La Semana de Román Revueltas Retes

Entérate, Trump, de lo que somos

COMPARARSE CON EU resulta apabullante: para mayores señas, si las economías de California y México son más o menos parecidas en términos nominales, en un caso estamos hablando de un estado federado poblado por 39 millones de habitantes y, en el otro, de una nación soberana donde viven 122 millones de personas

California es la séptima economía del mundo, en términos nominales. En 2014 sobrepasó a Brasil y se encontraba apenas por debajo del Reino Unido, que ocupaba el sexto lugar. Los cálculos sustentados en la PPP (purchasingpowerparity, es decir, la paridad de poder de compra) —un mecanismo de medición que toma en cuenta el valor de las divisas nacionales— son diferentes pero, de cualquier manera, estamos hablando de un estado de la Unión Americana cuyo producto interior bruto (PIB) sobrepasa los dos billones (en castellano, o sea, dos millones de millones) de dólares al año. Muy bien, y ¿cuál es el primer comprador de productos californianos? Pues, México, señoras y señores.

Texas tampoco es en manera alguna un estado insignificante en términos económicos: si California es Brasil (el tema del séptimo u octavo lugar en 2014 parece estar todavía a discusión, pero su PIB es casi el mismo), entonces podemos decir que Texas, con un producto interno de más de un billón y medio de dólares, es Canadá. Y, de nuevo, ¿adónde exportan primeramente sus mercancías, sus bienes y sus servicios los texanos? También a México.

En el caso de Arizona ya no estamos hablando de la primera y segunda economía de Estados Unidos sino de la que ocupa el vigésimo primer lugar. O sea, arriba de la mitad de la tabla en un país de 50 estados y el Distrito de Columbia. Y, en todo caso, de una entidad cuyo PIB, en 2013, era superior al de países enteros como Grecia, Portugal, Marruecos, Dinamarca, Hungría, Finlandia, Ecuador o Bulgaria. Y, una vez más, México es el primer comprador de sus productos.

Compararse con una nación como los Estados Unidos resulta verdaderamente apabullante: para mayores señas, si las economías de California y México son más o menos parecidas en términos nominales, en un caso estamos hablando de un estado federado poblado por 39 millones de habitantes y, en el otro, de una nación soberana donde viven 122 millones de personas; de la misma manera, el estado de Nueva York, con poco menos de 20 millones de habitantes, tiene una economía mayor a la de Nigeria (189 mill.), Egipto (91 mill.), Irán (80 mill.) o Argentina (44 mill.). Enmarcadas en el PIB, estas cifras de población, más allá de las diferencias en las extensiones territoriales de países enormes y un estado de apenas 141 mil kilómetros cuadrados, exhiben en toda su dimensión la desigualdad de la riqueza en el mundo y el calibre económico que tiene la gran nación norteamericana.

Ahora bien, hablemos de México: a pesar de la descomunal distancia económica que nos separa, resulta que somos el segundo socio comercial de la nación más poderosa del mundo, que los intercambios de bienes y servicios entre nuestro país y los Estados Unidos alcanzan la cifra de un millón de dólares por minuto y que, tal y como se reseña en los párrafos anteriores, somos el primer comprador que tienen los dos estados más ricos del vecino país. Pero, curiosamente, pareciera que no nos lo creemos, esto de que nos exportan a nosotros sus productos y de que el mercado mexicano es importantísimo... ¡para ellos! Nos centramos en el tema de los jardineros, las trabajadoras domésticas, los peones en los plantíos de naranjas o los lavadores de platos, y se nos olvida, cuando un patán como Trump comienza a soltar ofensas y majaderías, de resaltar nuestra condición de potencia industrial, de socio estratégico y de vecino que saca la cartera para adquirir lo que se fabrica allá. Y esto, sin resaltar también que un millón de estadounidenses se han afincado en este país (en ningún otro hay un número parecido de residentes), que somos su principal destino turístico y que los intercambios de viajeros son los más importantes que Estados Unidos pueda tener con cualquier otra nación del mundo (una sola aerolínea, American Airlines, realiza 320 vuelos semanales a 20 destinos mexicanos).

Cosas, todas ellas, que no debieran ser cacareadas meramente por un escribidor en estas páginas sino por los encargados de la política exterior de nuestro Gobierno. Porque, siendo lo que ya somos, buscarse problemas con México tendrá efectos devastadores para la economía de los Estados Unidos. Lo repito, no es un asunto de lavacoches ni de niñeras ni de repartidores de pizzas. Somos mucho más que eso. Pero, hay que decírselo, bien alto y bien claro, al fantoche fanfarrón que, para gran vergüenza de una nación civilizada y democrática, figura como puntero de ese Grand Old Party cuyo primer presidente, miren ustedes, se llamaba Abraham Lincoln. Pues eso.


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