La Semana de Román Revueltas Retes

La calculada perversión de Ayotzinapa

Es muy desalentadora, por ejemplo, la realidad de que se corrompiera una reclamación perfectamente legítima, como la de exigir justicia en el caso de los estudiantes salvajemente masacrados, para servir los oscuros intereses de grupos que, más que equidad, buscan un mero pretexto para imponerse violentamente a los demás.

La corrupción, primera plaga nacional, no sólo se manifiesta en los ámbitos tradicionales del poder político sino que distorsiona también discursos, demandas sociales, causas y movimientos ciudadanos.

En este sentido, es muy desalentadora, por ejemplo, la realidad de que se pervierta una reclamación perfectamente legítima, como la de exigir justicia en el caso de los estudiantes salvajemente masacrados, para servir los oscuros intereses de grupos que, más que equidad, buscan un mero pretexto para imponerse violentamente a los demás.

Pero, ahí están, los “familiares de los estudiantes de Ayotzinapa” —en primera línea y luchando hombro con hombro junto a los más extremistas, intolerantes y radicales de los “activistas” sociales— reclamando airadamente que vuelvan con vida los muchachos siendo que, en lo que se refiere a la actuación del aparato judicial, han sido detenidas casi 100 personas, hay confesiones de los autores materiales de las ejecuciones y se sabe que la tragedia resulta de la sevicia de un alcalde y su mujer, encarcelados ambos luego de que se hubieran fugado para evadir, justamente, la acción de la justicia.

En sentido estricto, si “fue el Estado” y si tan estremecedora atrocidad fue perpetrada por el Ejército mexicano, entonces deberían ser liberados Abarca, su esposa, los sicarios de la organización Guerreros Unidos y los policías que participaron en los hechos. ¿Eso es lo que están pidiendo los manifestantes?

Porque, es una cosa o la otra: de ser establecida claramente la culpabilidad de la facción estatal-gubernamental, los demás —es decir, Abarca y los suyos—no tienen ya responsabilidad alguna y se estaría cometiendo también una injusticia con ellos. Pero, es precisamente esto lo que resulta tan absurdo: cuando escuchas las acusaciones y las demandas, pareciera que toda esta gente no existe, que no tuvo nada que ver y que no importa. Ese presidente municipal y su odiosa mujer, asociados ambos a una banda criminal, no aparecen en momento alguno en el discurso acusador y tampoco son, como debiera de ocurrir, los primerísimos destinatarios de la rabia popular. No se pide, en su caso, que se les aplique la pena de muerte o que se pudran de por vida en una prisión de alta seguridad. No. Simplemente, no figuran en la agenda, así de extraño como pueda parecernos esto a los demás.

Y, bueno, tras de patentizar tan asombrosa omisión —lo repito: de pronto, no aparecen ya en el mapa los Guerreros Unidos, ni los envilecidos policías de Iguala, ni Abarca (y, de paso, tampoco se vislumbran siquiera las figuras de los personajes que, en el Partido de la Revolución Democrática, dieron despreocupadamente su aval a un candidato de tan sospechosa catadura)— el movimiento que encabezan esos “familiares”, representados además por un portavoz que no es padre de ninguno de los estudiantes asesinados, se mimetiza con otras presuntas causas sociales y sus demandas se entremezclan, a las primeras de
cambio, con las de unos maestros, los de la CNTE y la Ceteg que, en Oaxaca y Guerrero, se oponen violentamente a que la Secretaría de Educación realice un censo para detectar a los “aviadores”, a someterse a exámenes de control y a que sus plazas, que son propiedad del Estado mexicano —es decir, de todos los ciudadanos—, ya no puedan ser heredadas a un familiar o, de plano, vendidas a terceros.

“Fue el Estado”, braman también esos maestros a los que el líder sindical les descuenta la paga del día si no dejan sus aulas y se personan en la manifestación. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, vociferan quienes exigen una total opacidad en el manejo de las cuotas que les hacen pagar a los trabajadores. “Que renuncie Peña Nieto”, berrean los que, desde hace años enteros, no han pisado un salón de clases pero han cobrado puntualmente su sueldo.

Tan noble cruzada hay que llevarla más lejos: hay que bloquear el aeropuerto de Acapulco, sabotear un campeonato deportivo, ahuyentar a los turistas, cerrar las carreteras, desmadrar la vida de Ciudad de México y, ya puestos, moler a palos y a pedradas a los agentes de la Policía Federal, representantes del “poder burgués”. Y, qué mejor si uno de los manifestantes muere aplastado. Lo mató “el Estado”, desde luego.

La protesta social también está totalmente corrompida en este país, señoras y señores.

revueltas@mac.com