La Semana de Román Revueltas Retes

El engaño de un “independiente”

La mayoría de los pecados no son delitos en las sociedades con democracia liberal. Nos queda claro que no hay que matar ni robarle sus bienes a los demás. Pero, en otros temas, como tener una relación amorosa con una casada o de no asistir a misa los domingos o de reverenciar a dioses ajenos y exóticos, el Estado no interviene para castigar al infractor.

Las personas, se supone, están obligadas a ser lo que son o, por lo menos, a lo que pretenden ser. Sin embargo, esta sentencia tan condenatoria no pareciera ser demasiado vinculante para todos esos individuos que, exhibiéndole al mundo una ejemplaridad que les otorgaría una avasalladora superioridad moral, se las arreglan, en el fondo, para ser los primerísimos en romper las reglas.

La gran mayoría de los pecados, señoras y señores, no son delitos en las sociedades donde se ha instaurado la democracia liberal. Nos queda muy claro que no hay que matar ni tampoco robarle sus bienes a los demás. Pero, en los otros temas, como lo de tener una relación amorosa con una mujer casada o de no asistir a misa los domingos o de reverenciar a dioses ajenos y necesariamente exóticos, el Estado no interviene para castigar al infractor. Ahora bien, más allá de esta realidad, algunos personajes se desempeñan en nuestra arena pública alardeando valores puramente morales de los que se sirven para abrirse paso en territorios tan dispares como la academia, la jerarquía institucional, la Iglesia o las estructuras partidistas.

Dicho en términos más entendibles, muchos de los individuos que frecuentan los espacios del poder se jactan de ser mejores que los demás. Ejemplos: Obrador nos machaca siempre con su honestidad, los prelados de la Iglesia condenan nuestros apetitos carnales (lo hacen, desde luego, desde una postura de absoluta pureza personal), los líderes de los movimientos ciudadanos aducen procurar intereses de indudable nobleza, etcétera, etcétera.

Muy bien, pero ¿qué pasa cuando todo esto no es cierto? Y es que, señoras y señores, el problema con las condenas o con los juicios emitidos contra los demás no es, necesariamente, la propia naturaleza de la supuesta contravención sino la categoría moral de quien hace la acusación. Para mayores señas, un padre Maciel que ha sostenido relaciones sexuales con mujeres y que tiene descendencia no estaría comportándose más que como un individuo perfectamente normal (independientemente de que su otro desvío, el abuso de menores, sea, ahí sí, un delito). Pero, cuando te jactas de tu integridad personal y haces de ella una herramienta para enjuiciar a los demás y culpabilizarlos, entonces tus infracciones son doblemente repudiables.

Se debiera predicar con el ejemplo, desde luego; el asunto es que algunas personas, a pesar de que no son nada ejemplares, se arrogan el derecho de condenar al prójimo precisamente por practicar las mismas contravenciones que ellos perpetran. El padre Marcial Maciel, aparte de ser un delincuente, era un hipócrita y un engañador al que, en su momento, veneraban, literalmente, miles de creyentes. No sólo eso: era un tipo intocable al que nadie podía siquiera cuestionar sin afrontar la total hostilidad de sus seguidores. Pero, más allá de que su actuación rebase el terreno de las “buenas costumbres” para adentrarse rotundamente en los ámbitos de lo penal, dista mucho de ser la única figura que proclama al exterior valores que desconoce flagrantemente en su persona. Los izquierdosos, en este sentido, me resultan insoportables: van de justicieros, de revanchistas y de sensibles a las causas sociales pero la gran mayoría de ellos tiene los mismos apetitos y codicias que denuestan en los demás: en cuanto pueden, se agencian propiedades, relojes costosos y coches de lujo. Eso sí, cada que toca, levantan un índice acusador para denunciar a los “ricos y los poderosos” y así engatusan a un “pueblo bueno” que, creyendo sus promesas incumplibles, da rienda suelta a sus muy entendibles descontentos.

En este escenario ha aparecido una nueva subespecie de engañadores representada, sobre todo, por la figura del tal Bronco. El hombre proclama abiertamente su hartazgo con la clase política, denuncia corruptelas, reivindica su condición de ciudadano independiente, anuncia políticas renovadoras y asegura cumplimientos plenos cuando ocupe el puesto de gobernador de Nuevo León. Hasta ahí, muy bien. Se entiende perfectamente que, por estas razones, haya convencido al electorado. Pero, cuando comienzas a investigar las cosas, resulta que lo ha apoyado decididamente un sector de la clase empresarial de Monterrey. O sea, que de “independencia”, en términos estrictos, no podemos hablar: el futuro mandatario estatal, llegado el momento, tendrá que devolver los favores. Es decir, gobernará para servir los intereses de un grupo. Y así, esta historia, que parecía tan novedosa y tan esperanzadora, no es más que el mismo cuento de siempre. A mucha gente, sin embargo, le gusta que la engañen. O, mejor dicho, que la sigan engañando.

revueltas@mac.com