La Semana de Román Revueltas Retes

La deshonestidad nacional, en 2016

LA CORRUPCIÓN HA ALCANZADO  tan altos niveles en este país que ha trastocado perversamente el mismísimo significado de las palabras. Esta maligna falta de probidad nacional, una auténtica plaga, tiene un costo real y medible

Echando un vistazo a las páginas de la prensa, descubro profecías en las que se pronostican alegremente los desaciertos que aún no consuma papá Gobierno en 2016. Vivimos tiempos de desatado negativismo, es cierto, y el descontento ciudadano ha alcanzado niveles de pandemia subregional pero nuestra machacona repartición de culpas debiera redirigirse y comenzar a incorporar a un nuevo actor social, a saber, ese mexicano naturalmente corrupto, desobediente, mal ciudadano, tramposo y abusivo en el que ninguno de nosotros quiere reconocerse.

Y no se trata ya de entender los casos en que, agobiados por una tramitología deliberadamente diseñada para entorpecer las gestiones que debemos realizar ante los organismos públicos —permisos de construcción, licencias para operar un pequeño negocio, certificados de esto o de lo otro— terminamos por soltar la dádiva tácitamente exigida. Ahí sí que podemos levantar un índice acusador para denunciar las desviaciones de un sistema que pudiera ser recompuesto si existiera la voluntad política —y si no hubiera tan descomunales niveles de imbecilidad en algunos sectores de nuestra burocracia— de simplificarnos las cosas, es decir, de facilitarnos la vida. Pero, la aviesa deshonestidad de miles y miles de mexicanos se manifiesta, sin presiones y de manera perfectamente espontánea, en todos los niveles: a un amigo se le ocurrió devolver los fondos que no se había gastado en un viaje patrocinado por la Comisión Nacional del Deporte y, al enterarse sus colegas de la oficina, le dijeron que era punto menos que un tonto (o sea, que ellos no sólo no devuelven nada, según me cuenta ese conocido, sino que suelen embolsarse todo lo que pueden cada vez que pueden); el hijo de otra amiga estaba muy descontento en su trabajo —en el sector privado, miren ustedes— porque se daba cuenta de todas las marrullerías que perpetraba su jefe; la compañera de oficina de otra conocida, ascendida a jefa de compras de cierto ente público, acaba de agenciarse un viaje a Las Vegas que le resultaría totalmente impagable con sus emolumentos; etcétera, etcétera, etcétera...

No estamos hablando aquí de alguno de los denostados prohombres que pululan en las altas esferas de la política (a propósito de la devolución de asistencias, cuando cierto senador decidió reembolsarle a la Cámara Alta los dineros de los billetes de avión que no había utilizado, fue calificado de "deshonesto" por uno de sus correligionarios lo cual, señoras y señores, es muy revelador: la corrupción ha alcanzado tan altos niveles en este país que ha trastocado perversamente el mismísimo significado de las palabras); estamos consignando meramente las pequeñas raterías que se cometen, a diario, en todos los niveles: pregunten ustedes al dueño de cualquier comercio —de la tienda de la esquina, del pequeño local de comida, de la tintorería de barrio— sobre las colosales dificultades para encontrar a un dependiente mínimamente honrado, alguien, pues sí, que "no te robe" y a quien puedas confiar algo tan elemental como atender el negocio.

Esta maligna deshonestidad nacional, una auténtica plaga, tiene un costo real y medible, más allá de que el fenómeno de la corrupción parezca florecer, antes que nada, en los ámbitos oficiales. Pero, después de todo, esos políticos deshonestos de cuyas corruptelas estamos tan bien enterados, y cuya impunidad tan desmoralizadora le resulta a la sociedad mexicana, no vienen de Marte —no son los individuos de una especie invasora, extraña, ajena a nuestros usos y costumbres— sino que son gente de casa, naturales de cepa pura y, en alguna medida, simples emisarios de un mal colectivo, los heraldos privilegiados de una descomposición que, además, le ha acarreado a México una pésima reputación internacional.

Planteado así, el problema parece insoluble porque necesitaría de la transformación personal de millones de personas. Por lo visto, nos aqueja un déficit global de moralidad que esa tal "renovación moral de la sociedad", emprendida en su momento por el presidente Miguel de la Madrid, no pudo enderezar. El hecho mismo de que un programa público se formulara de tal manera, con todas sus palabras, nos habla de que un Gobierno había detectado en toda su dimensión la gravedad del asunto. Pero, "renovar" a seres humanos (ya que de eso se trata) no es una tarea sencilla: entre los fracasos consignables de la sociedad mexicana, la trasmisión de valores es uno de los más visibles, junto con los descalabros de la educación pública. No hemos logrado sembrar la semilla de la honradez o, dejando de lado una elevada concepción del bien y hablando de simples mecanismos disuasorios, no hemos podido tampoco implantar la figura de esa especie de gendarme interior que, en países como Japón o Finlandia, refrena a los individuos cuando sienten el impulso de cometer infracciones. Desafortunadamente, la tarea sobrepasa los ámbitos de acción de cualquier Gobierno. La gran pregunta, en lo que toca a la viabilidad de la nación, es qué tan bajo tendremos que caer para que el cambio no sea una alternativa sino mero asunto de supervivencia.


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