La Semana de Román Revueltas Retes

Trump y Obrador: mucho en común

Los “ricos y poderosos” que tanto denuesta Obrador son los mismos “pudientes de Wall Street” que denuncia Trump. Los demagogos narcisistas, cuando se han arrogado a la torera una misión personal de histórica trascendencia, necesitan siempre agitar el espantajo de un enemigo conspiratorio. Juegan así con los sentimientos de unas masas insatisfechas con su cotidianidad y amenazadas por un mundo cambiante, pintando un panorama deliberadamente catastrófico en el que no caben los matices ni las visiones equilibradas.

Si escuchas a Trump, pareciera que “América” nunca ha estado peor, que se ha desmoronado como nación, que ha perdido una guerra contra un adversario imperial que la mantiene ahora sojuzgada, humillada y abatida. Pero, entonces, ¿no importan las cifras ni los resultados que pueda ofrecer Barack Obama? ¿No cuenta que haya sacado a su país de la peor recesión económica desde que aconteciera el crack de 1929? ¿No hay que reconocerle mérito alguno en el rescate de la industria automotriz? ¿No ha logrado bajar los niveles de desempleo? Y, hablando de lo que hayan hecho o dejado de hacer los gobernantes de uno u otro partido, ¿no fue George W. Bush, del Grand Old Party (GOP), quien dilapidó el superávit en las cuentas públicas que había dejado Bill Clinton? ¿No fue ese mismo Bush quien emprendió una guerra costosísima e inútil contra un enemigo fabricado que, entre otras cosas, hizo que se desestabilizara totalmente el Oriente Medio y que creciera el terrorismo en todo el mundo? ¿Cómo puede Trump, entonces, achacarle a Obama y a Hillary Clinton una responsabilidad directa en la aparición del Estado Islámico de Iraq y el Levante, la siniestra organización fundamentalista que no sólo ha perpetrado abominables atentados en Occidente sino que ha instaurado un califato opresor en amplios territorios de Siria y la antigua Mesopotamia? ¿No ocurrieron los atentados del 11-S durante la presidencia de un gobernante republicano que, según parece, hubiera ignorado las advertencias de sus propios servicios de seguridad?

Todos estos son hechos puros y duros pero, en una época marcada por la creciente explotación de la mentira como un recurso admitido, los datos concretos y los números no parecieran importar demasiado. Es más, a muchas personas no les importan ya los hechos objetivos —que descartan de un plumazo sin concederles validez alguna— porque esperan otra cosa, aspiran a que les sean administradas exultantes promesas, aunque no tengan fundamento alguno, y que el caudillo de turno les señale a un gran culpable de todos los males, a un enemigo común a quien se pueda dirigir su profundo rencor de ciudadanos insatisfechos y que, además, resulte tan peligroso y amenazante como para necesitar la intervención inmediata de la figura providencial (Trump no sólo va a restaurar la grandeza perdida de “América” sino que la va a defender de quienes quieren destruirla —que están a la vuelta de la esquina, además, acechantes y malignos— mientras que Obrador va a combatir gallardamente contra la “mafia en el poder” y a reconstruir un México que, desde luego, “se está cayendo a pedazos”).

Es una batalla contra un “sistema” que ha dejado de funcionar y que necesita de la urgente intervención de los salvadores. Pero, entonces, ¿no hay que creer ya en la democracia? Pues, no lo dicen abiertamente pero cuestionan las reglas del juego cada que pueden. López Obrador le provocó un daño colosal a las instituciones electorales que tenemos en este país y dinamitó la confianza, poca o mucha, que podrían haber tenido millones de mexicanos en un proceso de construcción democrática que nos ha llevado muchos años y costado grandes esfuerzos. De pronto, todos estos logros no importaban: se había consumado un “fraude”. Trump también avisa ya de que se van a perpetrar trampas y artimañas el próximo 8 de noviembre. Y muchos de sus seguidores se tragan el anzuelo de esa gran conspiración global en la que no sólo van a participar los organismos electorales de los Estados Unidos sino prominentes figuras del establishment financiero internacional: en la conjura ha aparecido inclusive el nombre de Carlos Slim que, en su calidad de accionista del New York Times, hubiera hecho que el diario publicara una nota sobre dos mujeres maltratadas por The Donald. También el Peje se queja, en estos pagos, de que en la prensa aparezcan artículos que no son de su agrado. Pues, caramba, ¿qué debería decir entonces Peña Nieto? Es cierto que ha señalado que las cosas buenas no se reseñan. Pero jamás ha denunciado un compló en su contra.

Estos personajes vociferantes encarnan el más pernicioso populismo. Pero lo verdaderamente inquietante es que sus seguidores estén dispuestos a acompañarlos en su peligroso quebrantamiento de las instituciones y los valores democráticos. Los votantes estadounidenses harán escuchar su voz en las elecciones de noviembre. Y, luego, en 2018, se manifestarán los mexicanos. Ojalá que triunfe la razón.

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