La Semana de Román Revueltas Retes

El emisario de los quejicas

A nosotros los mexicanos la vecindad con EU nos resulta, hoy día, innegablemente beneficiosa. Digo, después de todo, millones de compatriotas han encontrado trabajo allá, millones de turistas estadunidenses nos visitan, miles de millones de dólares le exportamos a la primera economía del planeta.

En ocasión de un viaje de trabajo a la Argentina, al entablar una conversación fortuita con una colega, me soltó la mujer —muy probablemente porque le parecía que venía al caso siendo que hablábamos, de manera muy general, de la situación en nuestros países— que el gran problema que enfrentamos en América Latina es Estados Unidos, aderezando la afirmación, además, de un tonillo entre lastimero y oscuramente rencoroso. Le respondí que —en mi opinión y, para no buscar pelea a las primeras de cambio, absteniéndome de responsabilizar a argentinos de cepa pura como Perón o los militares golpistas de los posibles males que han azotado a la nación austral (aquí, en estos pagos, personajes declaradamente malignos como Antonio López de Santa Anna y muchos otros de más reciente desempeño también han sido de certificada oriundez local, o sea, que no desembarcaron de Marte ni se criaron tampoco en los territorios del denostado vecino del norte)— a nosotros los mexicanos la vecindad con Estados Unidos nos resulta, hoy día, innegablemente beneficiosa. Digo, después de todo, millones de compatriotas han encontrado trabajo allá, millones de turistas estadounidenses nos visitan, miles de millones de dólares le exportamos a la primera economía del planeta, millones de jubilados estadounidenses viven tranquilamente afincados en el territorio de Estados Unidos (Mexicanos) y les son enviadas aquí sus pensiones, miles de millones de billetes verdes son invertidos por los estadouniamericanos en empresas que dan empleo a los estadounimexicanos y, finalmente, yo supongo que ser el segundo socio agrícola de esa antedicha economía poderosísima y el tercer socio comercial nos coloca, a pesar de todos los pesares, en una situación verdaderamente privilegiada.

Sin ser tan prolijo en la enunciación de estas ventajas, algo así le dije a mi interlocutora pero, por lo visto, no le gustó nada mi apreciación de las cosas porque, en los días subsiguientes, no sólo no cruzamos ya palabra alguna sino que ni siquiera volvió a darme los buenos días. Supongo que me clasificó de pro imperialista yanqui, de derechista impresentable y, acaso, de traidor a esa causa de los pueblos latinoamericanos tan nobilísima que requiere, obligadamente, del permanente rechazo a la gran potencia mundial.

Ciertamente, fueron los yanquis, en sus tiempos, los muy poco ejemplares ejecutores de una política exterior dirigida, en este subcontinente, a apoyar, de manera encubierta o declarada según el caso, a dictaduras y regímenes militares para conjurar el peligro del comunismo. Pero, no se puede soslayar la responsabilidad de nuestros gobernantes en el lastimoso desempeño de esta región ni culpar, una y otra vez, a Estados Unidos de todas las calamidades que nos han aquejado desde que nos volvimos naciones independientes. Sin embargo, este victimismo, teñido de un incurable y porfiado resentimiento, no sólo sigue teniendo plena vigencia hoy día sino que es promovido deliberadamente por los Gobiernos de varios países. Y, el tema viene ahora a cuento por el reciente fallecimiento Eduardo Galeano, uno de los personajes que más enarboló el discurso quejica, por decirlo de alguna manera, y que escribió un libro que lleva un título desaforadamente tremendista, Las venas abiertas de América Latina, que vendría siendo la biblia de esos idiotas latinoamericanos cuyos rasgos tan sabrosamente reseñan Plinio Apuleyo, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa en un volumen que, creo yo, sería el correspondiente texto sagrado de quienes no nos creemos las truculentas historias de saqueo, explotación, depredación y abuso que hubiera padecido nuestro subcontinente y que, en la visión de aquellos denunciantes, explicarían el desesperanzador fracaso de Latinoamérica. El Manual del perfecto idiota latinoamericano, en efecto, es un auténtico libro de cabecera para los liberales desprejuiciados. Y, vale la pena reproducir aquí las líneas finales del texto, dedicadas, precisamente, al escritor uruguayo: “No hay duda: existe algo que Galeano odia con mayor intensidad aún que a los propios gringos, que a las multinacionales, que al liberalismo: la verdad, la sensatez y la libertad. No las soporta. No creen ellas. No le merecen el menor respeto. Su única y más firme devoción es alimentar de errores y locuras a los latinoamericanos más desprovistos de luces hasta perfeccionar la legendaria idiotez ideológica que los ha hecho famosos. Por eso su libro le pone punto final al nuestro. Se lo ha ganado a pulso”.

Pues eso.

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