La Semana de Román Revueltas Retes

¿De veras los torturaron?

NO SOLO HEMOS construido una sociedad fundada en la sospecha permanente, sino que la malicia nos sirve para diseminar imposturas, difamaciones y descréditos sin mayores problemas de conciencia

En este país todo se corrompe, todo se pudre, se desnaturaliza y se falsea. No hay duda alguna: los mexicanos somos unos auténticos especialistas en el arte de la tergiversación. Así tengamos delante pruebas e indiscutibles evidencias o así se trate de un suceso intrascendente que no nos afecta en manera alguna, nuestra primerísima reacción será exhibir, con el secreto regocijo de quien se cree estar siempre un paso por delante, una aviesa desconfianza pretextando, además, ancestrales maltratos y agravios irreversibles.

Pero, no sólo hemos construido una sociedad fundada en la sospecha permanente sino que la malicia nos sirve para diseminar imposturas, difamaciones y descréditos sin mayores problemas de conciencia: agitando el estandarte de "piensa mal y acertarás", no somos ya capaces de reconocer siquiera las más mínimas manifestaciones de bondad o desinterés, no hay matiz alguno en nuestra apreciación de la realidad y tampoco somos capaces de justipreciar los empeños de los demás (a no ser, desde luego, que se aparezca por ahí una figura pública astutamente dispuesta a conectarse con nuestros oscuros resentimientos y a dar voz a los rencores que llevamos dentro, en cuyo caso, miren ustedes, adoptaremos una extrañísima postura acrítica, dejando de lado esas objeciones de siempre que tan automáticamente solemos aplicar).

Parece muy contradictoria nuestra postura —por un lado, sospechamos de todo y, por el otro, nosotros mismos somos los primerísimos en fabricar falsedades— pero se entiende a partir de lo que el psicoanálisis califica como "proyección", a saber, la atribución a otra persona de los defectos o intenciones que alguien no quiere reconocer en sí mismo: luego entonces, los más ladinos, los más deshonestos y los más resentidos son quienes están naturalmente predispuestos a teñir la realidad entera con las tonalidades de la ruindad.

Ahora bien, al mismo tiempo ocurren sucesos y tienen lugar fenómenos que escapan totalmente a nuestra limitada imaginación de ciudadanos de a pie, simples aficionados en el tema de las componendas, las corruptelas y los contubernios. Y esto, a su vez, viene siendo también muy paradójico y contradictorio: quienes no desean vivir envueltos en la perturbadora atmósfera de la sospecha endémica resulta que terminan siendo ingenuos y poco conscientes de las cosas. No sólo eso: serían los aborregados y sumisos copartícipes de los abusadores de siempre, de esos "ricos y poderosos" que se hubieran ya adueñado de la nación gracias a la pasividad de una ciudadanía cándida o, en todo caso, desinteresada.

La posible pertinencia de las anteriores reflexiones se deriva, en este caso particular, de la cuestión de los derechos humanos, una tema que ha estado cada vez más presente en la agenda pública. La situación, al parecer, sería la siguiente: los entes oficiales y muchas organizaciones no gubernamentales han contribuido a que los niveles de impunidad sigan alcanzado niveles absolutamente escandalosos en México porque bastaría con que el abogado de un canalla que secuestró y mató al
hijo de un comerciante lanzara la acusación de que su cliente fue torturado para no sólo evitar la acción de la justicia sino para obtener una compensación económica. Estaríamos hablando aquí de los individuos que diseminan imposturas, difamaciones y descréditos, como escribí más arriba. Pero, entonces ¿qué decir de aquellos ciudadanos legítimamente preocupados por los escalofriantes abusos que sí perpetra nuestro aparato de justicia? Y, ¿cómo poder cuestionar, también, la existencia misma de organismos que amparan y defienden a los individuos que han sido víctimas de tortura y abusos? ¿Acaso no debieran existir? Por otro lado, enfrentamos, en nuestra condición de simples observadores de los aconteceres cotidianos, una colosal incertidumbre: ¿cuándo ha habido, en efecto, tortura, y cuándo se trata de una mera fabricación embustera? ¿Quién nos lo puede aclarar y explicar de manera irrebatible?

No me resultan, en lo personal, demasiado simpáticos los miembros del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (en correcto castellano debería de ser "interdisciplinar", porque no se dedican a imponer medidas correctivas) y, en esta apreciación, entraría yo en la categoría del mexicano primordialmente desconfiado (aunque esta desconfianza se dirija generalmente hacia las autoridades y que en mi caso sea al revés). Pero, ¿se les puede descalificar de un plumazo? Tampoco lo sabemos pero cabrían otras preguntas: ¿son militantes de una causa, antes que expertos? ¿Pertenecen a esa izquierda latinoamericana, rentista de la denuncia, que nunca puede reconocerle nada a Gobierno alguno? Y, al plantear estas dudas, ¿estamos comenzando una campaña de desprestigio?

En la categoría del ciudadano cándido entraría todo aquel que se cree la versión de los hechos de Ayotzinapa-Cocula ofrecida por la Fiscalía de la nación (me incluyo). Digo, hay policías detenidos, hay sicarios que contaron detalladamente cómo ocurrió el suceso, hay una organización criminal detrás, etcétera, etcétera. Ahora bien, una vez más: ¿nada de esto es creíble, todo es un montaje, decenas de personas fueron torturadas para implicarlas?

No sabemos nada porque no creemos en nada. Y tampoco sabemos cuándo podemos creer y cuándo no. Podríamos, sin embargo, intentar arrancar desde un buen principio: no propalar mentiras e infundios. Pues eso.


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