La Semana de Román Revueltas Retes

Ahí viene, otra vez, la austeridad

En Grecia, luego de años enteros de alegres derroches, se aplicaron unas medidas de austeridad tan draconianas que se habla inclusive de una crisis humanitaria: 300 mil familias no pueden siquiera pagar la electricidad, miles de empleados públicos han sido despedidos, parte de la población se ha quedado sin servicios de salud...

El populismo tiene mala prensa pero resulta de una realidad tan dolorosa como irrefutable: el sufrimiento puro y duro de los ciudadanos. En Grecia, luego de años enteros de alegres derroches —por no hablar del tramposo maquillaje de las cuentas públicas que realizaron los anteriores gobernantes para seguir beneficiándose de los fondos otorgados con singular magnanimidad por la Unión Europea— se aplicaron unas medidas de austeridad tan draconianas que se habla inclusive de una crisis humanitaria: 300 mil familias no pueden siquiera pagar la electricidad, miles de empleados públicos han sido despedidos, una parte de la población se ha quedado sin servicios de salud, los salarios reales han disminuido en una cuarta parte desde 2010, los suicidios han aumentado, el PIB se ha reducido igualmente en un 25 por cien, en fin, los efectos de las disposiciones impuestas por la llamada troika —el Fondo Monetario Internacional, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo— han sido absolutamente devastadores.

En España, donde presuntamente se observa ya una suerte de tibia recuperación económica, la mitad de los jóvenes no encuentra trabajo y los desahucios —o sea, la expulsión de los deudores que no pueden pagar la hipoteca de su vivienda— son tan incomprensiblemente rigurosos que las personas no sólo pierden sus casas sino que deben seguir pagando al banco: el cobro se deduce obligatoriamente de sus magros salarios (si es que tienen todavía un empleo) gracias a una reglamentación consentida por unos Gobiernos canallas —ésa es la palabra— sean éstos de izquierdas o de derechas.

Se pretexta, para justificar los durísimos recortes, que la austeridad es la única vía para retornar a la senda del crecimiento económico una vez que las cuentas públicas se hayan saneado pero, al mismo tiempo, se levantan voces críticas, no sólo en los ámbitos de la izquierda sino en los sectores académicos y hasta entre algunos economistas, denunciando que todo este esquema se ha montado únicamente para beneficio de los bancos y, peor aún, que ni siquiera sirve para componer las cosas: matar al paciente no es una solución.

Lo interesante de todo esto es que nos obliga a una reflexión sobre la naturaleza de la propia democracia y el papel que juegan los Gobiernos elegidos por los votantes. Después de todo, ni España ni Grecia tuvieron regímenes dictatoriales en los que las políticas públicas se decidieran arbitrariamente sino que, por el contrario, vivieron épocas de bonanza y dispendios en las que los recursos del Estado parecían ilimitados; tanto, que en la nación ibérica se construyeron aeropuertos donde, hasta la fecha, no ha aterrizado un solo avión. Y los bancos, tan satanizados ahora, otorgaron préstamos alegremente a consumidores que hubieran debido saber que no los podían pagar mientras que las compañías constructoras edificaban miles y miles de viviendas que luego no pudieron vender.

Pero entonces, ¿quién tuvo la culpa? ¿De quién es la responsabilidad? ¿Los gobernantes tomaron decisiones a espaldas del pueblo? ¿Un sector financiero especulativo y voraz no sólo sacó provecho de la situación sino que ahora hay que resarcir sus pérdidas con fondos públicos y contrayendo deuda soberana? Y, en el caso de que los yerros se trasladaran exclusivamente a los bancos, ¿se puede permitir su quiebra cuando custodian y administran el dinero de millones de pequeños ahorradores o simples cuentahabientes? Otro asunto: ¿cómo es que por las acciones de gobernantes torpes e irresponsables le toca ahora al pueblo pagar colectivamente la factura? ¿Esto es democracia?

Naturalmente, la indignación de los ciudadanos ha terminado por manifestarse en términos políticos: han aparecido ya en el horizonte organizaciones, justamente, de corte “populista” que, en el más extremo de los casos, plantearían terminar de tajo con las medidas de austeridad sin explicar del todo de dónde va a salir el dinero para pagar los beneficios sociales y el retorno del bienestar. Pero, se impone la realidad: Syriza, el partido político que constituyó el nuevo Gobierno griego luego de ganar las últimas elecciones, no ha podido imponer sus condiciones a los acreedores: de no aceptar las obligaciones exigidas para renovar el plan de rescate acordado por sus socios europeos, Grecia se hubiera quedado, en algunas semanas, sin dinero para pagar siquiera los sueldos de sus burócratas. En España, la agrupación Podemos promete también el fin de las durezas. El ejemplo griego habrá de temperar tal vez las adhesiones de los votantes ibéricos. Y, bueno, llevado a sus más caricaturescos límites, el populismo arruina pura y simplemente a una nación. Ahí está Venezuela. Y para allá va la Argentina.

Aquí, nos toca, una vez más, otra probadita de austeridad, luego de dilapidar durante años enteros la riqueza petrolera. Vienen tiempos difíciles. El populismo tendrá más y más adeptos. Es inquietante, es cierto. Pero, miren ustedes, muy entendible.

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