La Semana de Román Revueltas Retes

¿Seguimos perdiendo las oportunidades?

Una de las más desalentadoras consecuencias de nuestra condición de mexicanidad es el sentimiento de que siempre llegamos tarde a la prometida cita con la prosperidad y de que no podemos jamás alcanzar el anhelado éxito que nos auguran como nación. O, dicho en otras palabras, la amarga frustración de lo “que pudo haber sido y no fue”, como se canta nostálgicamente en la conocida tonada popular.

En los calamitosos tiempos de José López Portillo —cuyos niveles de aceptación, de ser la población así de rigurosa, implacable y exigente como parece ahora, hubieran debido encontrarse por los suelos y llevar, ya desde esos momentos, al fracaso absoluto del antiguo régimen— uno de los delirantes planteamientos del personaje fue que en México teníamos que “acostumbrarnos a administrar la abundancia”. Más allá de lo que simboliza todavía una torre Pemex truncada —o sea, de que tamaña prodigalidad de recursos petroleros no haya servido siquiera para construir todos los pisos de un simple rascacielos—, ya sabemos cómo terminó el sexenio liderado por el caudillo que se había comprometido, en 1981 y al desplomarse (también) los precios del petróleo, a defender “la paridad del peso como un perro”. Cuando soltó tan desafortunada frase, el dólar costaba 25 pesos; en febrero de 1982, había subido a 46; apenas terminado su sexenio, en las primeras semanas del Gobierno de Miguel de la Madrid, la divisa estadounidense había alcanzado los 149 pesos. Por lo visto, nunca nos acostumbramos a “administrar la abundancia”. El sueño de llegar a ser un país pudiente e igualitario se diluyó en una farragosa barahúnda de dispendios, subsidios, ineficiencias, despilfarros y torpezas. Si esos fueron los resultados tras de que se nos anunciara un futuro prometedor, ¿qué puede ocurrir cuando el entorno es adverso? Puesto de otra manera: si las cosas terminan mal cuando estamos bien entonces no tenemos ya remedio alguno. Transformar la fortuna en adversidad parece ser una suerte de oscuro destino nacional de los mexicanos.

Enunciar tan negativamente nuestra realidad es muy seguramente una exageración porque, después de todo, hay aspectos positivos en la marcha de un país que, como lo he escrito en anteriores ocasiones, se ha convertido en una auténtica potencia industrial y cuya dependencia de los ingresos petroleros se ha reducido sustancialmente, a pesar de todos los pesares. Ahora mismo, leo en una revista de automóviles que Michelin, el fabricante francés de neumáticos, acaba de comenzar la construcción de una fábrica que producirá 5 millones de llantas al año y dará empleo a mil personas. ¿Dónde? En un parque industrial de León, Guanajuato. NR Finance México, el brazo financiero de Nissan-Renault, comenzó la edificación de un nuevo centro corporativo para concentrar a los mil empleados que tiene. Se crearán además 15 mil empleos indirectos. ¿En qué lugar? En Aguascalientes. Justamente, constatamos aquí, una vez más, la existencia de un país que funciona (por lo menos) a dos velocidades. En 2014, Aguascalientes tuvo el mayor crecimiento económico de todos los estados de la República, con 11 puntos porcentuales, seguido de Querétaro (6.4 por cien). Junto con San Luis Potosí y Guanajuato, estas dos entidades lideran el progreso nacional, alcanzando tasas comparables a las de China y la India. Y, volviendo al tema de los coches, la venta de 131 mil 764 vehículos en el mes de julio representa niveles históricos para México. En cuanto a la cifra acumulada de 853 mil 620 autos en este año, significa un incremento de casi 18 puntos porcentuales en comparación a 2015. Con estos números, ¿se puede decir que el país se está desmoronando económicamente?

Se espera que para el próximo Buen Fin suban también las ventas. Pero, entonces ¿de qué estamos hablando? ¿De una parte de México? Desde luego que sí. Existe un sector muy pujante de la población que consume alegremente toda clase de productos, así sea que los adquiera con la tarjeta de crédito. Al mismo tiempo, millones de mexicanos no tienen acceso alguno a la mayoría de los bienes de consumo. Y, a la vez, en ese país repleto de centros comerciales, hoteles de lujo y restaurantes de primera categoría tienen lugar alarmantes actos de vandalismo, incendios de autobuses, secuestros, asesinatos, extorsiones y descomunales abusos.

El drama de México se recrudece, día a día, alimentado por la corrupción rampante y la inseguridad. Luego entonces, sí cabe hablar de ilusiones perdidas y promesas malogradas. Al comenzar el sexenio de Enrique Peña hubo momentos muy esperanzadores: las reformas estructurales, concertadas con una indudable capacidad política, avisaban de mejorías futuras. Sin embargo, en el sector energético resultó que la joya de la corona, ese petróleo que iba a detonar fabulosas inversiones y la avidez de los mercados internacionales, volvió a derrumbarse como un castillo de naipes. Ocurrió también lo de Ayotzinapa, algo en lo que el Gobierno federal no participó en lo absoluto pero cuya responsabilidad le es aviesamente endosada por los agitadores que buscan la desestabilización pura y simple de este país (es un auténtico compló, si me preguntan a mí). Y, bueno, vienen unos recortes al gasto que no creo que anuncien nada bueno para la economía. Una vez más, pareciera que hemos perdido una gran oportunidad. ¿Se va a repetir siempre la misma historia?

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