La Semana de Román Revueltas Retes

Y después de "El Chapo," ¿qué?

Tan beneficiosa para Peña Nieto ha sido la gesta que el señor Obrador, en un arranque de desvergonzada mezquindad, ha declarado que se trata de una “cortina de humo” la captura del capo del cártel de Sinaloa.

Todas las posibles sospechas de que Felipe Calderón no hubiera realmente deseado aprehender a El Chapo —por alguna extrañísima razón— se desvanecen ahora mismo al ver la desbordante cosecha de parabienes, cumplidos y felicitaciones que ha recogido el actual presidente de la República. Tan beneficiosa para Peña Nieto ha sido la gesta que el señor Obrador, en un arranque de desvergonzada mezquindad, ha declarado que se trata de una “cortina de humo” —o sea, algo que se puede programar convenientemente, con toda oportunidad, para ocultar realidades desagradables— como si esto, lo de atrapar al delincuente más buscado del planeta, fuera muy sencillo, algo así como una mera estrategia propagandística o un recurso, disponible en permanencia, al que se puede recurrir en cualquier momento. Resultaría, entonces, que lo que hubiera sido un momento triunfal del anterior inquilino de Los Pinos —considerando, sobre todo, que el hombre se empeñaba tozudamente en redoblar su combate al crimen organizado— se reduce a una simple maniobra de disimulos y enmascaramientos armada por su sucesor.

En fin, nos han sido revelados algunos detalles sobre la cotidianidad del mandamás del cartel de Sinaloa que no pintan un cuadro demasiado grandioso: al tipo lo acompañaba el constante desasosiego de ser capturado y vivía apertrechado en casas con escotillas para salir huyendo a las primeras de cambio o se refugiaba en esa sierra sinaloense a la que pensaba volver luego de que hubieran estado los comandos de la Marina a punto de encontrarlo en Culiacán. Y sí, tal vez fue el deseo de estar con su familia, así fuere en un simple apartamento para turistas en la playa, lo que facilitó su aprehensión.

En todo caso, vaya desenlaces tan poco gloriosos los de estos personajes(y vaya papel que ha jugado la tecnología en todo esto): las fuerzas de la OTAN interceptaron una llamada telefónica de Muamar Gadafi y lograron así localizar el convoy en el que huía para alcanzar Sirte, su ciudad natal. El antiguo dictador terminó acorralado como un perro en una tubería del drenaje (ahí, en las cloacas de Culiacán, hubieran también podido rodear al propio Chapo durante su escapatoria) y fue matado a sangre fría por los rebeldes libios; Osama bin Laden no llevaba precisamente una existencia esplendorosa en una edificación, situada en la localidad paquistaní de Abbottabad, desprovista de teléfono e internet, cuando un grupo de tropas de élite de la US Navy irrumpió por sorpresa y le descerrajó un tiro en un ojo; Sadam Hussein se refugiaba miserablemente en un sótano de Tikrit —su pueblo de origen, al igual que Gadafi (todos quieren volver al terruño, según parece)— cuando fue arrestado por efectivos iraquíes y fuerzas de Estados Unidos. Naturalmente, Joaquín Guzmán Loera no había caído en desgracia como los sátrapas de Libia e Iraq pero su condición de fugitivo, parecida a la de Bin Laden, nos habla de unas condiciones de vida que no parecen nada envidiables. Y, justamente, al contrario de Edgar Valdez Villareal, alias La Barbie, que cuando fue detenido exhibió descaradamente aires de insolencia (su estancia en el Penal del Altiplano debe haberle ya bajado los humos porque ha llegado a denunciar que sus condiciones de detención son demasiado duras), El Chapo parecía genuinamente abatido.

Pero, más allá de la incontestable realidad de unas carreras criminales que terminan muy mal, ahora ¿qué sigue? Por lo pronto, está teniendo lugar una lucha descarnada para ocupar el puesto del jefe. Habrá un sangriento reacomodo de posiciones y la violencia se recrudecerá. En algún momento, se notará inclusive el vacío dejado por un personaje que no por cruel deja de ser fundamentalmente pragmático. Es decir, los aspirantes al trono, en lo que logran hacerse con las riendas, no se distinguirán precisamente por su capacidad negociadora. Sin embargo, el golpe dado, por más espectacular que haya sido y por más méritos que tengan nuestras fuerzas de seguridad, no habrá de resolver el primerísimo y más fundamental de los problemas: mientras haya un mercado, seguirá habiendo consumo (y producción). Y esta, con perdón, no es una cuestión que podamos resolver en México sino algo de lo que deben ocuparse nuestros vecinos del norte. Aunque ya no esté El Chapo.

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