora y conductora”, se le ocurrió festejar, con sus amiguetes y la parentela, su cumpleaños.

Los mexicanos nombramos panteón a cualquier lugar donde enterramos a los muertos. No decimos casi cementerio ni mucho menos camposanto. El término panteón proviene del latín Pantheon, es decir, el templo que en la Roma antigua se dedicaba a los dioses. Y la siguiente es la primera acepción que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española: m. Monumento funerario destinado al enterramiento de varias personas. Un panteón, luego entonces, sería una obra pública edificada primeramente en memoria de los dioses y, luego, de los héroes. No es un simple terreno donde se nos pueda inhumar a los comunes mortales.

Basta con divisar las majestuosas columnas dóricas del Panteón de Roma, ahora reconvertido en un templo católico, o la portentosa arquitectura neoclásica del Panteón de París (edificado originalmente, a diferencia del monumento reconstruido por el emperador Adriano, para servir como un templo y reconvertido por la Asamblea Nacional, en los turbulentos tiempos de la Revolución francesa, en un mausoleo para cobijar los cuerpos de los hombres ilustres de la patria aunque luego —en los vaivenes de imperios, antiguos regímenes y repúblicas que sacudieron la vida pública francesa— fuera sucesivamente lugar de culto, iglesia consagrada en exclusiva a Santa Genoveva, “Templo de la gloria “ y “Templo de la humanidad” hasta que, con el advenimiento de la Tercera República francesa, se revalidara definitivamente su uso laico), basta con divisar estas grandiosas edificaciones —repito— para advertir la soberana majestad del Estado y justipreciar, de paso, la trascendencia que alcanzan los hombres que han construido la identidad nacional.

Pues, justamente eso, un Panteón, es la Rotonda de los Hombres Ilustres en este país. No tiene ni lejanamente los alcances de los otros monumentos, desde luego, pero es un espacio donde se consagra públicamente la grandeza de los mexicanos más insignes. Y fue ahí, en ese ámbito dedicado a la memoria de individuos ejemplares y virtuosos, donde a una señora, de nombre Claudia Cervantes y de profesión “actriz, escritora, productora y conductora” —según dicen que consigna un “sitio oficial” de internet inaccesible en estos momentos—, se le ocurrió festejar, con sus amiguetes y la parentela, su cumpleaños. Una ocurrencia, vamos. Y tras de haber consumado su inane travesura, y exhibiendo una frivolidad impregnada de desfachatado engreimiento, la perpetradora declaró, tan pancha: “estuvo divertidísimo, yo creo que es el cumpleaños más original que he hecho… siempre que voy a cumplir años pienso en hacer algo diferente y, bueno, fue en un panteón; como que a los 35 dije: cómo voy a consolidarme, cómo voy a renacer, quiero celebrar la vida donde vive la muerte, llevar a mis invitados a un símbolo más que de Halloween porque era viernes 13 de luna llena, como a hacer [sic : ¿habrá querido decir “a ser”, nuestra escritora?] conscientes de que todos vamos a acabar ahí y ahora que estamos vivos celebremos la vida cada día intensamente”.

Como se dan ustedes cuenta, no le faltan ideas a la mujer y, por poco que persevere en su faceta de productora (y que siga explotando el género macabro), a lo mejor tendremos muy pronto un pobrísimo remedo de Tim Burton en los productos de su casa televisora. Pero, más allá de la indignación de algunos descendientes de los ilustres que reposan en la tal Rotonda y de que muchos otros patriotas se desgarren las vestiduras, ¿de qué estamos hablando?

Lo ofensivo de todo esto no es la descuidada irreverencia de la cumpleañera, ni su imprudente descomedimiento, ni el gol (en el mejor de los casos y suponiendo que no hubo abiertas complicidades) que habilidosamente le anotó a los empleados de la delegación Miguel Hidalgo. No, lo inquietante es la imbecilidad: vivimos ya, por cuenta de esos actorcillos y esas “celebridades” —nada ilustres, por cierto— cuyas voces se magnifican en los medios y en las redes sociales, en un mundo de aplastante estupidez que consagra descocadamente trivialidades y fruslerías sin que nadie parezca siquiera oponer la más mínima resistencia.

Y, miren ustedes, los promotores de la estulticia ya no se contentan con exhibirse ante los vivos; ahora aspiran también a campear, ruidosa e insolentemente, en el apacible panteón donde reposan nuestros muertos ilustres.

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