La Semana de Román Revueltas Retes

La derrota de Trump debe ser demoledora

Es muy llamativa esta definición de liderazgo: la “capacidad de controlar sus emociones y las de los demás”. Un dirigente, luego entonces, debiera no verse envuelto en provocaciones ni responder a las constantes ofensas que soporta cualquier hombre público. Pues bien, Donald Trump no tiene dominio alguno sobre sus impulsos: reacciona irreflexivamente ante la más mínima crítica y la mayor parte de su tiempo la pasa enredado en ajustes de cuentas con sus abundantísimos detractores. Dicho coloquialmente, tiene la piel extremadamente delgada, lo cual debiera descalificarlo de manera automática para ocupar la presidencia de un país provisto de armas nucleares que pueden acabar, de un plumazo, con la civilización.

Pero, lo asombroso de su existencia —no como un hombre de negocios fanfarrón, insolente, inexperto y presuntuoso sino como un individuo que ha logrado obtener la candidatura presidencial de un partido político— es que millones de ciudadanos lo respaldan. Eso, en sí mismo, es un hecho absolutamente inquietante y perturbador. Porque, señoras y señores, lo primero que te vendría a la mente, al verificar los rasgos de carácter del personaje, es que no es apto, que no está capacitado para tomar las riendas de todo un país. Y, en un segundo momento, la apreciación debiera ser todavía más categórica desde un punto de vista moral: ¿debe merecer un mínimo de reconocimiento un sujeto que instiga los sentimientos más bajos en los votantes?

No estoy seguro de que la función del periodismo de opinión sea lanzar advertencias sobre la personalidad de individuos particulares pero, más allá de que la frontera entre una mera postura política y la declarada persecución de un tercero pueda haber sido traspasada, es de cualquier manera muy llamativo que el diario digital The Huffington Post añada el siguiente post scríptum a las columnas y artículos que se refieren al aspirante republicano: “Nota de la redacción: Donald Trump incita de manera periódica a la violencia y es un mentiroso crónico, xenófobo desenfrenado, racista, misógino y nativista que ha declarado repetidamente su intención de prohibir a todos los musulmanes —mil 600 millones de practicantes de una religión— la entrada a Estados Unidos” (esto se parece, curiosamente, a la advertencia sobre “violencia y lenguaje obsceno” que insertan los censores oficiales en los comienzos de las películas para que los padres estén debidamente avisados de que no las deben mirar los críos).

Justamente, la propuesta de cerrar las fronteras —y no solo a quienes profesan el islam sino, ya puestos, a los mexicanos “violadores” y a toda la gentuza venida del exterior— le resulta muy atractiva a esos estadunidenses de raza blanca que, confrontados no solo a la realidad de que viven ya en una sociedad multirracial sino profundamente descontentos de unas condiciones de vida que se han ido deteriorando paulatinamente en las últimas décadas, escuchan, de pronto, a alguien que dice en voz alta lo que ellos mascullan apenas en privado. Trump, sirviéndose de un discurso simplista y mentiroso, se ha vuelto el heraldo de unos disconformes que, ahora sí, se sienten debidamente representados, siendo que el “sistema” y el establishment político les han dado la espalda, que la globalización les quitó sus buenos empleos de antaño, que los gobernantes demócratas —con Barack Obama a la cabeza— llevaron a su país a una situación de ruina e inseguridad, que los trabajadores ilegales se benefician de la Seguridad Social que a ellos pagan con sus impuestos y, entre otras muchas pérdidas más, que el comercio exterior inunda con baratijas su mercado.

Bastaría constatar los portentosos logros deportivos de los Estados Unidos en los Juegos de Río de Janeiro para olvidarse de que su grandeza debe ser restaurada. Han sido, y siguen siendo, la nación más poderosa del planeta. Por el momento, no necesitan a un salvador providencial. Pero en la antedicha ensalada de agravios y perjuicios, una mixtura en la que se entremezclan los sentimientos de insatisfacción de la gente con algunos hechos reales (muy pocos) y una sarta de calculadas mentiras, las llamadas de alerta engatusan a los menos informados de los votantes, más allá de que muchos de ellos sean igual de racistas, crueles e intolerantes que su rústico emisario. Y así es como el hombre cuenta con eso que aquí llamaríamos una “base social”. Lo más desconcertante, sin embargo, es observar a todos esos barones y pesos pesados del Grand Old Party que, obligados por la disciplina partidista (o, a lo mejor, secretamente complacidos por la tosquedad del personaje), no solo no se han atrevido a distanciarse de Trump sino que le han manifestado su adhesión. Lo cual, a su vez, resulta totalmente aterrador.

Una sola cosa podrá mitigar el espanto mundial que ha levantado The Donald: una estrepitosa y catastrófica derrota de los republicanos en las elecciones presidenciales del 8 de noviembre. Nos confortaremos, ahí, con la certidumbre de que los brutos y los irracionales son, finalmente, una minoría en Estados Unidos. Necesitamos que eso ocurra para seguir habitando este mundo con un mínimo de sosiego.

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