La Semana de Román Revueltas Retes

Cuba no cambia

El presidente de Estados Unidos ha movido sus fichas y, en una operación que todo mundo califica de “histórica”, pretende restablecer relaciones diplomáticas con la nación cubana. Yo me pregunto, con perdón, ¿para qué?

O, mejor dicho, el régimen de los hermanos Castro sigue imponiendo a todos los demás sus prácticas de siempre, por no hablar del férreo aparato de control con el que sojuzga a sus propios ciudadanos. Agentes del aparato represor del Estado cubano se enfrentaron violentamente, en las calles de Panamá, a quienes protestaban contra los gobernantes de la isla. Hablando de soberanía, oigan ustedes. Imaginen que, aquí en México, salimos algunos de nosotros a la calle, ejerciendo plenamente un derecho que no sólo nos garantiza la Constitución sino que también lo asegura el Gobierno de Enrique Peña —tan denostado y vituperado por unos opositores que, de vivir en Cuba, estarían todos en la cárcel y no podrían decir ni pío— y que se nos aparecen enfrente unos golpeadores al servicio de un país extranjero. Un escandaloso atropello, digo yo. Ah, pero, son intocables, los Castro. No hubo quejas en la suprema Cumbre de las Américas, no se escucharon voces indignadas para señalar tan indebida intervención en un país que, por si fuera poco, es el generoso anfitrión de todos los líderes continentales, y no hubo una protesta diplomática de los panameños. Todos miraron hacia otro lado y, mientras tanto, el señor Castro le asestó a la concurrencia un discurso que duró tres cuartos de hora siendo que a cada uno de los mandatarios se les había asignado un tiempo máximo de ocho minutos. Y Obama, qué remedio, tuvo que armarse de paciencia y tragar saliva como todos los demás.

Pero, justamente, el presidente de Estados Unidos ha movido sus fichas y, en una operación que todo mundo califica de “histórica”, pretende restablecer relaciones diplomáticas con la nación cubana. Yo me pregunto, con perdón, ¿para qué? Y no es porque pretenda desconocer la inutilidad del bloqueo económico a la isla ni tampoco por no advertir que hay ventajas y provechos inmediatos para la primera potencia económica mundial si comienza a hacer negocios con los cubanos, por no hablar de facilitar las relaciones entre los exiliados que se han afincado en Estados Unidos y sus parientes que siguen viviendo en la ínsula. Lo que ocurre es que, a pesar de todo, el bloqueo y el desconocimiento del régimen castrista tenían un propósito. Porque, señoras y señores, Cuba es una dictadura, ni más ni menos. Y, hasta nuevo aviso, tener malas frecuentaciones no es lo más recomendable, así sea que la práctica totalidad de los gobernantes de este planeta no sólo mantengan una relación aceptablemente amistosa con los castristas sino que trepiden de emoción cuando viajan a La Habana y se toman una foto con Fidel. Hasta hace poco, los únicos que guardaban sus distancias y que llamaban las cosas por su nombre eran los estadounidenses. También es cierto que su papel de espantajo le vino como anillo al dedo a los castristas: tuvieron, desde siempre, a un enemigo perfectamente identificable cuya mera existencia daba una razón de ser a un régimen que, pretextando interminable e inagotablemente que debía defenderse, suprimió cualquier vestigio de disidencia interna: cuestionar o criticar a los gobernantes cubanos, así fuere de la manera más tibia, te colocaba de inmediato en la categoría de aliado del “imperialismo” y, desde luego, te convertía en “enemigo” de una Revolución de naturaleza tan sagrada que merecías castigos como la pena capital o durísimas sentencias de prisión. Pues bien, ese sistema sigue ahí, ahora mismo, y ni siquiera puede permitir que, en un país extranjero al que su máximo dirigente acude por vez primera como invitado de la gran reunión de las naciones democráticas del continente, se manifieste tranquilamente un grupo de disidentes. No. Necesita echarles encima a sus matones, disfrazados de seguidores espontáneos del régimen, como acostumbra hacer en la isla cuando salen valientemente a la calle las Damas de Blanco o los poquísimos protestadores que se atreven a expresarse públicamente.

Pues, ésos son sus nuevos amigos, presidente Obama. En Cuba no hay partidos de oposición. No hay elecciones democráticas. No hay diarios críticos ni voces como las que, en Estados Unidos o aquí en México, no sólo lanzan denuestos contra el presidente sino que se permiten inclusive ridiculizarlo en viñetas, caricaturas e historietas sin que el “sistema” se sienta obligado a acallarlas. Lo que hay en Cuba es discursos, ya no de 47 minutos como el de esta Cumbre, sino de cinco horas. Hay opresión y, sobre todo, hay una terrible pobreza mientras que los jerarcas del régimen gastan alegremente sus dólares en restaurantes y hoteles de lujo a los que al cubano de a pie no le es permitido entrar. Ah, pero, pensándolo bien, si va a ocurrir un cambio: aparecerá, de seguro, una insolente clase de nuevos ricos, como en Rusia y como en China. A lo mejor se trataba de eso y no nos habíamos enterado.

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