La Semana de Román Revueltas Retes

Ahora también fue el Estado

Vivimos tiempos de encono y desaforada intolerancia. Para mayores señas, baste señalar, volviendo al caso Aristegui, la reacción de los usuarios de las redes sociales a la publicación, en YouTube, de unas imágenes en las que Víctor Trujillo, Brozo, hace un recuento muy razonable de los hechos.

Imposible saber lo que realmente ocurrió en el desencuentro MVS-Aristegui. Lo saben únicamente los principales protagonistas de los hechos. Pero, no lo van a decir. Y a aquellos que, desde el poder político, intenten ofrecer una explicación, casi nadie les va a creer su palabra: serán descalificados, en automático, por un sector de los ciudadanos, creciente cada día y ya numerosísimo, sumido en una irreversible desconfianza y que todo lo pone en duda desde que, en 2006, un mal perdedor sembró insidiosamente la especie de que las elecciones habían sido fraudulentas —como si este país no hubiera cambiado y fuera el mismo, precisamente, en el que ese personaje comenzó despreocupada y alegremente su carrera política (en un partido, miren ustedes, que no se caracterizaba precisamente por su vocación democrática), y como si las transformaciones innegablemente positivas que ha vivido México no se debieran al esfuerzo común de todos sus ciudadanos y no fueran, en este sentido, dignas de ser defendidas y respetadas— haciéndole, con ello, un daño enorme a la nación. Nunca me cansaré de repetir y señalar lo nefasto que ha sido Obrador para nuestra vida pública.

Vivimos, luego entonces, tiempos de encono y desaforada intolerancia. Para mayores señas, baste señalar, volviendo al caso Aristegui, la reacción de los usuarios de las redes sociales a la publicación, en YouTube, de unas imágenes en las que Víctor Trujillo, Brozo, hace un recuento muy razonable de los hechos —señala, a manera de ejemplo, que en W Radio se tomó en su momento la medida, inaceptable para los presentadores de los informativos (y parecida a la que adoptó también MVS), de centralizar la información (lo cual llevó a la renuncia no sólo de la antedicha Aristegui sino, en diferentes fechas, de Javier Solórzano y Carlos Loret de Mola)—, termina subrayando que la reacción de la empresa MVS es desproporcionada, lo cual nos llevaría a sospechar que respondió así a las posibles presiones de terceros, y, de paso, le brinda su total apoyo a la periodista. Pues bien, el mero hecho de que Trujillo trabaje para Televisa obnubila por completo la capacidad de análisis de quienes navegan en la Internet y, en lugar de reconocer la apertura de una organización informativa que no aplica una férrea censura a sus colaboradores (no saben, o no se quieren enterar, de la situación de la prensa en Venezuela o Ecuador mientras que miran hacia el otro lado en el caso de Cuba), o apreciar la postura del propio Brozo, le sueltan una andanada de insultos, y hasta amenazas.

En otros sitios, la postura de la Secretaría de Gobernación de desear que el conflicto se resuelva, se interpreta como una trampa, algo así como si los soldados de un ejército enemigo se hubieran disfrazado con los uniformes de los de casa para atacar. Y, desde luego, no hay casi manera de que la gente no señale la injerencia de Los Pinos —sin prueba alguna pero llevados todos por la lógica de que quienes desvelaron el caso de la casa blanca iban a ser apartados, tarde o temprano, de sus funciones— lo cual, si lo piensas, es todavía más costoso para el Gobierno de Enrique Peña que la permanencia a perpetuidad de Aristegui como presentadora de noticias en una gran empresa de medios.

Prácticamente nadie concede —como sí lo hace Jorge Fernández Menéndez en un sensatísimo y mesurado artículo en el diario Excélsior— que éste puede ser meramente un conflicto entre particulares debido, entre otras cosas, a desencuentros y, por qué no, antipatías personales. Después de todo, Carmen Aristegui no llevaba una buena relación con sus empleadores. ¿Un problema con el dueño de una corporación informativa, traducido en el despido del empleado, debe de ser necesariamente un atentado a la libertad de expresión? En todo caso, la gente ya ha dado su veredicto: a la periodista la echaron por órdenes de la Presidencia de la República. Yo me preguntaría, entonces, ¿quién sigue? Porque, no advierto, en lo absoluto, la realidad de una prensa amordazada o sometida a los dictados del poder sino que observo la abierta preeminencia de muchas voces críticas que, llegado el momento, también deberán ser silenciadas. No hace falta que comience yo a enumerar los medios y las tribunas. Pero, en fin, las cosas son lo que son, aquí y ahora, en estos tiempos de desenfrenada desconfianza.

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