La Semana de Román Revueltas Retes

¡Ahí viene ya la “represión”!

Para negociar algo, tienes que estar dispuesto a ceder en algo. Y, sobre todo, debes plantear un punto de partida realista, una propuesta que pueda llegar a ser aceptable para el otro partido. Pero, cuando la postura inicial es de total intransigencia, entonces no hay lugar para el diálogo y cualquier negociación —es decir, cualquier acuerdo— es imposible. Es lo que está ocurriendo en las conversaciones sostenidas entre nuestro ministro de Interior (de Gobernación, lo llamamos aquí) y una variopinta delegación de activistas en la cual, a más de los consabidos representantes de la belicosa CNTE, se entremezclaron de último momento los familiares de los ciudadanos caídos en los sucesos de Nochixtlán: en estos coloquios —celebrados bajo el signo del “diálogo”, un término tan mañosamente esgrimido por los radicales que ahora ha alcanzado la deslucida y desgastada condición de un palabro— se expresan muy seguramente toda suerte de opiniones y sentires pero los puntos básicos no pueden ser más divergentes, así sea que los interlocutores gubernamentales tengan que conllevar pacientemente, a lo largo de horas enteras, la enunciación de la interminable retahíla de agravios sufridos por los quejosos, algunos de ellos de naturaleza fatalmente histórica: sabemos, todos los mexicanos, de la ancestral pobreza de entidades federativas como Oaxaca, Guerrero y Chiapas; podemos también, enterados de esta realidad, señalar que el bajo nivel educativo de la población en estos estados es uno de los factores que siguen determinando el atraso y la marginación social. Pero, miren ustedes, a partir de ahí, podríamos, en un diálogo con los responsables directos de la enseñanza —o sea, con los maestros— establecer una directísima relación de causa y efecto entre sus desempeños de las últimas décadas y los resultados obtenidos (me estoy refiriendo, naturalmente, a una conversación imaginaria con gente que exige airadamente el mentado “diálogo”, no insinúo siquiera que el señor secretario Osorio Chong haya tocado el tema ni mucho menos). Luego entonces, cualquiera de nosotros podría hacer mención de la desastrosa calidad de la educación pública en las referidas entidades y, acto seguido, preguntar a los representantes de los maestros de la CNTE si ellos mismos están en condiciones de validar un “sistema” —cuya persistencia siguen propugnando machaconamente y a través de acciones que afectan gravísimamente los intereses del resto de la población— que, lo repito, ha colocado a sus estados en los últimos lugares de la calificación educativa nacional. Responderían, nuestros interlocutores, que primero hay que “reinstalar en sus cargos a los maestros que fueron despedidos por acumular faltas” y, ya entrados en materia, que sean “liberados los presos políticos de Oaxaca” y que los “desaparecidos sean presentados con vida”. En cuanto a la reforma educativa, que está debida y categóricamente estipulada en las leyes de la nación, exigirían que fuera pura y simplemente “derogada”.

Ahora bien, insisto en el carácter totalmente ficticio de este “diálogo” y hago también hincapié en que es muy poco probable que los representantes del supremo Gobierno federal dialoguen con argumentos tan negativos, para la contraparte, como el estrepitoso fracaso del proyecto educativo en Oaxaca o en Guerrero, la venta y el alquiler de plazas de maestros, la opacidad en el manejo de las cuotas sindicales o elescandaloso ausentismo de los profesores. De eso no se habla en los “diálogos”, señoras y señores. Y tampoco parece que pudieran servir, estos datos duros, para justificar la implementación de una reforma educativa —así de imperfecta como pueda ser— que los maestros de la CNTE rechazan en bloque de cualquier manera (hay que decir que tampoco es un punto negociable para el Gobierno de Enrique Peña).

No hay, luego entonces, negociación posible porque los representantes gubernamentales no han adoptado una postura de confrontación verbal —lo digo una vez más, los argumentos ahí están, para quien quiera verlos— pero, a la vez, han anunciado también que no va a tener lugar la abrogación de las leyes que no gustan a los maestros de la CNTE y la Ceteg. Hablando de confrontar y de cuestionar, en un diálogo verdadero con estos contrincantes, ¿serviría de algo? Pues, por lo pronto, ellos se levantarían airadamente de la mesa de negociaciones y se rompería, justamente, el diálogo. Pero, por una vez, se estaría hablando con la verdad y la postura de una de las partes, la que representa al oficialismo, al sustentarse en hechos concretos y datos reales, adquiriría una terminante legitimidad. Porque ése, señoras y señores, es precisamente el problema: al parecer, nuestros gobiernos no se sienten lo debidamente legitimados como para tomar las decisiones que se necesitan para preservar la integridad del Estado nacional. Por eso no se atienden cuestiones tan graves y apremiantes como la ruptura del orden público o la instauración del caos en tantos punto del territorio de la República. Es cierto que la intervención de los cuerpos policíacos se sale muchas veces de control pero también hay fuerzas oscuras que buscan calculadamente la fabricación de víctimas para atizar un clima de desestabilización. Muy bien, pero echemos un vistazo a otro fenómeno absolutamente asombroso: el Gobierno comenzó el “diálogo” con una pistola puesta en la sien. No hay chantaje más grande que sentarte a la mesa para “dialogar” cuando estás bloqueando carreteras, estrangulando la economía de regiones enteras y propiciando la anarquía. Aun así, tampoco se ha logrado nada “dialogando”.

Bueno, pues hoy, después de tan ejemplar disposición al entendimiento, ocurre que ya no pueden seguir así las cosas. Hay límites hasta para la inacción. De manera que, ay mamá, ahí viene la “represión”.

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