La Semana de Román Revueltas Retes

Cuarón pide cuentas (y se las dan)

Alfonso se ha colocado del lado de los buenos: las preguntas que dirige al Presidente llevan la debida dosis de interpelación y cuestionamiento como para otorgarle, en su condición de celebridad internacional, la certificación de opositor o, por lo menos, de ciudadano legítimamente inquieto por los aconteceres de su país.

A los intelectuales y los artistas, ¿cómo los queremos en este país? ¿Bien alineados, obedientes, “orgánicos” (no sé qué quiera decir eso pero el terminajo se refiere, creo, a los pensadores que se adhieren alegremente a la ideología del régimen de turno), rendidos y aplaudidores o, por el contrario, necesitamos que sean contestatarios, rebeldes, insumisos y críticos?

El activismo social de Ai Weiwei, el gran artista plástico chino, le ha valido la persecución de las autoridades de Pekín: en abril de 2011, estuvo desaparecido varios días, tras ser secuestrado por dos posibles agentes encubiertos, y no se supo de su paradero hasta que el Gobierno anunció que lo había detenido por haber perpetrado “crímenes económicos”; su estudio en Shanghái fue demolido; ha vivido bajo arresto domiciliario… O sea, que entraría en la categoría, tan ejemplar, de esos artistas que se enfrentan valientemente al poder del Estado y que reclaman unas libertades que les son sistemáticamente negadas.

Se me ocurre, para ilustrar la postura opuesta, citar los nombres de dos cantautores cubanos, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, que gozan de enorme popularidad en estos pagos y que no han dicho ni pío sobre asuntos tan apremiantes como la censura, la opresión y el totalitarismo que ejercen los hermanos Castro. Pero, miren ustedes, tampoco nadie les reprocha nada a ellos, a pesar de que encarnarían la odiosa figura del artista al servicio del poder o, por lo menos, la del acomodaticio que cierra los ojos y se deja querer.

Ah, pero que no se aparezca por ahí algún escritor o poeta al que se le ocurra, por ejemplo, aprobar algo de lo que ha hecho Peña Nieto o coincidir con ciertas posturas del gobierno mexicano porque entonces será calificado, en automático, de “vendido” y pesará sobre él la sospecha de que recibe patrocinios directos de nuestros gobernantes. Aquí, el único hombre público digno de espontánea adoración sería Obrador.

En este sentido, Alfonso Cuarón se ha colocado en el campo de los buenos: las preguntas que dirige públicamente al presidente de la República —que si las formulara un don nadie (con plata en los bolsillos, eso sí, como para pagar su publicación en los diarios) no tendrían el menor eco— llevan la debida dosis de interpelación y cuestionamiento como para otorgarle, en su condición de celebridad de proyección internacional y protagonista de los escenarios de Hollywood, la prestigiosa certificación de opositor o, por lo menos, de ciudadano legítimamente inquieto por los aconteceres de su país. Y, con perdón, un pequeño reparo: en momento alguno será molestado el director cinematográfico, ni mucho menos será destruido su estudio (el que tuviere, en estos pagos), ni se le aparecerán agentes federales para llevarlo derechito a la cárcel por haberse atrevido a lanzar preguntas calculadamente incómodas al jefe del Ejecutivo. El presidente Peña, después de todo, no es una figura mítica ni uno de esos déspotas alérgicos a la más mínima crítica sino un simple mortal obligado a admitir la realidad de las cosas cuando los ciudadanos se alebrestan. Hemos recorrido mucho camino, desde las épocas de la presidencia imperial.

Los cuestionamientos de Cuarón, en sí mismos, son interesantes y muy puntuales. Tanto que, de haber sido aprovechados, a su vez, como una plataforma para lanzar una contundente estrategia de difusión, le hubieran servido al Gobierno de inigualable instrumento propagandístico (nadie sabe para quién trabaja). Hubo, sin embargo, demasiada seriedad y el propósito totalizador en las respuestas se aparta mucho de la contundencia y la inmediatez que uno advierte en las interpelaciones. Pero, el debate ha sido de cualquier manera muy saludable y el hecho, en sí mismo, de que haya habido una respuesta es muy positivo. Y, otra cosa: si en algún momento se piensa que los ciudadanos de México están desinformados, tan sencillo como comenzar a informar: con claridad y sensatez. Es lo que pedía Cuarón, creo yo.

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