Interludio

Si lo vendemos se va a acabar, oigan…

La patria no se vende… Bajo este principio tan tremendo, no hay que exportar el petróleo de México. Porque, encima, si explotas íntegramente los yacimientos entonces, ay mamá, ese recurso estratégico de la nación se va a acabar. Y, cuando se acabe, ¿qué hacemos? Es decir, ¿qué vendemos? ¿Coches, como ahora que nos hemos vuelto el cuarto exportador del mundo entero? Podría ser. También seguiríamos fabricando pantallas planas en Tijuana. Y sembrando aguacates en Michoacán. Y cultivando espárragos. Y distribuyendolos tomates de Sinaloa.

Pero, en fin, volviendo al tema del petróleo, los defensores de la patria dicen, por un lado, que hay que guardarlo como un tesoro porque, justamente, es nuestro. Sin embargo, al mismo tiempo señalan que hay que comercializarlo para financiar el desarrollo de la economía, para combatir la pobreza, para construir infraestructuras, etcétera, etcétera. Que nos aclaren dónde está el punto de equilibrio.

Obrador, apenas ayer, denunciaba que en los tiempos de las petroleras del imperialismo —es decir, antes de la expropiación de 1938— hubo una explotación “tan irracional” en la zona costera de Veracruz que en muy poco tiempo se agotó un yacimiento que, en aquella época, era el mayor del mundo. Y añade que esa “decadencia tuvo mucho que ver con el criterio que prevalece de sacar el petróleo en el menor tiempo posible y sin ninguna consideración”. O sea, que los hidrocarburos tendríamos que explotarlos y comercializarlos a cuentagotas, poco a poquito, porque si no se acaban.

Es muy probable, a decir verdad, que esas compañías, en los años veinte, no le dejaran mayores beneficios a la economía mexicana. Pero, hoy ¿seguimos como estamos, subsidiando las gasolinas y tapando las colosales pérdidas del sector energético, o nos asociamos inteligentemente con los inversores, de dentro y de fuera, para crear riqueza y luego repartirla? Esa sería, por lo pronto, la gran pregunta.