La Semana de Román Revueltas Retes

La abominable realidad del “México bronco”

OCURRE, SIN EMBARGO, que esto no es justicia, ni nada parecido, sino simple barbarie, salvajismo bruto y espeluznante bestialidad: dos muchachos tan inocentes como indefensos están de pronto envueltos en una pavorosa pesadilla, acosados por una turba despiadada que los acusa, sin mayores fundamentos y sin prueba alguna, de robar niños

El espantoso suceso de Ajalpan sería, según parece, la más extrema manifestación de la desconfianza ciudadana en las instituciones: el aparato del Estado, corroído por la corrupción y la incompetencia, no previene delitos ni los castiga. Luego entonces, en esta espiral de escandalosa impunidad, la justicia del pueblo ya no puede menos que exteriorizarse.

Ocurre, sin embargo, que esto no es justicia, ni nada parecido, sino simple barbarie, salvajismo bruto y espeluznante bestialidad: dos muchachos tan inocentes como indefensos se encuentran de pronto envueltos en una pavorosa pesadilla, acosados por una turba despiadada que los acusa, sin mayores fundamentos y sin prueba alguna, de robar niños. Nadie sabe de qué pequeños se trata ni cuándo fueron secuestrados; no se tienen sus nombres; no hay datos de las presuntas desapariciones. Por el contrario, antes de ocurrir el linchamiento, los policías locales llaman al empleador de los jóvenes, una compañía especializada en realizar encuestas sobre hábitos de consumo, y comprueban plenamente su identidad. La presencia en el pueblo de los hermanos Copado Molina está plenamente justificada. Pero, la prueba no sirve de nada, no convence a una chusma enardecida que ha decidido ignorar cualquier asomo de razón y perpetrar, en el México del siglo XXI, la irracional salvajería de los tiempos antiguos. Ha desaparecido la civilización y las evidencias probatorias ya no cuentan: sólo queda el oscuro rencor de unos vecinos que, exonerados de sus responsabilidades morales porque se sienten acogidos por la multitud, se olvidan de su esencia humana y que, habiendo también despojado a sus futuros sacrificados de cualquier rasgo fraterno —por el contrario, son monstruos que roban niños y que los matan para vender sus órganos— pueden dar rienda suelta a la más descarnada crueldad, sin los menores rastros de compasión. Y así, mil ciudadanos, gente como cualquier otra, presencian la tortura de estos muchachos y miran, sin horrorizarse demasiado —o, en todo caso, sin decidirse a intervenir para detener la consumación de tan estremecedora atrocidad— cómo arden sus cuerpos ahí, en la hoguera de leños, trapos y gasolina que los verdugos han encendido en la mitad de la plaza.

Nos hemos mal acostumbrado a presenciar diariamente la brutalidad de los canallas, la de esos sicarios y asesinos que destazan o descabezan a sus rivales de otras organizaciones delictivas. Sabemos también de muchos otros horrores: unos secuestradores, en Ciudad Valles, San Luis Potosí, metieron a su víctima —una joven madre de familia, hija de un empresario local— en un tinaco y la arrojaron viva desde un puente, a pesar de que había sido pagado el rescate; y, miles de mexicanos han vivido, en carne propia, las indecibles consecuencias de la violencia criminal, han experimentado secuestros, extorsiones, robos y, en los casos más extremos, han sufrido la pérdida de un ser querido asesinado vilmente por los delincuentes que asolan este país. Pero esto es otra cosa, señoras y señores: esta es la barbarie del pueblo, la brutalidad colectiva de una comunidad, es decir, la ruptura de las más elementales condiciones de la vida civilizada. No es tampoco un hecho aislado y, por si fuera poco, los ajusticiados, en muchos casos, no son siquiera culpables de nada sino jóvenes ciudadanos que desempeñan honrada y tranquilamente sus actividades laborales. En San Mateo Huitzilzingo, Chalco, estado de México, tres albañiles fueron linchados, en febrero de 2012, por 300 pobladores. ¿La causa? Uno de ellos cortejaba a una chica de la localidad cuya madre, al tratar de impedir que se fugara con el enamorado porque se oponía a la relación, salió a la calle gritando que el hombre quería secuestrarla. Los tres sujetos, dos de los cuales eran menores de edad, fueron primeramente rodeados por los habitantes del lugar y luego quemados vivos.

Pero, entonces, ¿en qué país vivimos? ¿No es una auténtica vergüenza nacional, más allá del desprestigio que ya llevamos encima, que ocurran estas atrocidades, hoy, aquí y ahora? Y, ¿qué se puede decir de la conducta de los pobladores de estas comunidades? ¿Resulta de la realidad de ese llamado "México bronco" que sigue coexistiendo entre nosotros y que termina por brotar fatalmente, de manera incontenible, porque el proceso civilizatorio no se ha consumado en esta nación? ¿Cuántos inocentes más van a morir en circunstancias tan espeluznantes? ¿Qué niveles de barbarie podemos consentir los mexicanos sin cuestionar a fondo las raíces mismas de nuestra identidad? ¿No debiera, un suceso como este, significar un auténtico acontecimiento transformador en vez de perderse en las páginas interiores de los diarios? ¿Podemos seguir mirándonos todos los días en el espejo sin que la presencia del horror sacuda radicalmente nuestras conciencias y nos haga proferir un sonoro YA BASTA?


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