La Semana de Román Revueltas Retes

En México nos gusta perder (mucho) dinero

Leo en un diario una noticia desalentadora: Mexichem, una importante corporación mexicana de productos químicos, va a invertir 750 millones de dólares en Texas para construir una planta productora de etileno. Y, ¿por qué no se gasta esa plata en estos pagos, creando así puesto de trabajo para los trabajadores nacionales? Pues, muy simple: va a aprovechar, allá, el abasto de gas de esquisto a precios muy competitivos y con perspectivas de estabilidad a largo plazo. ¿Tenemos gas natural en México, ya sea que se encuentre en formaciones rocosas, como el de esquisto, o atrapado en reservorios? Sí señor. Hay colosales yacimientos en nuestro subsuelo: somos, según parece, el cuarto país del mundo con las mayores reservas de ese que llaman gas shale en idioma inglés y tanto en el norte del país como en la región costera del golfo de México hay campos enteros con fabulosas reservas. ¿Y entonces? Resulta, señoras y señores, que no lo extraemos, no lo procesamos y no lo vendemos. Luego entonces, por una razón o por la otra —porque lo importamos al precio que nos imponen de fuera o porque no somos eficientes al producirlo en casa— el gas que consumen las fábricas mexicanas cuesta unos siete dólares por millón de BTU (la medida inglesa que seguimos usando aquí) mientras que los industriales establecidos en Estados Unidos sólo pagan cuatro dólares por la misma cantidad de combustible. Ustedes dirán dónde son más competitivas las empresas. Pero, eso sí, somos muy soberanos y no vamos a dejar que aviesos inversores, del exterior o de dentro, perpetren el “robo del siglo” extrayendo una riqueza que le pertenece al pueblo de México.

Pero, ¿Pemex qué hace, mientras tanto? ¿Por qué no explota el gas y lo vende barato para que sean las corporaciones de todo el mundo las que se establezcan aquí en lugar de que las mexicanas se vayan a Texas o, peor aún, de que cierren sus puertas y despidan a sus trabajadores? Pemex, por lo visto, no puede con la tarea. Es más, ha tenido pérdidas, en el primer semestre de este año, de más de 53 mil millones de pesos. El problema es que ese dinero tirado a la basura tendrá que ser restituido y, por lo tanto, deberá salir de alguna parte. Bueno, no hay demasiado misterio: provendrá de las arcas de la nación. O sea, que lo pondremos todos, de nuestros bolsillos porque, como bien sabemos, papá Gobierno, que es quien administra el erario, no tiene dinero propio sino que vive de los impuestos de sus ciudadanos. Coloquemos, encima de esta cifra, los 41 mil millones de pesos que perdió la CFE (podríamos hablar aquí de un quebranto “de clase mundial”, en efecto) en los primeros nueve meses de 2013. Ah, y produciendo electricidad carísima, encima. Y, por no dejar, sumemos el monto de los subsidios que ese mismo Gobierno nuestro, tan asistencialista, nos reparte a los consumidores para que, justamente, no tengamos que pagar el doble o el triple de lo que ya apoquinamos por un litro de gasolina de bajo octanaje o por un kilovatio de fluido eléctrico de muy fluctuante voltaje: 76 mil millones a los combustibles, de enero y agosto, y un total, entre que son peras o manzanas, de 200 mil millones al año, según un estudio del Centro de Investigación para el Desarrollo (CIDAC). ¿El monto final? Un agujero de 300 mil millones de pesos meramente en lo que se refiere al sector energético.

Lo cual me lleva al tema de las reformas, estimados lectores: luego de constataciones tan elementales, uno pensaría que este país debe cambiar urgentísimamente. Y no sólo es asunto de cobrarle más impuestos a los de siempre para tapar los hoyos (y no he hablando de la futura crisis financiera del IMSS, una verdadera bomba de tiempo) sino de arreglar la casa desde los cimientos para no seguir perdiendo dinero de manera tan absurda y tan criminal.

Pero, a ver: cada vez que se plantea una posible reforma, se aparecen en el escenario los vociferantes emisarios de siempre del corporativismo más cerril: ahí tenemos, para mayores señas, a los maestros de esa CNTE cuyos dirigentes manejan a su antojo los recursos públicos que les sueltan los acobardados funcionarios de nuestra Administración; ahí siguen medrando unos sindicatos tan intocables como abusivos e impunes; ahí está un aparato de justicia constituido por jueces corrompidos, policías vendidos a los criminales y fiscales desalmados; ahí están los grupos monopólicos, tan panchos; ahí están todas las clientelas de los partidos políticos, tan dispuestas a vender su amor al primero que les llegue al precio…

La realidad de México es la de un país totalmente secuestrado por unas minorías a las que no les preocupa que se esté hundiendo el barco.