La Semana de Román Revueltas Retes

¿Qué hacemos con las comunidades aisladas?

Con las tormentas que azotaron el territorio nacional —y que han creado una descomunal devastación que el Gobierno habrá de costear con recursos que hubieran debido emplearse en la creación de nuevas infraestructuras (lo cual es muy desalentador)— ha sido todavía más visible un problema que está ahí como una piedra en el zapato, a saber, la realidad de esas comunidades habitadas por pocos pobladores que se encuentran aisladas, lejos de todo, y que necesitarían de los mismos servicios que tiene la gente en las ciudades.

Si la ofensiva neoliberal en Europa significó, entre otras muchas otras cosas, la eliminación del servicio ferroviario a poblados donde no era rentable, entonces podemos valuar, en estos pagos, el colosal esfuerzo que implica proveer de electricidad, agua potable, educación, seguridad y servicios sanitarios a todas esas localidades remotas que se encuentran dispersas en las serranías de Guerrero, Chihuahua o Oaxaca.

En los hechos, debieran tal vez ser reubicadas pero, señoras y señores, aquí no son las cosas como en la República Popular China donde a los ciudadanos se les impide por la fuerza que se afinquen donde quieren (y eso, a pesar de que vivimos, según denuncian airadamente los pérfidos izquierdosos, sojuzgados por un “régimen de ultraderecha fascista”) sino que papá Gobierno, a pesar de todo, procura hacer la tarea.

Pero, díganme ustedes, ¿cuál puede ser la viabilidad de un poblado que se encuentra en un punto remoto e inaccesible y donde, por si fuera poco, no hay actividades verdaderamente productivas sino, las más de las veces, una agricultura de mero autoconsumo? ¿Vas a ir ahí a instalar una maquiladora? ¿Qué servicios hospitalarios pueden tener sus habitantes? ¿Es razonable, desde el simple punto de vista de la asignación de los recursos públicos, tener, por ejemplo, centenares de clínicas desperdigadas para atender a una población dispersa y atomizada?

México es un país muy complicado.