La Semana de Román Revueltas Retes

Nuestro Senado se mete en lo que no le importa

En otras sociedades, como las de usos medievales donde una mujer jovencísima debe contraer matrimonio por la fuerza y donde la soberanía personal se somete sin discusión a los arbitrios de la costumbre y las imposiciones de la religión, la familia es cuestión forzosa. Te casas porque te casas. Punto.

La familia es un asunto opcional. Para mayores señas, el distrito metropolitano de Manhattan está habitado mayormente por personas solas y en el resto de la ciudad de Nueva York —en Staten Island, Queens, Bronx y Brooklyn— uno de cada tres de sus habitantes vive sin compañía. Para algunas personas, sin embargo, más que una innegable manifestación de modernidad (afianzamiento del individualismo, desentendimiento particular de las convenciones sociales, elección soberana del destino personal, etcétera) esto podría ser un inquietante síntoma de la descomposición y decadencia de Occidente y, justamente, de la pérdida de los valores… familiares.

En otras sociedades, como aquellas de usos medievales donde una mujer jovencísima debe contraer matrimonio por la fuerza y donde la soberanía personal se somete sin discusión alguna a los arbitrios de la costumbre y las imposiciones de la religión, la familia es una cuestión forzosa. Te casas porque te casas. Punto.

No vivimos aquí como en los siniestros territorios de Musulmania o como en esos países donde la opresión de las mujeres es tan asfixiante como violenta. Es cierto que somos una sociedad machista y desigual; es cierto también, por desgracia, que se perpetran brutalidades y viles asesinatos contra las personas del sexo femenino. Pero esto, a pesar de todo, no es parte de una suerte de legalidad impuesta por un Estado teocrático ni resulta de un entramado constitucional donde la desigualdad de los sexos esté explícitamente consagrada. En México, te subes a un avión de línea y si te asomas a la cabina de los pilotos es muy probable que te encuentres a una comandante mujer; hay conductoras de trenes del Metro y operadoras de grúas; hay agentes sentadas al volante de un coche policial ahí donde en Arabia Saudí, por ejemplo, a las mujeres no les está permitido siquiera conducir un auto privado. En fin, millones de mujeres, en este país, desempeñan las mismas tareas que los hombres. Y la chica que pilota un Boeing o un Embraer, si no le viene en gana no tiene novio; o vive en despreocupada soltería; o se arrejunta con una pareja del mismo sexo; o no tiene hijos. Es decir, puede decidir no ser parte de una familia (o, como se dice, no “tener familia”). Y esto es asunto suyo y de nadie más.

Naturalmente, podría preocuparnos, a los humanos, que los individuos de nuestra especie se vuelvan cada vez más individualistas y que la familia tradicional no figure dentro de sus opciones de vida. Nuestra mera supervivencia estaría amenazada. Pero, hasta nuevo aviso, el gran problema de este planeta no es la falta de gente sino la sobrepoblación. Y, en lo que toca a México, somos tantos los habitantes de este territorio que no hay trabajos ni oportunidades ni servicios ni bienestar para todos.

La familia, desde luego, es deseable en sí misma. Es una estructura que ayuda al desarrollo de las personas, que brinda calor y abrigo, que enseña el desprendimiento y la solidaridad, que fomenta los buenos sentimientos y que trasmite muchos de los valores que cohesionan a las sociedades. Y, precisamente por ello, los individuos buscan, de manera tan espontánea como natural, el espacio familiar: una sustancial mayoría de los humanos se sigue organizando en familias de corte tradicional. No hay, pues, nada de qué preocuparse. Al mismo tiempo, y gracias a la modernidad, se ha resquebrajado, por fortuna, el espejismo de esa familia construida a punta de hipocresías que era un mero pretexto para encubrir la abusiva crueldad del hombre maltratador o de la mujer irresponsable. El divorcio, en este sentido, es una gran conquista individual: va en sentido opuesto al sometimiento impuesto por las asfixiantes convenciones sociales de antaño.

Y hay también, en este país de madres solteras, muchas familias monoparentales que funcionan a la perfección. Y, derivado de la igualdad de los individuos ante la ley y de la necesidad de que todos tengan los mismos derechos, comienza a reconocerse, en algunos puntos del territorio nacional, el matrimonio entre personas del mismo sexo. Es decir, está naciendo una nueva modalidad de familia.

Lo que no me queda muy claro es lo de esa Comisión de la Familia y el Desarrollo Humano que se acaba de crear en el Senado y cuyo presidente, al parecer, ignora que la familia “tradicional” no es algo que se pueda imponer mediante las políticas públicas. Un tipo, por si fuera poco, que desconoce también los derechos de los mexicanos homosexuales y de las mexicanas lesbianas.

¿Qué sigue? ¿Van a anular el divorcio? Digo, va en contra de la familia. ¿Van a legislar para que todos estemos debidamente casados? ¿Van a imponer una cuota mínima de hijos? ¿Por qué no crean, de una vez, la “Comisión del Dulce Hogar”?

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