La Semana de Román Revueltas Retes

El creciente descontento de la clase media

MUCHAS OTRAS SOCIEDADES están divididas, desde luego, pero las bondades de la democracia y el desarrollo social han logrado edificar naciones mucho más compactas en torno a un proyecto genuinamente colectivo

Un término puede definir casi totalmente nuestra realidad nacional: desequilibrio. En efecto, México es un país profundamente desequilibrado en todos los ámbitos y en todos los sentidos: es desigual, desunido, disparejo, disociado, disgregado, dividido y distanciado. No hemos podido siquiera integrarnos en una idea común de la mexicanidad, más allá de que hayamos exhibido una noble y conmovedora solidaridad cuando nos azotan desastres naturales y tragedias mayores. Pero, la mera existencia de un país que funciona a varias velocidades y en el cual es imposible encontrar un espacio donde todos los mexicanos se puedan reconocer, demuestra que esa momentánea y efímera fraternidad no es real o, por lo menos, que no se ha traducido en hechos concretos y duraderos.

Muchas otras sociedades están divididas, desde luego, pero las bondades de la democracia y el desarrollo social han logrado edificar naciones mucho más compactas en torno a un proyecto genuinamente colectivo: un país que procura dispensar universalmente los beneficios del Estado social y que se preocupa de verdad por el bienestar de todos sus ciudadanos termina por convertirse en una entidad mucho más sólida que aquellos otros donde una casta de privilegiados corrompidos se interpone en el camino a la prosperidad de la nación.

El drama de México, luego entonces, es la fragmentación. Los ejemplos sobran: hay una abismal distancia entre un entidad federativa como Aguascalientes —con unos índices de crecimiento económico que duplican o triplican la media nacional, con indicadores de salud, empleo, seguridad pública, civismo, promoción cultural y educación que se acercan a los de las naciones desarrolladas— y otras donde la escalofriante carencia de seguridad jurídica impide cualquier atisbo de inversión privada, ya sea local o extranjera, y, en consecuencia, de desarrollo.

Está muy mal informado quien suponga que las políticas asistenciales del Estado —sobre todo en un país con un sector público ineficiente y corrompido— puedan lograr mejoras en los niveles de vida de la población: en Chiapas, la inversión pública ha alcanzado la astronómica cifra de 58 mil millones de dólares, en los últimos 24 años. Y, ¿cuáles son los resultados? Pues, aumentó la pobreza, miren ustedes.

Este dato, el de tan descomunal fracaso en el estado más pobre de la Federación, debiera de propiciar una auténtica revuelta entre los acosados y hostigados contribuyentes de este país. Porque, señoras y señores, ese dinero no salió de la nada, esa suma colosal no era del Gobierno, esos recursos —que, bien invertidos, hubieran debido bastar para sacar a todo un estado de la pobreza— no aparecieron por arte de magia en las arcas del erario sino que son producto del trabajo, el esfuerzo, los empeños y los desvelos de los mexicanos que trabajan. Los Gobiernos, lo repito, no tienen dinero propio, y cuando se meten a querer ser empresarios resultan totalmente torpes, irresponsables e ineficientes. Sus recursos, luego entonces, los generan los ciudadanos mientras que ellos, los recaudadores oficiales de impuestos, se dedican simplemente a cobrar y, luego, a (mal) repartir esa riqueza. Y así, tenemos en México otro gigantesco desequilibrio. ¿Cuál? Pues, la morrocotuda disparidad entre quienes apoquinan contribuciones —menos de la mitad de la población económicamente activa— y todos los demás, una masa informe de gente que se desempeña en la economía informal vendiendo mercaderías de contrabando o proporcionando servicios sin rendir cuentas a nadie.Resulta, así, que una minoría de mexicanos es la que sostiene las arcas del Estado. Y esa población minoritaria viene siendo la que subsidia, en los hechos, al resto de los habitantes de este país.

Ah, pero, mientras tanto, los señores diputados se ofrecen iPads gratis. Esos hijos de su madre, con perdón, no pueden siquiera tener la exigua decencia de pagarse, con la jodida plata de sus bien provistos bolsillos, ese gadget que el resto de nosotros nos compramos esforzadamente, gastando lo que nos hemos ganado con un trabajo honrado. Pagamos impuestos exorbitantes para, justamente, satisfacer los caprichos y las frivolidades de esa gentuza: regalitos, comidas en restaurantes de lujo, contratos de leasing de modelos Toyota a precio de autos premium de BMW. ¡Carajo!

Así las cosas, crece mucho el descontento de la gente. En este país tan desigual y tan desequilibrado, algún día se van a despertar (también) las clases medias. Y a ver, entonces, qué pasa.


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