La Semana de Román Revueltas Retes

¡Encendida proclamación feminista!

RABHA FUE LLEVADA a vivir con un sujeto que le era totalmente desconocido y cuya mera presencia le resultó atemorizante, además de no sentir ninguna atracción por él. El tipo la violó brutalmente en cuanto pudo estar a solas con ella. Ese fue, por así decirlo, el protocolo de presentación

Anteanoche, al encender el televisor, se me aparecieron las imágenes de una joven mujer, tocada del tradicional pañuelo que deben llevar las musulmanas, en un campo de flores, en Marruecos. Le hablaba a la hija, Salma, una nena lindísima y alegre de radiante sonrisa, que correteaba entre las plantas, y le decía lo triste que se sentía de tener que dejarla para irse a trabajar a la ciudad: "Cuando estoy allá y pasa tanto tiempo —hasta dos meses— me pongo a llorar cada vez que pienso en ti. Pero, ya verás, estaremos juntas. Yo no pude estudiar nada porque no me dejaron. Y, no sé leer ni escribir. Tu sí estudiarás y aprenderás a leer. Y, luego, cuando yo te pida que me leas algo, me leerás. Cada vez que te lo pida, me leerás".

Era otra emisión, en la cadena BBC World News, de la serie llamada Storyville Global y se trasmitía un documental de Deborah Perkin, titulado, con deliberada crudeza, 'Bastards' (de hecho, se trasmite nuevamente hoy, domingo 3, a las 9.10 de la mañana, hora del centro de México, y se anuncia de la siguiente manera, en el sitio de la televisora británica: "En Marruecos, como en todos los países musulmanes, el sexo fuera del matrimonio es ilegal y las mujeres sobrellevan todo el peso del rechazo social. Pero, ¿qué destino les espera a los hijos de esas madres solteras? Este cortometraje cuenta la historia de una de ellas").

Seguí mirando el programa. La protagonista del reportaje, Rabha El Haimer, al igual que tantas otras mujeres de su tribu, fue obligada a casarse, a los 14 años, con un pariente lejano. Era un arreglo entre familias, como es costumbre en esas comunidades rurales y, curiosamente, el marido no asistió a la ceremonia matrimonial. Un par de semanas después, la niña fue llevada a vivir ya con el hombre, un sujeto que le era totalmente desconocido y cuya mera presencia le resultó atemorizante, además de no sentir ninguna atracción por él. Pues bien, el tipo la violó brutalmente en cuanto pudo estar a solas con ella. Ese fue, por así decirlo, el protocolo de presentación. Comenzó ahí un infierno de abusos, humillaciones y maltratos hasta que, al cabo de dos años y al quedar embarazada, la joven decidió abandonar al marido y volver a su pueblo. Por lo que parece, su madre la aceptó de vuelta en la casa familiar. Sin embargo, apenas comenzaba la cruzada personal de esta pobre chica: al nacer su hija, deseó encarecidamente que la niña tuviera un destino diferente y su primer deseo, tal y como lo expresaba en esa escena que miré al encender el televisor —tan estrujante y tan colosalmente conmovedora— fue que pudiera recibir una buena educación. Pero, aquí aparece otro elemento en la historia: Rabha terminó por encontrarse en una suerte de limbo legal, no sólo porque su marido y su suegro comenzaron a negar que la boda hubiera tenido lugar sino porque el matrimonio no se había celebrado ante las autoridades civiles. Así, aparecía de pronto como una madre soltera y afrontaba la oscura dureza de unas leyes que, en Marruecos, discriminan a los hijos nacidos fuera del matrimonio (aunque estamos hablando, a pesar de todo, de un país en el que, a diferencia de otras naciones musulmanas, esas mujeres no son encarceladas o ejecutadas). Es decir, que la inserción de su hija en la sociedad urbana marroquí se complicaba grandemente y que se ensombrecían las perspectivas de que pudiera siquiera aspirar a ir al colegio. Adiós, pues, a los sueños y las esperanzas. Por fortuna, en el camino de Rabha se aparece Aicha Chenna, fundadora de la Association Solidarité Féminine y, después de ayudarla en una dura batalla legal, logra que su matrimonio sea finalmente reconocido en los tribunales. En la escena final de la película, Rabha lleva a Salma de la mano, al salir del colegio en Agadir.

Ahora bien, ¿de qué estamos hablando? Pues, del incomprensible, inaceptable y monstruoso sufrimiento de las mujeres en todas las sociedades, señoras y señores. Y, en este sentido, el mirar las imágenes de Salma en el campo de flores e imaginar siquiera que una niña de siete años, tan jubilosa y vivaracha, deba luego enfrentar la brutalidad y la violencia del mundo por el simple hecho de ser mujer, nada más por ello, resulta tan descomunal que adquiere de inmediato la categoría de una auténtica revelación: el primerísimo problema social de la humanidad, en estos momentos, es la crueldad que padecen las mujeres, la desigualdad que sufren y las adversidades que soportan, lo repito, por la mera circunstancia de ser del sexo femenino. Y si nos detenemos por un momento a pensar que constituyen la mitad de toda la especie humana nos daremos cuenta de la monumental dimensión que tiene un fenómeno cuya persistencia desestima cualquier posible apreciación que podamos hacer sobre el proceso civilizatorio.

En los países de la sórdida y tenebrosa Musulmania el problema es terrible, desde luego. Pero aquí mismo, en estos pagos, el maltrato se manifiesta en un abanico que va desde el marido que, cuando se divorcia, deja de pagar la renta de la casa donde viven sus hijos (ya se las apañará la madre de familia para salir adelante) hasta la niña que es violada, siguiendo los usos y costumbres de ciertas comunidades de Chiapas, porque seguía pastoreando al rebaño luego de ponerse el sol, pasando por las mujeres que son asesinadas todos los días en tantos puntos del territorio nacional hasta las trabajadoras que no reciben el mismo sueldo que sus semejantes masculinos.

No creo que la antedicha conclusión sea desmesurada o excesiva, estimados lectores. Por el contrario, lo que resulta literalmente asombroso es que el tema no figure en el primerísimo lugar de las agendas políticas.


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