La Semana de Román Revueltas Retes

Reformas insuficientes para no agitar las aguas

Nunca, en tiempos recientes, había sido tan evidente la frontera que separa lo deseable de lo posible. Hablo, estimados lectores, de las reformas estructurales que el gobierno de Peña Nieto propone realizar en este país: suponen un declarado propósito de cambiar las cosas y de poner la casa en orden; pero, en los hechos, se han quedado en la superficie y no llevan a una transformación de fondo siendo que lo que verdaderamente necesita México es una mutación revolucionaria.

La manifestación más visible de la resistencia al cambio la protagoniza la CNTE en su abierto rechazo a la reforma educativa. Estamos bien enterados de su estrategia: pretextando el ejercicio de sus derechos, los miembros de la antedicha organización llevan a cabo acciones para fastidiar directamente a los demás ciudadanos de este país mientras que las autoridades, invocando, a su vez, la sacrosanta inviolabilidad de ciertos principios (y agitando mañosamente el espantajo de la “represión” para desentenderse de su obligación de preservar el orden público y asegurar las garantías de todos sus gobernados) se cruzan de brazos.

Pero, todo esto es mera fachada: más allá de que esa gente no quiera oír hablar de evaluaciones, compromisos concretos, exigencias u obligaciones, lo que en realidad ocurre es que las demandas de un organismo como la CNTE no resultan de propuestas razonables en lo laboral. Son, por el contrario, un catálogo de exigencias desmesuradas que se formulan en el ámbito de un corporativismo de naturaleza mafiosa. Los intereses de los líderes ocupan un lugar preponderante y su propósito es más que evidente: conseguir dinero de los contribuyentes (a esos “maestros” los mantenemos ustedes y yo, estimados lectores, y ahora que vamos a pagar más impuestos yo supongo que las entregas de recursos serán todavía más sustanciosas) para manejarlo de manera discrecional, sin rendir cuentas y sin justificar beneficio social alguno. Estamos hablando de un simple mecanismo de extorsión. De ahí que la postura de estos grupos sea el obstruccionismo más radical y sanseacabó.

Lo interesante, al mismo tiempo, es observar lo que hay detrás de la estrategia de los diferentes gobiernos de no responder, de “no caer en provocaciones” y de no dar gusto a los agitadores fabricándoles “una víctima” en su filas para que puedan, ahí sí, lanzar acusaciones de “represión”, de “brutalidad policíaca” o de “supresión de las libertades” (siendo que todas esas acusaciones ya han sido soltadas de cualquier manera por los presuntos agraviados). Porque no son éstas las verdaderas razones de tan incomprensible inacción, sino que estamos hablando, desafortunadamente, de un sistema de oscuras complicidades, por un lado y, paralelamente, de una suerte de realpolitik a la mexicana que podríamos definir de la siguiente manera: las acciones para terminar de tajo con los problemas más colosales de nuestra nación implican un altísimo costo político.

En lo que al primer punto se refiere, hagámonos una pregunta: ¿se puede esperar que los miembros del Poder Legislativo promulguen leyes que afecten directamente a los grupos corporativos que han constituido la clientela de los partidos políticos? O sea, ¿un diputado, que ha podido auparse en el cargo gracias a las bondades de su propio partido, va a meterle ruido a sus jefes aprobando reglamentaciones que terminen con los maridajes que aquellos han celebrado previamente? Los comerciantes ambulantes no solo votan por sus valedores de turno, sino que, llegado el caso, pueden ser utilizados hasta como fuerza de choque. ¿No es imperioso agenciarse sus voluntades?

De la misma manera, cualquier posible iniciativa enviada por el Ejecutivo resulta de una muy ponderada evaluación de riesgos y escenarios adversos. Y, en este sentido, ¿alguien puede imaginar, por ejemplo, que una reforma fiscal, de la supuesta autoría de Luis Videgaray —un tipo realmente inteligente y que sabe de su negocio— pudiera proponer la aplicación universal del IVA —a alimentos, medicinas y lo que fuere— para, de una buena vez, recaudar los impuestos que necesita este país aunque se desatara una furiosa “protesta social”?

Por lo pronto, no hemos visto nada parecido. Y el Estado mexicano, en consecuencia, sigue sin obtener los recursos que requiere. Ah, y cuando venga la reforma energética, hablaremos de todo… menos del sindicato de Pemex.