La Semana de Román Revueltas Retes

Beltrones, Peña, Trump…

No nos queda muy claro si Aurelio Nuño estuvo realmente en la pelea pero, a diferencia de algunos comentaristas, yo no creo que haya habido merma alguna a su figura porque él mismo se comportó con una extrema prudencia a lo largo del proceso de registro de los aspirantes.

El mejor jefe del PRI

A pesar de lo crecientemente acotado que está el presidencialismo y de los problemas de gobernabilidad que resultan de la reducción de las facultades de los últimos jefes del Ejecutivo (la siguiente gran reforma que tiene que acometer nuestro Congreso bicameral es un rediseño total del sistema político mexicano; coincido, con respecto a este tema, con la propuesta de Jorge Castañeda de crear un sistema híbrido —presidencialista y parlamentario a la vez— como el de la República Francesa), Enrique Peña sí ha intervenido de manera terminante y decisiva en dos asuntos: el nombramiento de su sucesor en el Gobierno del Estado de México y, más recientemente, la designación del jefe máximo del Partido Revolucionario Institucional. Y, en ambos casos, ha dado muestra de un muy saludable pragmatismo porque, según los dichos y rumores que circulan en los mentideros, ninguno de los dos aspirantes era parte de su círculo de pretorianos. No nos queda muy claro si Aurelio Nuño estuvo realmente en la pelea pero, a diferencia de algunos comentaristas, yo no creo que haya habido merma alguna a su figura porque él mismo se comportó con una extrema prudencia a lo largo del proceso de registro de los aspirantes. En todo caso, Manlio Fabio Beltrones es un auténtico peso pesado en el escenario de la vida pública nacional y, en este sentido, habrá de marcar muy visiblemente los derroteros de su partido. Estamos hablando de un hombre que ha entendido la política en su más profundo significado, a saber, como la disciplina suprema de la negociación, los acuerdos y el reconocimiento del adversario. Y, partiendo de ahí, podemos esperar que sus desempeños, en el entorno de extrema crispación y denuestos que vivimos, propiciarán esa civilidad que tanto necesitamos para seguir transformando a este país e impulsarlo en el camino hacia una verdadera modernidad. La llegada de Manlio Fabio a la presidencia del PRI es un signo muy alentador, justamente, cuando más parecemos solazarnos en el obstruccionismo, el hartazgo y la violencia verbal.


Al despeñadero con Trump

Hablando de groserías y provocaciones, ahí está Donald Trump, como un elefante en la cristalería de un Partido Republicano que se distancia cada vez más de ese centro del espacio político donde tantas otras agrupaciones sí convergen. No es una rareza que el tipo tenga tan visible tribuna en el Grand Old Party (GOP); después de todo, Sarah Palin, una mujer de una cerril tosquedad, logró que la nombraran candidata a la mismísima presidencia de la nación más poderosa del planeta, acompañando a John MacCain (otro de los agraviados por Trump, por cierto, quien, sin que viniera siquiera a cuento, desestimó su heroísmo en el campo de batalla). Ahora bien, lo que resulta todavía más extraño es que los otros contendientes, en vez de distanciarse del pendenciero impresentable, quieran seguirle los pasos y que se sientan obligados a exhibirse, ellos también, como unos sujetos intolerantes y extremistas. El debate televisivo que escenificaron los diez aspirantes, el pasado jueves, fue un desfile de bravatas, belicosidad y desplantes aderezados de una trasnochada retórica religiosa: Ted Cruz, en algún momento, soltó que Estados Unidos era la “nación favorita de Dios”, o algo así, y que sus ciudadanos seguirían recibiendo los favores directos del Altísimo porque se estaban comportando bien. No sé si los estrategas del GOP hayan evaluado el costo de esta deriva derechista pero, si no cambian el discurso y si Trump sigue desplegando sus irresponsables bufonadas, no tienen posibilidad alguna de ganar la presidencia en las futuras elecciones. Nosotros, mientras tanto, disfrutemos del show.


Y los aduaneros, ¿tan tranquilos?

Terminó ya la pesadilla que vivió Óscar Montes, el chico acusado injustamente de volver a México con 20 kilos de cocaína en una maleta. La detención del estudiante fue inmediata, sin derecho a explicaciones y sin atender la evidencia de que el equipaje no era suyo. Pero, lo asombroso del asunto es no sabemos nada de quienes pretendieron inculparlo —los aduaneros, los agentes de la policía y los empleados de la aerolínea— que, para cualquier persona con un mínimo de sentido común, deberían ser los primerísimos sospechosos del caso y que, ellos sí, tendrían que estar ahora detrás de las rejas, dándole explicaciones a un fiscal. Así es nuestra pavorosa justicia ‘a la mexicana’.

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