La Semana de Román Revueltas Retes

¡Págame por no trabajar!

ENTRE LOS PUNTOS difíciles destacan la agitación social por los sucesos de Iguala; la oposición de los grupos corporativos a la reforma educativa; la creciente inseguridad pública resultante de la delincuencia común; la incapacidad del Estado para administrar eficientemente el aparato de justicia...

El Gobierno de Enrique Peña tiene varios frentes abiertos, entre los que resultan de coyunturas particulares o los que son de naturaleza estructural: la agitación social por los sucesos de Iguala; la oposición de los grupos corporativos a la reforma educativa; la creciente inseguridad pública resultante de la delincuencia común; la incapacidad del Estado para administrar eficientemente el aparato de justicia (de los delitos que se denuncian —y vaya que los mexicanos nos resistimos a acudir a las siniestras agencias del Ministerio Público a declarar los robos, los asaltos, los atracos y las agresiones que padecemos— se resuelve una ínfima cantidad y, en lo que toca a los homicidios, la cifra es absolutamente espeluznante: 98 por ciento de los casos no son aclarados); la otra violencia, la de esas organizaciones criminales que no se dedican ya al narcotráfico en exclusiva sino que han comenzado a cometer secuestros y a extorsionar a los ciudadanos, más allá de que la guerra contra los cárteles de la droga haya causado, solamente en el sexenio de Felipe Calderón, entre 60 y 90 mil muertos; la pobreza de millones de mexicanos; un bajo crecimiento económico que no alcanza siquiera para mitigar la extrema desigualdad de esta sociedad; la baja competitividad (en la última medición de 114 economías mundiales realizada por el el Foro Económico Mundial, México ocupa el lugar 61, seis posiciones por debajo de la cifra que había alcanzado en el anterior reporte) debida, entre otros muchos factores, al bajísimo nivel educativo de la población; el desprestigio internacional derivado de las violaciones a los derechos humanos; la subida del dólar (de eso se trata, señoras y señores, de una revaluación de la moneda de los Estados Unidos en relación a las divisas de la gran mayoría de los llamados países emergentes y no, como señalan aviesamente algunos comentaristas, de una devaluación del peso) y su impacto en la importación de bienes de capital y de insumos para la industrial local; la persistente insuficiencia de la recaudación de impuestos, a pesar de una reforma fiscal que, según parece, ha elevado los niveles de cobranza pero que, al mismo tiempo, ha golpeado aún más a los contribuyentes de siempre y disminuido su poder de compra (algunos analistas atribuyen a la antedicha reforma el bajo crecimiento de la economía); el calamitoso desplome de los precios del petróleo que ha afectado los presupuestos del Gobierno federal y que amenaza con impactar todavía más en el magro crecimiento económico, por no hablar de la deuda y el déficit de las finanzas públicas; las colosales pérdidas de las dos grandes corporaciones paraestatales del sector energético, Pemex y CFE (las de la productora de electricidad fueron de 19 mil millones de pesos en el segundo trimestre de este año, lo que representa un aumento de 138 puntos porcentuales en relación al mismo período de 2014 y, en lo que se refiere a la empresa petrolera "de todos los mexicanos", perdió 84 mil millones de pesos de abril a junio); las finanzas de las instituciones de seguridad pública (IMSS e Issste), que son una auténtica bomba de tiempo en lo referente al pago de de las jubilaciones de los futuros pensionados; en fin...

Este negrísimo panorama, sin embargo, no parece corresponder al de un país que se acomoda sin mayores problemas a una sorprendente normalidad. Un país que es el que más coches exporta en todo el mundo, exceptuando Alemania, Japón y Corea del Sur; un país con una clase media pujante que vacaciona, que atesta los centros comerciales y que exige cada vez más garantías ciudadanas; un país que ha logrado crear instituciones muy sólidas y que, a pesar de todos los pesares, ha alcanzado una muy beneficiosa estabilidad política; un país cuyo manejo macroeconómico es ejemplar; un país que vota libremente y en el cual ganan inclusive esos "candidatos independientes" a los que la reglamentación electoral ponía tantas trabas...

Hay "dos Méxicos", como bien señalaba recientemente el semanario The Economist. El problema es que nuestro esfuerzo modernizador encuentra todavía enormes obstáculos. Esta misma semana, para mayores señas, los maestros de la nefasta Sección 22 reclamaban que se les pagara por... ¡no trabajar! Nada de descuentos, o sea, siendo que cualquier obrero, en cualquier país del mundo y bajo cualquier sistema, sabe que, si no se presenta en la fábrica, no cobra. Nos falta un larguísimo trecho en el camino...


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