La Semana de Román Revueltas Retes

‘El Chapo’ y el Tri: dos capítulos de la misma novela

Se ha dicho hasta la saciedad que Guzmán no pudo haber escapado por sus propios medios, es decir, que se benefició de las complicidades de funcionarios del sistema penitenciario. Se entendería, hasta cierto punto, que un hombre poderoso pudiera comprar la voluntad de sus guardianes y que los encargados de vigilarlo hicieran la vista gorda.

Las dos historias se conectan, aunque hayan transcurrido en ámbitos separados y que no resulten una de la otra: han reforzado, ambas, la percepción global de que este país se encuentra irremediablemente carcomido por la podredumbre de la corrupción y, más allá del infamante desprestigio internacional que significan, nos sumergen, todavía más, en la perniciosa desconfianza que experimentamos los mexicanos.

Se ha dicho hasta la saciedad que El Chapo no pudo haber escapado por sus propios medios, es decir, que se benefició de las complicidades y ayudas que le proporcionaron los funcionarios del sistema penitenciario. Se entendería, hasta cierto punto, que un hombre poderosísimo pudiera comprar la voluntad de sus guardianes y que los encargados de vigilarlo, sobornados o amenazados, hicieran la vista gorda. Y, no dejemos de lado el tema de la ineptitud nacional, porque en estos pagos las cosas suelen hacerse mal y descuidadamente. Lo que ya es más difícil de digerir —hablando, justamente, de los recursos y las facultades que te puedes agenciar gracias al poder— es que del otro lado no tenía a una asociación de cándidos colegiales sino al mismísimo aparato de seguridad del Estado mexicano. Y, por si fuera poco, el propio Enrique Peña había declarado públicamente que la fuga del peligrosísimo delincuente, acaecida ya durante el mandato de uno de sus antecesores, no podría volver a ocurrir. En este sentido, volviendo al tema de la corrupción, no nos queda más que constatar la disfuncionalidad de una estructura gubernamental incapaz ya de satisfacer siquiera las más esenciales exigencias de su jefe: es absolutamente asombroso, aparte de desalentador, que los subordinados del presidente de la República hayan respondido con tal dejadez, cuando no abierto desacato, a una instrucción tan precisa y perentoria. Tal es el precio a pagar, señoras y señores, cuando el monstruo de la deshonestidad —cuya existencia, consentida a lo largo de décadas enteras, no era demasiado preocupante porque no afectaba más que a aquellos que no sacaban provecho de las bondades del “sistema”— comienza a caminar por cuenta propia.

Luego entonces, estamos hablando de un aparato que ya no se puede controlar enteramente y que, de hecho, comienza a erigirse como un obstáculo infranqueable a los esfuerzos modernizadores del actual régimen. Y, fuera de la estructura gubernamental propiamente dicha, ahí está la CNTE, tercamente opuesta a la reforma educativa, y ahí están todos esos otros grupos corporativos que, beneficiarios en su momento de unas políticas clientelares que debían asegurar votos al partido gobernante, se han vuelto inmanejables en tanto que rechazan negociar unos intereses que no coinciden ya (o, más bien, que nunca han coincidido) con los beneficios superiores de la nación. Ahí están, de la misma manera, esos sectores de la población que, resistiéndose a los cambios que contradicen sus usos y costumbres, se adscriben al populismo de un Obrador que no ha hecho otra cosa que rescatar la retórica del antiguo régimen priista.

Pues bien, en este escenario de enconos, desconfianzas, sospechas y agitaciones —marcado, sobre todo, por la colectiva desmoralización de una ciudadanía que observa, día a día, la perpetuación de la impunidad y la consagración de la estafa— se aparece doña Concacaf para alimentar aún más los recelos y contribuir al clima de autodenigración nacional. Porque, no habrá de ser nada fácil hacerle creer al respetable público, víctima colateral de la desaforada explotación comercial de la Selección mexicana, que las decisiones de los árbitros, en la Copa Oro, resultan de su descomunal ineptitud. Por el contrario, la gente está prácticamente convencida de que los partidos estaban amañados para que el Tri llegara, como ya ocurrió, a la gran final. Es imposible que no se agigante ahí, de nuevo, el fantasma de la corrupción. El mentado torneo futbolístico viene siendo así una suerte de corolario a la esperpéntica epopeya de El Chapo, una muestra de que todo —absolutamente todo, desde la complacencia de los guardianes de una prisión de alta seguridad hasta la colaboración de los jueces en una competición deportiva internacional— se puede comprar en este país. Las consecuencias para la vida nacional son muy preocupantes pero, a la vez, se inscriben no sólo en el abatimiento generalizado de la población sino en un hartazgo que, es de esperarse, en algún momento se traducirá en acciones concretas. No sabemos todavía cuán bajo habremos de caer. Pero el día llegará en que, a punto de ahogarnos todos en la ciénaga de la corrupción, la limpieza de la casa se volverá un asunto de perentoria supervivencia. En ese camino estamos pero, por lo pronto, esperemos que al equipo de El Piojo Herrera no le otorguen hoy una victoria que no merece.

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