La Semana de Román Revueltas Retes

¿Ahora sí vamos a hacer lo que todavía no hemos hecho?

Pues sí, las crisis representan oportunidades, como cacarean los optimistas militantes, pero hay adversidades que terminan teniendo un costo altísimo. Digo, si pierdes una guerra ¿qué beneficios tuviste? La revolución mexicana, más allá de que haya servido de mito fundacional a nuestro sistema político, dejó un país totalmente devastado económicamente. ¿No hubiera sido mucho mejor que no hubiera tenido lugar esa gran “crisis”? ¿Qué oportunidad se nos presentó ahí siendo que muchos otros países no sólo han transitado a la democracia de forma totalmente pacífica sino que tienen índices de desarrollo y bienestar mucho más altos que los nuestros?

Ahora mismo, con el espantajo de The Donald despuntando en el horizonte, se escuchan ya las voces de gente que pareciera celebrar su advenimiento, pues sí, como una “oportunidad” para México. ¿De veras creen eso? ¿Les parece una buena cosa que vaya a expulsar a millones de compatriotas que, como bien dice el gobernador del estado libre y soberano de Guerrero, no encontrarán trabajo en su tierra natal porque simplemente no hay? O, así que se tratara de una simple bravata y que no procedieran luego las amenazas, ¿es mínimamente aceptable que un futuro presidente de la nación más poderosa del planeta haya expresado esas intenciones para con sus vecinos?

De una u otra manera, pase lo que pase después, tenemos que estar bien conscientes de una realidad: los mexicanos somos perfectamente capaces, sin ayuda externa, de hundir a este país, de llevarlo a la ruina y de cancelar las esperanzas de un futuro mejor. De hecho, a eso nos hemos dedicado desde que existimos como nación independiente: la historia de México es, sobre todo, un relato de luchas fratricidas, golpes de Estado, desorganización, calamidades, enfrentamientos y desunión. A lo largo de todo el s. XIX, las finanzas públicas estuvieron en tan desastrosa condición de precariedad que no se aseguraba siquiera la paga de los combatientes que debían defender la soberanía de la patria (y así nos fue, en la llamada Guerra del 47: pocos países han llegado a perder la mitad de su territorio). Más tarde, como bien señalaba mi querido Luis González de Alba, el fin de la dictadura porfirista y la instauración definitiva de la democracia hubieran debido acaecer meramente con la llegada de Francisco I. Madero a la presidencia de la República. Pues, no: ahí fue, por el contrario, donde comenzó la carnicería: casi todos los protagonistas de la revuelta armada se mataron los unos a los otros hasta que, con la llegada de Plutarco Elías Calles, se establecieron las bases del aparato que nos habría de gobernar durante más de 70 años. Y no hay que soslayar, salvo en el caso de Madero, la extrema crueldad y barbarie de nuestros héroes: “La tropa zapatista se ganó el nombre de la ‘horda del horror’. La toma de cada hacienda se celebraba con orgías escandalosas y absurdas. Brutales torturas eran infligidas a cada hombre que agarraban que no vestía el religioso hábito de los huaraches, el calzón blanco y el sombrero de petate […] Dijo Zapata: ‘Tenemos que asustarlos; tenemos que aterrorizarlos; porque si no nos temen nunca nos escucharán’” (Anita Brenner, Ídolos tras los altares, p. 207, Ed. Instituto Cultural de Aguascalientes). Con la autorización del presidente Carranza, Jesús Guajardo hizo fusilar a 50 soldados de las fuerzas federales para hacerle creer a Zapata que estaba de su lado, bajarle la guardia y asesinarlo después. En fin, el recuento de las atrocidades perpetradas por los personajes que han dado nombre a las calles de nuestras ciudades podría ser casi interminable. Y, hoy mismo, México figura de manera muy prominente en la lista de los países que… ¡están en guerra! Compruébenlo ustedes en la Internet, por favor.

Muchos lectores cuestionarán esta visión tan desaforadamente negativa y catastrofista de la realidad mexicana. Y destacarán, no sin razón, los logros de una nación que figura entre las principales economías del mundo, una auténtica potencia industrial poblada, a pesar de todos los pesares, por millones de consumidores de clase media. Pero, señoras y señores, la otra mitad del país no funciona. Y, no se trata tan sólo de construir una media nación, como proyecto colectivo, sino de hacer una Gran Nación. No hay ninguna razón suprema por la cual México, a partir de 1810, no hubiera debido desarrollarse más que el vecino país del norte: tenía más territorio, casi la misma población (seis millones aquí y siete allá) y contaba con litorales, riquezas mineras, diversidad geográfica, etcétera, etcétera. Pero no. Ya sabemos cuál ha sido el desenlace de esta historia. Y, en estos momentos, lo que menos necesitamos, vistos los descomunales problemas que afrontaremos en el futuro inmediato, es un inquilino de la Casa Blanca hostil a nosotros.

Otra cosa: no es cierto que los países no se acaban. Alemania terminó totalmente destruida después de la Segunda Guerra Mundial. Para todos los millones y millones de ciudadanos que murieron en la contienda, no hay consuelo alguno en el hecho de que ahora sea la economía más poderosa de la Unión Europea. Las víctimas no tuvieron futuro alguno, la vida se les terminó ahí. De nuevo, hubiera sido mil veces preferible que Berlín no fuera arrasada. En México, figuramos en último lugar de los países de la OCDE en nivel educativo; tenemos asesinatos, linchamientos, secuestros y extorsiones todos los días; millones de jóvenes no estudian ni trabajan. Trump, ¿tiene que ver algo en esto? No. La solución de estos problemas nos toca a nosotros. Pero, por favor, la oscura enemistad del futuro presidente no significa “oportunidad” alguna. Si fuéramos tan capaces y tan astutos, estaríamos ya mucho mejor de lo que estamos. No es el caso. Y, el panorama, que es muy negro de cualquier manera, es todavía peor con Trump, no mejor. Digo…

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