La Semana de Román Revueltas Retes

¿El fracaso olímpico es el fracaso de México?

La paupérrima cosecha de medallas en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro (hasta este momento, ni una sola mísera presea de bronce, señoras y señores, luego de que participaran la mayoría de los competidores que tenían alguna posibilidad, así de remota como fuere, de obtener los tres o cuatro galardones que codiciábamos) refuerza las posturas catastrofistas de mucha gente: ya decían que “México se está cayendo a pedazos” pero ahora se refuerza todavía más su argumentación: un fracaso tan patente y manifiesto es otra prueba agregada de la descomposición nacional.

Atravesamos, en este país, una situación en la que se conjugan muy perversamente el pesimismo, el enojo, el resentimiento y la autodenigración (por cierto, a propósito de lo que ocurre ahora en Brasil, es muy curioso que ellos hayan caído también en esa circunstancia de profundo negativismo porque, hasta hace poco, los brasileños cacareaban presuntuosamente sus logros económicos y sociales hasta el punto de que se habían convertido en favoritos de los inversores y una suerte de modelo a seguir).

Tan incrustado está el desaliento en nuestros ánimos que, como columnista de opinión, es prácticamente imposible reseñar nada positivo sin que te caiga encima un torrente de ofensas y denuestos. Y las críticas al “sistema”, a los gobernantes de todas las proveniencias, a los políticos y a los representantes populares son cada vez más feroces, aparte de inicuas. La realidad de la corrupción y la injusticia ha legitimado cualquier cuestionamiento, así de arbitrario e infundado como pueda ser. Pero, hay algo más: pretextando que los grandes males nacionales —la desigualdad, la injusticia social, la pobreza, la inseguridad y la ineptitud que exhiben los gobiernos en sus diferentes niveles— merecen ser objeto del más estricto rechazo, los disconformes no sólo desconocen datos confiables e informaciones verídicas sino que distorsionan las cosas o, dicho más llanamente, mienten deliberadamente. La CNTE, cuando arguye que el propósito de la reforma educativa es “privatizar” la educación pública, está lanzando una engañifa del tamaño de una casa. Tampoco la venta de una plaza de maestro es un “derecho laboral”.

O sea, que la mentira, hoy día, es un recurso al alza. Donald Trump lo sabe muy bien: ha dicho que Obama no nació en los Estados Unidos, que es el peor presidente de la historia de esa nación (las cifras mostrarían, por el contrario, que ha hecho un muy buen trabajo pero ya sabemos que la selectiva y premeditada negación de las evidencias es parte de la estrategia) y, entre otras muchas patrañas, que si gana Hillary Clinton va a derogar la Segunda Enmienda de la Constitución, tan cara a los portadores de armas. ¿En algún momento ha siquiera insinuado la candidata demócrata que pretende modificar la Carta Magna? No. Pero de la misma manera como los detractores de aquí jamás se han tomado la molestia de leer el texto de la metada reforma educativa, tampoco los seguidores de The Donald han querido enterarse de lo que realmente propone Hillary.

Trump inventa en permanencia escenarios amenazantes para sembrar el miedo entre los estadounidenses más ignorantes y más resentidos. En estos pagos, los agoreros de la izquierda cavernaria denuncian que el Gobierno de Enrique Peña desaparece estudiantes y que el Ejercito mexicano se encarga de incinerar sus cuerpos. En ambos casos, el propósito es alimentar el rencor de todos esos individuos a los cuales ni la globalización ni el libre mercado ha aportado beneficio alguno. Sin embargo, ¿se imaginan cómo gobernaría un tipo impulsivo, inmutablemente mentiroso, zafio e ignorante como Trump? Y, estableciendo de nuevo un paralelismo ¿preferirían ustedes renunciar, aquí, a los indudables beneficios de la democracia liberal para instaurar un régimen autoritario dirigido por una figura providencial? Porque, justamente de eso se trata: del desmantelamiento de unas sociedades en las cuales, a pesar de todos los pesares, hay pleno lugar para las voces disidentes, hay diversidad, hay opciones diferentes y unos muy agradecibles niveles de tolerancia.

Ya padecimos, en México, a un régimen auténticamente autoritario aunque —hay que decirlo también— ni lejanamente parecido, en sus niveles de crueldad y represión, a las dictaduras suramericanas de Chile y la Argentina. Pero, con perdón, este país, con todo y sus inmensos problemas, no se “está cayendo a pedazos”. Ah, y en el tema particular de los Juegos de Río de Janeiro, olvidémonos de las medallas olímpicas, por lo pronto, y vislumbremos un futuro en el que las Federaciones deportivas, manejadas ahora por caciques corruptos, rindan cuentas cabales de los fondos públicos, auténticas carretadas de dinero, que reciben del Gobierno mexicano.

El camino hacia la modernidad es muy lento y las democracias son muy frágiles. Los mentirosos, sin embargo, no son una opción para cambiar el futuro.

revueltas@mac.com