La Semana de Román Revueltas Retes

¿Qué tanta falta hace Steve Jobs?

Hay gente que no se resigna: la muerte de unos de los personajes que más han contribuido a cambiar el mundo —por lo menos en lo que se refiere al uso cotidiano de la tecnología— les pareció a sus adoradores un acaecimiento tan catastrófico que auguraron el inminente desplome de la empresa que había creado con su amigo Stephen Wozniak en California.

Y, en efecto, ¿quién, si no Jobs, iba a aportar ese toque de genialidad para seguir dirigiendo a Apple? ¿Qué otro humano había capaz de concebir —o, por lo menos, promover entre los ingenieros y los diseñadores de su compañía— productos tan innovadores y revolucionarios?

Se quejan ya, muchos de la feligresía, de que no ha habido otro invento como el iPhone o el iPod. Apple se dedica ahora a hacer más de lo mismo, dicen, y a lanzar al mercado aparatos con mínimas modificaciones. Muy bien. Mientras tanto, la empresa de Cupertino se ha vuelto la más valiosa de toda la galaxia. Y, con perdón, el OS X sigue estando a una distancia igualmente sideral, pues sí, de ese Windows 8 (o la recién lanzada versión 8.1) que comercializa la hegemónica Microsoft. Me permito afirmarlo terminantemente en mi condición de geek y, a la vez, de usuario masoquista del software de los de Redmond. Es más, ahora mismo, de viaje, estoy tecleando estos párrafos en una MacBook Pro de 15 pulgadas siendo que, en un arranque de consumismo irreflexivo, cometí el craso error de malgastar una tajada de mi peculio en una Vaio Pro 13, tan ligerísima (pesa la mitad de la otra) como horrible de utilizar por plasticosa, flimsy e incómoda, que ni siquiera se conecta correctamente a las redes inalámbricas y que me obligó a llamar a un técnico de Sony, afincado en algún call center remotísimo (eso sí: increíblemente amable y servicial el hombre) para resolver, aparte del mencionado problema, la súbita insensibilidad total del trackpad.

Nada de esto te ocurre con las Mac. Y, desde ayer, puedes descargar Maveriks, el nuevo sistema operativo.

Parece, en todo caso, que Jobs dejó muy claras sus instrucciones.