La Semana de Román Revueltas Retes

La vida en el planeta Trump/ II

El resentimiento de los inconformes explicaría, en parte, el triunfo de Donald Trump. Pero, ¿no vivimos acaso los tiempos de mayor bienestar económico en toda la historia de la humanidad? En las sociedades industriales avanzadas, hasta los individuos más desfavorecidos disponen de bienes materiales que eran impensables hace unas décadas. Y, en todo caso, los estadunidenses no han experimentado jamás, ni remotamente, las (verdaderas) carencias de los pobres que habitan Sierra Leona, Bangladesh, Haití o, miren ustedes, los municipios más atrasados de México. Entonces, ¿por qué hay tanta insatisfacción, tanto enojo y tanta desconfianza? ¿Por qué se habla de que el desenlace electoral del 8 de noviembre refleja la oposición al “sistema”, a ese establishment del que Hillary Clinton es una de las más visibles representantes? O, dicho de otra manera, ¿por qué debiera existir, en primer lugar, un cuestionamiento al orden establecido si los Estados Unidos siguen siendo la nación capitalista por excelencia, la tierra prometida del american dream, la sociedad de las oportunidades y un país al que desean emigrar, todavía, millones de individuo de todo el mundo? ¿En qué momento sintieron los ciudadanos de la nación más poderosa de la Tierra que habían perdido preponderancia, superioridad y supremacía como para que el eslogan de que había que restaurar la “grandeza de América” se volviera una suerte de determinación nacional para los votantes? ¿Fueron meramente víctimas de los hechizos de un gran demagogo o hay otra cosa? Y, en el caso de que la gente se haya dejado engatusar por el discurso incendiario del candidato, ¿puede un caudillo populista surgir así nada más, de la nada, o ya se había condensado el caldo de cultivo para su advenimiento?

Estas preguntas son de difícil respuesta y las posibles explicaciones terminan siendo siempre parciales, fragmentarias y sesgadas. Para mayores señas, una de las visiones que han propalado muchos comentaristas es que a no todos los simpatizantes de The Donald se les puede encasillar en la categoría de los racistas y xenófobos: millones de ellos serían gente de bien, simples ciudadanos de a pie esperanzados en que las cosas pueden ser mejores en el futuro. Para nosotros, como observadores externos, es un tanto impenetrable el hecho de que todas esas personas se hayan podido acomodar a la intolerancia, la zafiedad y el sectarismo del personaje, por no hablar de su palmaria falta de honestidad y sus manifiestas manquedades personales, pero, en fin, en el extremo opuesto de la postura políticamente correcta se encontraría el comediante Bill Maher para el cual muchísimos estadunidenses son simplemente ignorantes y estúpidos (para muestra, uno de sus videos en YouTube:
https://www.youtube.com/watch?v=rMOxj8w0K-c ). De una u otra manera, resulta profundamente inquietante la llegada al poder de un sujeto que se dedicó, a lo largo de toda su campaña, a atizar miedos, oscuros rencores y divisionismos. Pero tampoco hay que descartar la circunstancia de que su opositora directa fuera una mujer: tal vez el machismo subyacente de la sociedad fue determinante en el desenlace de las elecciones.

Ahora bien, en el apartado del resentimiento y la insatisfacción individual se entremezclan varios elementos que pudieran aclarar un poco el panorama, más allá de la aparición de una figura providencial en horizonte político de los Estados Unidos y de que su retórica haya podido encender primitivas pasiones. Por un lado, existen factores culturales: la población blanca de los Estados Unidos se siente amenazada en sus tradiciones por la recomposición racial de la sociedad debida a la inmigración; la tibieza de los liberales ante el peligro del islamismo ha llevado a que muchos ciudadanos se identifiquen con un discurso más radical y que se sientan liberados de una corrección política que les resulta tan oprimente como antinatural; y, finalmente, la recuperación del arquetipo anglosajón, en la figura de Trump, puede tal vez representar un retorno a las certezas de siempre después de que un individuo de raza negra gobernara durante ocho años. Hay algo más, sin embargo, y tiene que ver directamente con la manipulación de los ciudadanos en unas sociedades marcadas por el desaforado consumismo al que obliga el capitalismo depredador. No se habla mucho de esto, pero el descontento de quienes viven acosados por la exigencia constante de satisfacer necesidades artificiales se ha manifestado, muy probablemente, en el rechazo al actual orden de cosas ocurrido el pasado 8 de noviembre. Y los inconformes no se han dado siquiera cuenta. Tocaremos el tema en la columna de la semana siguiente.

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