La Semana de Román Revueltas Retes

Legalizamos la mariguana. Y, luego, ¿la cocaína también?

Después de todo, el alcohol se mercantiliza sin mayores problemas. Y también el tabaco, pese a la persecución que padecen consumidores segregados por la embestida histérica de los puritanos estadunidenses y, luego, reducidos a una condición de parias, impedidos de disfrutar de un pitillo en aeropuertos, así fuere en espacios abiertos.

De acuerdo, que se legalice la mariguana. Que la vendan en las farmacias y en los supermercados, en las tiendas “de conveniencia” y en los changarros de la esquina; que no se comercialice hipócritamente con “fines terapéuticos” ni para “uso medicinal” sino con propósitos recreativos y sanseacabó; que la única condición para comprarla sea que el cliente tenga más de 18 años; que papá Gobierno le aplique un IVA de 16 por cien o, ya en plan codicioso y con ganas de abastecer las arcas del maltrecho erario, de 25 puntos porcentuales; y, finalmente, que la consuma, a su antojo, quien la quiera consumir, bajo su total responsabilidad y en pleno uso de su soberanía individual. Después de todo, el alcohol, que también es una droga innegablemente perniciosa, se mercantiliza sin mayores problemas. Y también el tabaco, a pesar de la persecución que padecen unos consumidores de cigarrillos segregados, en un primer momento, por la embestida histérica de los puritanos estadounidenses y, luego —trasmutado ya el mundo entero en un escenario de serviles imitadores—, reducidos a una condición de auténticos parias, impedidos de disfrutar tranquilamente de un pitillo en aeropuertos, así fuere en espacios abiertos, en centros comerciales y en todos los ámbitos donde se manifiesta la rencorosa furia de los prohibicionistas (la intolerancia ha llegado tan lejos que, el otro día, caminando por las calles de Ciudad de México, advertí un letrero asombroso, en un edificio de oficinas recién construido en la esquina de río Rin y Paseo de la Reforma, que prohibía fumar, en la acera, “a menos de ocho metros” de las paredes del inmueble; no sólo es una interdicción de una desaforada imbecilidad sino, yo pensaría, totalmente ilegal porque, hasta nuevo aviso, las aceras son un espacio público donde los dueños de un edificio carecen de atribuciones, poderíos y facultades).

En fin, volviendo al tema de la mariguana —que, según parece, no es tan inocua como pretenden algunos sino que causa serios daños neuronales y cuyo humo es todavía más dañino que el del tabaco—, la gran pregunta sería: ¿qué viene después de legalizar su consumo? ¿Se termina, por arte de magia, el tráfico de las otras drogas? ¿Las organizaciones criminales se disgregan y los sicarios vuelven tranquilamente a sus casas? Y, sobre todo, ¿se da el paso siguiente y se legalizan también la cocaína, la heroína y las metanfetaminas? Esta última cuestión es primordial porque, señoras y señores, el cannabis, a pesar de que es la droga que más se consume, es sólo una parte de la ecuación. En segundo lugar aparece la cocaína y luego vienen las pastillas de éxtasis, las anfetaminas, la heroína y la ketamina, sustancias, todas ellas, que se producen y se trafican de manera ilegal. Para mayores señas, en Estados Unidos se consumieron 157 toneladas de cocaína en 2009 y el valor del mercado, en todo el mundo, es de unos 100 mil millones de dólares, según datos de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés). La mera existencia de 5 millones de consumidores de esta sustancia en nuestro vecino país del norte nos habla de una demanda importantísima que no habrá de disminuir por el simple hecho de legalizar la mariguana y que, por el contrario, se pudiera tal vez acrecentar, debido a una especie de mecanismo compensatorio, en el momento en que las grandes organizaciones criminales comenzaran a registrar pérdidas en el negocio del cannabis. En este sentido, hay una colosal contradicción en el principio mismo de pretender combatir el consumo de todos estos productos, y la palabra “producto” la empleo, justamente, para ilustrar tan inaudita paradoja: resulta que unas sociedades sustentadas, a nivel global, en los principios del libre mercado intentan desconocer la realidad de que 325 millones de habitantes de este planeta no sólo desean consumir algún tipo de droga sino que están dispuestos, en mayor o menor medida, a desembolsar ingentes cantidades de dinero para adquirir las sustancias. ¿Por qué, de pronto, se rechaza la existencia de un mercado que, salvo por la circunstancia de que las drogas son dañinas para la salud, debiera ser como cualquier otro? ¿Por qué los Gobiernos niegan, en este caso, el principio elemental de que cuando hay una demanda va a existir, forzosamente, una oferta? Pero, a pesar de que quieran tapar el sol con un dedo —o, dicho en otras palabras, que pretendan liquidar, en una guerra costosísima, un mercado que mueve unos 320 mil millones de dólares al año en todo el mundo—, hay otro problema: aunque se legalizaran absolutamente todas las drogas, los narcotraficantes no se van a dedicar a vender Biblias de puerta en puerta: van a secuestrar (más), a extorsionar (más) y a violar (más). Los partidarios de la legalización no nos han dicho cómo arreglarán este asunto.

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